- Prohibido Olvidarme -

 Si eres de esas personas a la cual también le gustaría desaparecer en un momento dado de la vida para recapacitar y pensar, ésta es tu historia.
''Amor, desengaño, celos, madurez, tristeza, soledad...'' Todos estos sentimientos los podrás encontrar en Prohibido Olvidarme.

Introducción:

Hola!
Bienvenido a la página Web ''Prohibido Olvidarme''.
Su único objetivo, es que la leáis, os divirtáis y me deis vuestra opinión sobre ella.
Cada viernes iré subiendo un trocito de la historia, y a ver que tal =)
 

También podéis seguirlo a través de Blogspot (aunque no se actualizará a la misma vez que aquí, sino más lentamente)


http://prohibidoolvidarme.blogspot.com/

 

Espero que os guste

Un beso y gracias

Capítulo 1:

 

Era una noche, gris, lluviosa... oscura... demasiado para ser una noche de verano.
La lluvia caía en forma de dagas que se clavaban en la tierra humedecida.
Martina salió sin protección alguna.
Abandonó aquella casa que tantos problemas le traía día tras día... Dejó atrás aquel hogar, que no podría denominarse como tal, con columnas de madera falsa, ladrillos que se veían cada par de metros, desconches, y un balcón repleto de margaritas que cada minuto atraía a un bicho diferente.
Siempre había pensado que era horrible, pero nunca se había atrevido a decirlo. Demasiado cursi. Demasiado completo. No le faltaba detalle. Le echó el último vistazo y siguió...
Solamente llevaba una mochila a la espalda, unos pantalones cortos y una sudadera que protegía sus brazos de la lluvia.
Cada paso que avanzaba, se embarraba más los zapatos y le costaba más andar.
La lluvia era gélida... Le impactaba en las suaves piernas cada vez más fuerte. Cada vez más fuerte. Pero ella no iba a dejar de caminar. Le daba igual el agua. Le daba igual el tiempo. Le daba igual la oscuridad. Ahora le daba igual todo.
Quería llegar a cualquier sitio...
Cualquier sitio donde nadie la encontrara.
Atravesó el pueblo... Atravesó carreteras... Atravesó el río... Atravesó el mundo en solo una noche.
Nada le echaría para atrás.
Nada ni nadie.
Las lágrimas se perdían en aquel mar de agua a sus pies. Éstas empañaban aún más su visión, pero le daba igual... No cesaría de caminar
Lo hizo durante horas... horas y horas bajo esa lluvia infernal y sin un rumbo fijo.
Estaba sola. Odiaba esa sensación de soledad. Siempre lo había hecho. Cuando era pequeña había dormido con sus padres hasta los 7 años. Y después tuvo que dormir con sus dos hermanas pequeñas hasta los 13.
Cuando cumplió los 15, hasta los 18 que ahora tenía, no había estado sola ni un solo día.
Tenía al chico que quería... En el momento que quería...
La mayoría solo eran caprichos y ocupaciones de su tiempo libre. Hasta que llegó él... El único chico que le había marcado. El único chico que le había echo enamorarse...
Siempre había sido ella la que jugaba con los demás... La que les echaba de su corazón sin ningún esfuerzo. Pero esta vez, había sido ella la rechazada.
¿Pero por qué? Joder... era perfecta. Era atractiva... demasiado atractiva, deportista, agradable, simpática, inteligente...
¿Qué no había visto en ella si lo tenía todo?
Se detuvo bajo un algarrobo, sacó su botella de agua, dio un trago y la volvió a guardar.
Al volver a meterla, rozó algo con el dedo.
Un espejo... El espejo... Mejor dicho, su espejo. El último regalo que le hizo Gonzalo
Lo sacó y se miró. Vio el reflejo de una melena rubia ceniza empapada y despeinada, ojos verdes esmeralda con un contorno negro empañado por el rímel y el agua, y unos labios perfectos.
Bajó un poco el espejo y comprobó que su cuerpo seguía igual que siempre a pesar de la lluvia; figura perfecta y piel sedosa. ¿Se puede saber qué no le gustaba de ella?
El espejo se lo regaló Gonzalo hace 1 mes. Ahora que lo recordaba, le había dicho algo así como '' Apuesto sobre seguro, después de ti, lo que más amas es tu reflejo'' y se había reído. Con esa sonrisa tan bonita... tan dulce... Que ya no era de ella.
Con una mueca amarga, lo volvió a guardar y se sentó en una roca para no mancharse más los shorts.
Sus padres se habían opuesto rotundamente a sus planes, pero ya tenía 18 y podía hacer lo que quisiera.
Esa misma noche les dejó una nota en su habitación y les explicó que no aguantaba más ahí... Que necesitaba cambiar de aire. Se marchaba, pero que estaría bien. Cuando tuviera las cosas más claras, se pondría en contacto con ellos.

Consultó su reloj; 5.24 de la madrugada.
Tenía mucho sueño y estaba cansada. Así que sacó una manta de viaje que guardaba en la mochila, se rodeó con ella y se sentó apoyada en el árbol para dormir aunque solo fuera un rato.
Cerró los ojos y antes de quedarse profundamente dormida, le vino la imagen del día en el que Gonzalo y ella se conocieron...



  -¡Aitana, estoy castigada, ya te he dicho que no puedo salir!- le explicó por teléfono a su amiga mientras que se tiraba holgazana en la cama.
   -¡Va a ser la fiesta del año, tienes que venir!
   -¿Cómo quieres que te lo diga? ¿Llamas tú a mi madre y la convences?
   -No tiene por qué enterarse. Venga va, no seas muermo...
   -¿Quién va?
   -Todos los amigos de Eric Sandoval. ¡La fiesta va a ser impresionante! He escuchado incluso que vienen los compañeros de su equipo de fútbol.
   -¿Y tú vas con tu novio?
   -Sí, claro. Hoy hacemos dos semanas y quiero que todo sea perfecto.
   -Osea que habrá tema- rió Martina pícara- por cierto, ¿cuando me lo vas presentar? Aún no he visto una foto del supuesto amigo con derecho a roce. Voy a llegar a pensar que son imaginaciones tuyas.
   -Si vienes a la fiesta, lo conocerás hoy. Y ¡no! Aún no va a haber tema- aclaró su mejor y única amiga alegremente.
   -Está bien, está bien... Me has convencido. Puede incluso que vaya alguno mono.
   -¡Estupendo! ¿Paso a buscarte a las doce?
   -¿Vamos en coche?
   -Of course...
Colgó rápida el teléfono y abrió su armario entusiasmada.
Después de media hora de indecisión, cogió aquella falda vaquera que su padre tanto critica por su escaso tamaño, una camisa de seda rosa claro y unos tacones del mismo color.
Se dio una buena ducha, se alisó el pelo, se pintó, y puso unos cojines en el interior de la cama por si en el peor de los casos, sus padres entraran, que pensaran que ya estaba acostada. El típico truco, vamos.
Aitana le dio un toque al móvil indicándole que ya había llegado.
Como tantas veces, saltó desde su ventana hasta el balcón, y de ahí sin ningún problema, pasó a la calle donde tuvo que ponerse los tacones rápidamente y en un suspiro, se sentó en el asiento del copiloto del coche de su amiga.
Le dio un beso en la mejilla, y arrancaron velozmente.
-Por fin llegó el día donde mi mejor amiga me presenta a su novio después de varias semanas, ¿te parece normal? ¡Ni siquiera me has dicho como se llama!
   -Quiero que sea una sorpresa. Vas a quedarte anonadada.
   -¿Anonadada?
   -Exacto...
Y las dos rieron estrepitosamente.
Era una chica simpática. Se conocían desde hace un par de años, y desde entonces, se habían hecho inseparables. Tenía una melenita negra cortada tipo casco, con un flequillo ladeado y brillante. Sus ojos eran azules y sus facciones eran muy marcadas. No era tan alta como Martina, pero también tenía un cuerpo agraciado. Llevaba un vestido negro de tachuelas y una torera blanca.
Habían vivido muchas cosas juntas; tanto buenas como malas. Ambas tenían un fuerte carácter, por lo que discutían con mucha frecuencia, pero no lo suficiente para romper su amistad.
Llegaron al chalet donde Eric preparaba su cumpleaños, a la vez que celebraba la despedida del instituto. La mayoría habían cumplido 18, y se marchaban a la universidad.
Aitana aparcó su coche en la entrada y deslumbrantes, entraron en un lugar donde no tenían ni la mayor idea de como iban a salir...
Eric Sandoval las recibió con una gran sonrisa y les indicó donde estaba la piscina, las bebidas, y por supuesto, las habitaciones de la planta baja.
El chalet estaba repleto de adolescentes desenfrenados que bailaban al son de la música.
Las chicas se sentaron en uno de los sofás y empezaron a charlar entretenidamente
cuando entonces tres chicos sin pantalones, ni camisa se le acercaron y se sentaron junto a ellas.
   -¡Chicas! ¿Se puede saber qué hacéis aquí solas?- preguntó uno.
   -Esperar a mi novio- soltó rápidamente Aitana
Los chicos, igual de sonrientes, dirigieron automáticamente su mirada a Martina.
   -¿Y tú, preciosa?
   -Espero a que algún chico me lleve a hacer algo interesante- dijo con una amplia sonrisa.
Entonces éstos se levantaron, la cogieron en brazos y se la llevaron a la piscina sin pensárselo dos veces.
   -¡Soltadme!-gritaba divertida- ¡no llevo el bañad...!
No le dio tiempo a terminar la frase, porque los chicos la habían tirado al agua sin ningún reparo.
Hace media hora que había llegado, y ya estaba en la piscina con tres chicos desconocidos.
Estuvieron un rato tonteando, pero Martina les hizo salir para buscarle una toalla. Aunque éstos estaban algo excitados tuvieron que aceptar que la chica no quería nada, y acataron su orden.
Salió empapada, con la camisa totalmente transparente, pegada al cuerpo, que invitaba con total libertad a ver el sujetador negro de encaje.
Antes de que a los chicos se le salieran los ojos, se puso la toalla y volvió dentro donde había dejado sola a Aitana.
Cuando llegó al sofá, la vio sentada enfrente de un chico que le daba la espalda.
   -¡Hola!- saludó- ya estoy aquí.
   -¡Martina!- contestó rápidamente su amiga mientras que se levantaba- mira, éste es mi novio. Gonzalo.
El chico que le daba la espalda, se levantó y se dio la vuelta para saludarla.
Ésta se quedó petrificada.
No era el típico musculitos con el que solía salir, ni el típico tío bueno, ni el típico chulazo.
Tenía cara de niño; pelo castaño claro, ojos color miel, y una sonrisa preciosa que le dedicó antes de darle dos besos.
   -Encantado- dijo.
Martina se había quedado totalmente... Anonadada. Sí... Esa era la palabra. Justo como había descrito su amiga.
   -Vaya... por fin te conozco- sonrió la chica despertando del trance.
-Bueno chicos, voy a por unas copas- dijo Aitana alegremente.
Miró a Martina y añadió:
   -Cuídamelo, ¿vale?
Y se despidió dándole un simple beso en los labios.
Gonzalo se sentó e invitó a la chica a sentarse a su lado.
Ésta, ni corta ni perezosa, se quitó la toalla dejando a descubrir su cuerpo empapado, puso la toalla en el sillón, y se sentó encima para no mojar el cuero.
No se le pasó, la mirada indiscriminada pero fugaz, que le echó el novio de su amiga. A ella nunca se le pasaba nada... Y al mínimo indicio, siempre le sacaba punta.
Ese chico había despertado algo especial en ella. No sabía qué... Pero era algo que no había sentido nunca. Y que le gustaba... Si... Le gustaba mucho...
   -Siento estar así de mojada- se explicó Martina- unos subnormales me cogieron en brazos, y me tiraron a la piscina. Ahora estoy helada por su culpa
   -¿Quieres que vaya por otra toalla?- dijo rápidamente Gonzalo.
   -No, tranquilo. No hace falta. ¿Te importa que me acerque un poco más? Verás como así en cinco minutos entro en calor.
El chico dudó durante unos instantes, pero le dio su incómodo consentimiento.
Martina se arrimó un poco más.
Gonzalo empezó a ponerse nervioso. ¿De qué iba esa tía? Era la mejor amiga de su novia, así que no creyó que quisiera nada. Solamente es el roce de la amistad... Pero joder, ¡que él no es de piedra!
   -¿Vas a ir a la Universidad?- le preguntó intentando calmarse.
   -Supongo. Me han concedido una Beca en Oxford- explicó ésta como si nada
   -¿Oxford? Impresionante- sonrió el chico mientras que sin querer volvía la vista a través de la blusa.
Martina se volvió a percatar de ello.
Este era el momento de atacar... Lo sentía mucho por Aitana, pero cuando se enterara de que había sufrido un flechazo, la perdonaría. Además, ella ni siquiera está enamorada. ¡Ni siquiera se conocían más de un mes!
Pero es que él es tan... apenas han hablado, pero le transmite algo... algo importante y especial.
No... No podía hacerlo. No iba a traicionar a su mejor amiga.
No... No voy a traicionar a mi novia- pensaba a la vez el chico- me gusta. Me gusta mucho y no la quiero perder.
Intentaba razonar, pero con una chica como esa a su lado mirándole los labios, era difícil.
Rotundamente no. Él quería a Aitana.
Martina miró de reojo hacia el corro de adolescentes, donde encontró con la mirada a su mejor amiga que conversaba de espaldas, con dos chicas, entre el bullicio.
Cuando se giró, se encontró con la mirada de Gonzalo, que esta vez si estaba a la altura de sus ojos. Sus ojos miel, le parecieron los más bonitos del mundo, y sus facciones infantiles, le parecieron las más perfectas.
Y sin pensar en nada, y sin pensar en nadie, le pasó por encima su pierna izquierda, y le besó.
Al instante Gonzalo, se separó inocentemente.
Pero ya era demasiado tarde... Había caído en sus redes.
Se colocó encima de él, que no tuvo fuerzas para bajarla, y le volvió a besar. Al principio el chico no respondió al beso, pero poco a poco, comenzó a notar su cuerpo mojado en el suyo, y no pudo resistir la tentación.
Se besaron intensamente. Ella encima de él notando su alegría inconsciente y sintiendo que estaba feliz. Que ese no era un beso como cualquier otro que se había dado con más chicos.
Entonces escuchó un ruido de cristales rotos a sus espaldas.
Se separaron instintivamente y vieron a Aitana con la boca abierta , rodeada de trocitos de lo que antes eran copas, y con los ojos vidriosos.
Gonzalo apartó a Martina, y se levantó.
   -Aitana, espera...

Capítulo 2:

 
Pero ya era demasiado tarde.
Le dio un perfecto bofetón en la mejilla, y sin más, se dio la vuelta.
   -Gonzalo- dijo Martina un poco arrepentida por haber traicionado a su mejor amiga- no vayas tras ella. La conozco, y sé que en un par de días se le pasará. Pero ahora necesita estar sola.
Estaba mal lo que había hecho, pero es que había tenido un flechazo. Se conocían de unos minutos y ya se había dado cuenta de que era el hombre de su vida.
Éste, avergonzado por su acción, decidió marcharse también.
   -Creo que estoy algo confuso... Me voy a mi casa- y sin despedirse se marchó.
De lo demás, solo conservaba vagas imágenes, pero la realidad fue que Martina estaba eufórica. Tanto que sin toalla y atrayendo las miradas, fue a la mesa de la cocina y se bebió cinco cubatas.
Le gustaba mucho ese chico. Es más, ¡le encantaba! Y tenía que conseguir que fuera para ella... Solo y exclusivamente de ella.
Tenía que conseguir su teléfono, su dirección, su correo electrónico, ¡todo!
Aunque antes tendría que aclarar las cosas con Aitana y explicarle por qué sucedieron así.
Ya la llamaría mañana, ahora iba a disfrutar de lo que quedaba de noche.
Se fue a la pista de baile, y en pocos segundos, ya tenía encima a media fiesta.
Los chicos la rodeaban y la animaban a bailar.
Chispeante, los provocaba cada vez más acercándose a ellos , hasta que uno la cogió de la cintura y le plantó un beso mientras que otros les gritaban y silbaban.
No solía ser así de... Pero esa era una noche especial, y tenía que celebrar que había conocido al hombre de su vida; Gonzalo.
Otro par de chicos que iban igual de bebidos que ella, empezaron a toquetearla como si de una muñeca hinchable se tratara.
Entonces vio avanzar a Eric Sandoval entre ellos, que los apartó y agarró fuertemente de la muñeca a la chica.
   -¿Qué haces?- preguntó atontada.
   -Ya has tenido suficiente fiesta por hoy. Te marchas a casa.
Todos los espectadores soltaron murmullos y gritos de desaprobación.
Ésta giró la cabeza y les guiñó un ojo pícara y totalmente borracha.
Su compañero de clase la llevó hasta una de las habitaciones donde al llegar, la gente dejó su chaqueta.
   -Y bien, ¿cuál es la tuya?- le preguntó el chico.
   -Creo que no he traído nada encima- y soltó una serie de diversas carcajadas cada cual más estrepitosa mientras que se sentaba en la cama.
   -Déjame que te busque algo. No podrás salir así a la calle o te costiparás- y rió divertido.
   -De acuerdo mamá.
Y los dos volvieron a reir.
Eric fue hasta el armario, sacó un jersey de punto blanco, y se lo entregó.
Ésta intentó ponérselo pero inútilmente; estaba empeñada en meter la cabeza por la manga.
El chico sonrió y se ofreció a ayudarla.
Se sentó a su lado lentamente, y ésta le apartó el flequillo de la cara.
No quería irse a casa. ¡Ella quería fiesta!
Así que se abalanzó sobre él, y comenzaron a besarse encima de todas las chaquetas de los invitados. Fueron desnudándose poco a poco, el uno al otro sin separar sus fogosos labios.
Llevaban juntos desde la guardería, y nunca se había fijado en él. Era guapo. Y besaba bien... pero no tanto como Gonzalo.
Él la tumbó, y se posicionó encima. Se sintió afortunado, así que quiso hacerlo perfecto. Empezó...
Pero lo que no sabia, era que desde ese momento hasta que acabó, su cara había sido remplazada por otra.

Capítulo 3

Abrió los ojos, apenas había dormido apoyada en ese árbol.

Los rayos de Sol lucían espléndidos en el cielo y ya no llovía.

Se preguntó si sus padres habrían descubierto ya su nota; consultó el reloj; 9.42. No... a esa hora normalmente ella dormía. No habrían querido despertarla. Dentro de un par de horas se darían cuenta a ver que no despertaba.

Se levantó, volvió a guardar la manta, y siguió su viaje.

Anduvo hasta avanzado el medio día, que llegó hasta un pueblo a las afueras de Roma.

Entró en una cafetería, pidió un café y una manzana, y se sentó.

Un par de mujeres la observaban...

Normal, pensó, llevo sin dormir toda la noche, voy con la ropa húmeda y manchada de barro, y debo llevar unos pelos de esquizofrénica.

No pudo evitar llorar.

Entonces alguien se sentó a su lado.

Era una de las señoras de antes que a miraban con tanta curiosidad.

   -¿Estás sola?- le preguntó

Martina se secó las lágrimas del rostro, e intentó contestarle educadamente.

   -Sí, lo estoy.

   -¿Necesitas algo?

   -No, muchas gracias. Solo estoy de paso.

   -No quiero entrometerme donde no me llaman, pero... ¿a donde vas?

La jovencita, bajó la mirada tristemente y se le volvió a escapar otra lágrima.

   -La verdad es que no lo sé. Busco un sitio tranquilo donde pasar unos meses.

   -Ya entiendo- dijo la mujer compadeciéndose de ella- ¿estás de vacaciones y necesitas casa, no?

   -Sí- mintió.

   -Si quieres puedo ayudarte. Por cierto, me llamo Madda- y le estrechó una mano.

   -Yo soy Martina. Pero de verdad, no quisiera molestarle.

   -No te preocupes- le sonrió- anda, levántate y vayamos a mi casa. Querrás darte una ducha.

La chica dio el último sorbo al café, se echó la manzana en la mochila, dejó el dinero en la mesa y asintió agradecida.

Madda se levantó, le dirigió un gesto de despedida a su amiga de la barra, y la condujo hasta una casita verde rodeada de árboles.

Después de una buena ducha y un cambio de ropa, Martina le maquilló un poco su historia, y le contó que buscaba un lugar tranquilo para pasar el verano. Un sitio que estuviera resguardado de las miradas de los entrometidos, donde pudiera pensar tranquila, pasear, leer, ponerse en forma...

   -Da la casualidad, que conozco un sitio así- le contestó con una gran sonrisa- esta misma tarde partía hacia allí para ver a mi tía, que está enferma. Es un pequeño pueblecito costero. ¿Quieres venir?
Martina meditó unos segundos en silencio, y aceptó.

No podría seguir caminando más tiempo sin rumbo. Acabaría por perderse.

 

Tras unas horas de coche, en el que Martina durmió casi todo el viaje, llegaron a Fiorilla, un lugar que la chica no podría haber imaginado nunca.

Abrió los ojos tras la llamada de la conductora, y sorprendida, vio a sus pies, un pueblo a orillas del mar, que escalaba, con su escasa treintena de casas blancas y azules, medio acantilado mientras que las olas espumosas, rugían contra las rocas..

Precioso, pensó- justo el lugar que buscaba.

El automóvil fue descendiendo por el sendero de tierra y piedras mientras que la jovencita contemplaba el paisaje maravillada.. Árboles... miles de árboles con ramas acunadas por el suave viento, cercos con rebaños de ovejas, ancianos sentados en las puertas de sus casas, niños jugueteando por las estrechas callejuelas... Estaba segura de que ese era el sitio al que quería ir. Estaba segura de que ese era el sitio con el que había soñado tantas veces.

Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un bache, seguido del frenado repentino y el detenimiento del coche.

   -Hemos llegado- anunció Madda.

Bajaron y Martina probó ese nuevo ambiente cálido y acogedor...

   -¿Dónde vive tu tía?-le preguntó.

   -Esta calle hacia arriba. En la puerta hay una herradura, sabrás reconocerla. Puedes ir visitando el pueblo mientras que la saludo. No creo que te pierdas, nos vemos aquí en un par de horas, ¿vale niña?

   -Claro- le contestó agradecida.

Contempló como Madda ascendía entre las casas hasta que giró y se perdió de vista.

También ella se puso en marcha rumbo a la playa.

Descendió lentamente, y dejando la aldea atrás, llegó a la orilla.

Se sentó en una de las numerosas rocas erosionadas por el choque de las olas y cerró los ojos sintiendo la cálida brisa en su rostro...

 

Capítulo 4

   -¿Gonzalo?

   -¿Quién es?- escuchó a través del auricular.

   -Martina. Qué pasa ¿ya no te acuerdas de mí?-contestó remolona mientras se ponía la bata de casa.

Habían pasado 3 días desde su primer encuentro y ésta quiso darle un margen de tiempo para que ordenara sus pensamientos.

   -Para no acordarme... ¿Cómo has conseguido mi teléfono?

   -Magia. Pura y maravillosa magia...

   -Dímelo- exigió cortante

   -He hablado con Aitana. ¿Lo has hecho tú?

   -Esa misma noche la llamé. No quiere saber nada más de mí- dijo apenado.

   -No te preocupes. Ya se le pasará. Yo hablé ayer por messenger con ella... Me dio tu número y si te consuela, parece que tampoco quiere saber más sobre mi existencia.

   -No pareces muy preocupada. Ella me dijo que estabais muy unidas...

   -Y lo estamos. Pero de vez en cuando discutimos... Es normal entre amigas.

   -¿Te parece normal haberte liado con el novio tu mejor amiga?

Ésta se detuvo desconcertada. El tono del chico era cortante, distante y frío. Era el momento de cambiar de táctica.

   -Tienes razón... Lo sé y lo siento. No era mi intención, de verdad. Aitana es lo único que tengo... No tengo más amigas. Y ahora me arrepiento tanto...- simuló un llanto suave- además, he roto lo vuestro. De verdad que lo siento

No obtuvo respuesta desde el otro lado, por lo que insistió.

   -Parecía que os queríais tanto... Espero que algún día me perdones y podamos ser amigos.

   -Si como bien dices es solo una discusión, seguro que tú podrás recuperarla. Sin embargo yo no. Mi tren ya ha pasado y no lo he cogido.

   -A veces las oportunidades se dejan para coger otras, ¿no crees?

   -Supongo- no pudo evitar sonreír.

   -¿Haces algo esta tarde?

   -La verdad es que no... Los lunes por la tarde solía quedar con Aitana y ahora no sé que hacer.

   -¿Te apetece que quedemos? Yo tampoco tengo planes, y no ganamos nada quedándonos en casa aburridos y llorando nuestras penas.

   -Aunque me pese, tienes razón.

   -¿Pasas a buscarme sobre las seis?

   -Si no hay más remedio...

   -¿Cómo que si no hay más remedio? Oye, que yo no te obligo a nada ¡eh!

   -Lo sé, lo sé. ¿Dónde vives...?

Y tras el gesto de triunfo silencioso de Martina, se intercambiaron datos poco antes de colgarse con un simple 'adiós'

Alzó el volumen de la música, se subió a la cama y empezó a saltar de felicidad. Sus expresiones eran las de una niña pequeña que acababa de conseguir esa muñeca que tanto ansiaba.

Su euforia fue interrumpida por la entrada de su madre en la habitación.

Yanet era una mujer alta, y robusta, tenía el pelo lacio y canoso, sus facciones estaban desgastadas y llevaba un jersey gris de cuello alto, unos vaqueros, y unas sandalias que bien podían ser un 42.

Su rostro severo no se asemejaba al de la linda muchacha que brincaba feliz tras la llamada telefónica.

   -¿Qué haces?-preguntó firmemente.

   -Nada mamá- contestó apresurada Martina mientras se sentaba en el borde de la cama.

   -Baja el volumen. Ya no eres una chiquilla para comportarte así.

   -Claro mamá.

Volvió a pisar el suelo y se dirigió al armario destellante mientras que su madre abandonaba la habitación.

¿Qué se iba a poner? Algo atrevido, pero a la vez sofisticado, algo serio, pero a la vez juvenil... Además, solamente quedaban como amigos.

   -Voilà.

Atrapó unos pantalones cortos vaqueros, una camiseta rosa claro y unas convers a juego.

Se cepilló el pelo suavemente mientras que contemplaba su tonta y amplia sonrisa frente al espejo.

Se echó algo de colorete, iluminó sus labios con gloss, alargó sus pestañas con rímel, se puso dos perlas rosas y se guardó la cartera y el móvil en el bolsillo.

Aún quedaba media hora, pero ya estaba preparada.

Aguardó nerviosa (por no decir histérica) hasta que escuchó un claxon desde la calle.

Se levantó exhaustivamente, bajó las escaleras de dos en dos, se despidió de sus padres y al llegar a la puerta de entrada se detuvo, respiró y salió tranquilamente.

Un Ford Focus negro la esperaba en la carretera. Y en su interior... Gonzalo.

Abrió la puerta temerosa pero sin mostrar ningún movimiento que la delatara y pasó.

Él llevaba unas ganas de sol a lo piloto, un polo rosa y unos vaqueros.

No se lo podía creer... ¡Iban exactamente iguales!

Se miraron extrañados y después se echaron a reír.

A Martina le invadió una nueva sensación. Esa que te pone tan nervioso... Esa que te hace temblar... Esa que te recorre todo el cuerpo y solamente quieres gritar de la emoción.

Había pensado durante largos minutos qué iba a hacer cuando subiera al coche. Y mírala. Ahora estaba partiéndose de risa con Gonzalo por una maravillosa casualidad de las que solo pasan en las películas de Disney Channel.

   -Hola otra vez- le dijo la joven con una dulce sonrisa.

   -Parece que nos compenetramos bien- apuntó Gonzalo mientras que ponía el coche en marcha.

   -Ni a propósito hubiera salido mejor-añadió- ¿a dónde vamos?

   -La verdad, esperaba que lo eligieras tú.

Parecía bastante tímido y cortado.

   -¿A la cafetería bigBombón? Ahí se está bien... Hay aire acondicionado, música y café.

   -Me encanta ese lugar. Siempre voy con mi padre.

   -¿Tu padre?- preguntó extrañada a punto de soltar la carcajada.

   -Sí. Es militar y trabaja fuera de aquí. Nos visita un par de veces al mes y cada vez que viene merendamos ahí.

   -Oh...-no sabía que decir por lo que se quedó en silencio.

Ambos parecieron enmudecer durante varios minutos que parecieron eternos.

¡Martina odiaba ese tipo de situaciones tan incómodas! Dos personas que se encontraban, se saludaban y se callaban mirándose el uno al otro pensando en qué decir.

Lo detestaba y siempre quería resolverlo lo antes posible.

   -Qué calor hace...

Mierda.

Mierda, mierda, mierda y mierda.

¡Qué tontería más grande acababa de decir! ¡Pues claro que hacía calor, estamos en verano!

Sus mejillas se sonrojaron y ésta intentó ocultarlo.

Gonzalo pareció notarlo, por lo que fue en su ayuda.

   -La verdad es que sí.

Y otra vez ese silencio incómodo que por precaución ninguno quiso romper.

Capítulo 5

Estaba más guapo que la última y primera vez que le vio. ¡Era tan perfecto!

Le daba mucha vergüenza mirarlo de frente, cosa que no le había pasado nunca, por lo que de vez en cuando y disimuladamente, le miraba de reojo.

Sujetaba el volante con la mano derecha, mientras que la otra la apoyaba en la ventana. Su pelo brillaba incluso más que el de ella (algún día le preguntaría por su champú), sus facciones estaban algo tensas, y su boca masticaba silenciosamente un chicle...

Llegaron al centro, y aparcó frente a la cafetería.

Gonzalo salió primero y le abrió la puerta a Martina.

Esta quedó fascinada. O mejor dicho, nuevamente anonadada.

Le sonrió agradecida y ambos cruzaron la calzada en silencio.

Entraron en el BigBombón, que no estaba del todo lleno, por lo que pudieron elegir sitio en una esquina, al lado de la ventana. Gonzalo se quitó las gafas, y le dedicó una mirada penetrante con esos ojos que le gustaban tanto.

De fondo se escuchaba ''Lo que no ves'' de Pol 3.14

   -¡Está canción es bestial!- dijo la chica nerviosa, intentando romper el hielo.

   -Es muy bonita.

   -¿Bonita?¿Solo bonita?¡Maravillosa, espectacular, espléndida...!

   -¡Vale, vale!- sonrió divertido- me ha quedado bastante claro. Te encanta. ¿Qué tipo de música te gusta?

   -Sobre todo Pop en inglés. ¿Y a ti?

   -Escucho de todo un poco. Toco el piano y la guitarra, ¿sabes?

   -Sí, lo sé. Aitana me habló de ello...

¡Pum! Ese nombre cayó en los oídos de Gonzalo, como un cubo de agua fría...

   -Por cierto- siguió la chica. No era buen momento para sacar a relucir ese tema, pero era ahora o nunca. Tenía que averiguar el momento para atacar- ¿sigues sintiendo algo por ella?

Éste tragó saliva algo confuso... Aitana; melena negro azabache, ojitos azules que brillaban como estrellas cada vez que los miraba, sonrisa inocente... ¡No! ¡No, no y no! Ya era pasado, y lo pasado, pasado está. Pero es que la quiso tanto...

   -Pues la verdad es que...

   -Perdonen jovencitos, ¿qué les traigo?

Un camarero de aspecto dicharachero, bajito y gordinflón con un tremendo bigote blanco, irrumpió en el momento menos adecuado.

Martina puso los ojos en blanco durante milésimas de segundo y con una falsa sonrisa dirigida al hombre, le contestó:

   -Un bombón para mí, y para él...

   -Descafeinado por favor.

   -Perfecto. Muchas gracias- y se acercó dando saltitos a la mesa de al lado.

   -Bueno dime... ¿Sigues sintiendo algo por ella? No sé, a lo mejor solo era una más...

¿Una más? ¡Había sido su alegría durante ese maravilloso mes! Se levantaba cada mañana con deseos de llamarla y de escuchar su dulce voz. ¡No podía resistirlo! Así que todos los días tecleaba su número de memoria, y le daba un fugaz pero sentido ''buenos días'' . Cosa que ya no podría hacer ahora.

   -Estoy algo confuso, pero...

   -Disculpen jovencitos- interrumpió nuevamente el camarero.

-Qué coñ... Quiero decir, ¿qué quiere ahora?- le espetó Martina. Estaba claro que ese hombre y su bigote no iba dejar acabar a Gonzalo.

   -¿Les traigo unas pastas para acompañar? Son excelentes para los nervios y el estrés. Mi madre me las hacía con miel cuando...

   -¡Traiga lo que quiera!-soltó la chica desesperada.

   -Bueno, pues unas pastas, un descafeinado y un bombón para la mesa 7. ¡Marchando!- y volvió, ahora sí, a la barra.

   -¿Por dónde íbamos...?- intentó Martina por segunda vez.

   -Tenemos que hablar antes de una cosa. No quiero hacer como si no hubiera pasado nada el sábado...

Eso le pilló desprevenida.

Éste chico a penas la conocía, pero sabía como jugaba y cuáles eran sus armas y puntos débiles.

¿Qué hacía ahora? ¿Le decía la verdad? ¿O esperaba para ello conocerse un poco más? No podía mostrarse insegura, sino dura y algo pasota. Lo mejor sería echarle la culpa a la bebida... Hizo eso simplemente por los cubatas de más que llevaba encima. Sí. Eso era lo mejor.

Pero entonces, Gonzalo alargó el brazo por encima de la mesa, y le sujetó suavemente la barbilla, alzando su rostro y poniendo los ojos a la altura de los suyos.

Y algo hizo que todo pensamiento se borrara de la cabeza de la chica.

No pudo resistirse a esa mirada infantil, pero a la vez tan pura, y sin quererlo, se ahogó en ella...

   -Yo, yo- balbuceó- quería hacerlo. Nada más verte, sentí algo muy extraño. Algo que no había sentido nunca, y que cada vez que me acerco a ti, se dispara incontroladamente. Sé que es difícil de comprender, ni yo misma puedo hacerlo, pero aunque solo nos hayamos visto dos veces, es como si te conociera de toda la vida...

Como si llevara viéndote cada noche en mis sueños.

Como si cada vez que pensara en mi príncipe, apareciera tu imagen.

Como si a partir de ese día te convirtieras en parte de mí.

Como si te quisiera desde siempre...

 

Gonzalo la soltó sorprendido, y de repente, despertó del trance. Se dio cuenta de la cantidad de palabras prohibidas que había pronunciado inconscientemente.

Sus ojos húmedos, abandonaron los de él que miraban a la chica perdidos completamente.

Ésta, a sabiendas de lo que perdía, lo dejó en la mesa, y haciendo caso omiso de la palabra 'espera', salió corriendo tropezando con el camarero que derramó por el suelo, un capuchino, un descafeinado y unas pastas, que ya nadie probaría nunca...

 

Los ojos se le empañaron aún más mientras que corría avergonzada.

Eso es lo último que se le puede decir a un chico si no quieres que salga escopeteado. Y ella lo había hecho. Se había dejado llevar por sus sentimientos, y éstos la habían traicionado. Todo se había ido al garete por su culpa.

Cruzó la carretera, dejó atrás el Ford Focus negro, y se dirigió al parque...

Se sentó en un columpio y comenzó a llorar. Sola. Ahora sí que no tenía a nadie... Había destrozado su amistad con Aitana en vano. Y ahora, cuando más la necesitaba, estaba sola. Sola. Muy sola.

Cerró los ojos, se impulsó suavemente, y dejó que el viento despeinara sus pensamientos, y se llevara sus lágrimas.

Entonces, unas manos se posaron en su espalda, deteniendo el balanceo.

Le dio un vuelco el corazón...

   -Perdona- dijo la voz a su espalda, mientras que ella se giraba para contemplarlo- ¿te importa dejarle el columpio a la niña?
Un hombre sujetaba de la mano a una niñita rubia de ojos claros que vestía un vestido verde.

Martina se limpió las lágrimas decepcionada, se levantó rauda y contestó.

   -Claro. Sube pequeña.

Y se sentó en un banco contemplando como el padre columpiaba a su hija que reía a carcajadas.

Que bonito era ser niño.. Nada era tan complicado como ahora...

Capítulo 6

   -Al fin te encuentro- susurró una voz angelical en su oído.

 

Se secó la cara.

Una ola gigante la había salpicado entera, despertándola de sus recuerdos.

Volvió a contemplar el paisaje... Debían de ser más de las nueve y el sol lentamente iba ocultando sus rayos dorados detrás del horizonte a la vez que se reflejaban más intensamente en las infinitas aguas que lo rodeaban.

Puede que ahí se encontraran todas las respuestas a sus preguntas que tanto le atormentaban.

Se dio la vuelta, y decidió buscarlas más tarde... Ahora iba a conocer su, cada vez más seguro, nuevo hogar.

Antes de abandonar la playa, recogió una caracola que reposaba a sus pies y se la guardó en el bolsillo.


Se dejo de llevar por sus pies que recorrían cada una de las callejuelas de aquella mágica aldea.

El sol se ponía y los niños más jóvenes ya volvían a sus casas, casas blancas que con los rayos dorados del sol se teñían doradas también. Balcones repletos de flores, puertas y ventanas azules, aquel olor a mar que tanto nos gusta a todos…Todos aquellos y muchos más detalles le hacían parecer que se encontraba en un maravilloso sueño en el que nada había ocurrido... Del que no tendría que salir. Creyó que era el lugar perfecto para volver a empezar de cero.

Sus pasos le llevaron a una vieja iglesia, aunque ella no era católica, que presidía el pueblo desde lo alto de una colina en una posición privilegiada, en la cual, se podía ver el paisaje teñido, momentáneamente, de tonos anaranjados.

Convencida de qieque el interior de la capilla haría justicia a las vistas Martina decidió entrar

Empujó para dentro un portón pesado de madera, y sorprendida, contempló la simplicidad de su interior que constaba de unos cuantos bancos, un altar y una gran cruz con grandes ramos de flores a sus pies.

   -Que mal rollo- susurró a la vez que se daba la vuelta para volver a la calle.

   -¡Un momento!- escuchó a su espalda.

Una anciana le hizo entender que le sujetara la puerta mientras que también salía.
   -Eres nueva aquí ¿no? -le preguntó-¿Eres la niña que ha venido con Madda?
   -Como corren las noticias ¿no?- dijo, pero no le pareció una buena forma de comenzar- sí, me llamo Martina- rectificó.
   -Echándole un vistacillo a la aldea, ¿no? -sonrió- veo que ya has visitado la Capilla. La construyeron hace años, entonces yo ni siquiera había nacido y te aseguro que muy joven no soy- volvió a sonreír de nuevo- contaba mi abuelo que querían hacer un gran monumento... Una enorme catedral como las que se hacían entonces en las grandes ciudades. Pero un día, el arquitecto de la obra fue a buscar a sus hijos que se encontraban aquí mismo. Justo en esta colina, en la que habían construido una simple cabaña con maderas y cuerda entre las margaritas.

Entonces el joven arquitecto, al ascender a este mismo lugar, fascinado con la belleza de las vistas, cambió los planes, y propuso construir una pequeña capilla que no le pudiese robar nunca, el protagonismo al paisaje. No siempre todo lo maravilloso, sintetiza con su alrededor.
   -Vaya... Yo no me habría planteado deshacer los planes de la catedral. Supongo que me gusta ir a lo grande.

   -Hay veces en las que son más importantes los detalles, que lo demás... Bueno cielo, tengo que marcharme, mi nieto habrá preparado ya la cena.

Y la misteriosa aunque encantadora anciana, emprendió camino hacia su casa cuando el sol ya se había escondido y las luces de las pequeñas farolas inundaban la calle.

Fue entonces cuando Martina se dio cuenta de la hora que era y salió corriendo para encontrarse con Madda en el lugar que habían acordado.

Capítulo 7

A ésto, sintió una vibración en el bolsillo derecho del pantalón... Era extraño en ella llevarlo en esa lado, dado que ahí siempre guardaba una horquilla, un chicle de fresa y un preservativo.

Sin embargo, el nokia estaba ahí.

Lo sacó del calcetín y vio un sms... Un sms que podría ser de él... Un sms que podría darle la vuelta a todo... Un sms que podría alegrarle la vida, que un par de días antes se había estropeado.

Cerró los ojos durante unos instantes, y lo abrió.

'' ¿Te has ido de verdad? Mamá y papá están discutiendo más que de costumbre y tú no estás aquí para protegerme... Por favor Martina, vuelve. Te echo mucho de menos. Bueno, la pequeña isabella también. Hoy ha hecho un dibujo de la familia y a ti te ha dibujado muy guapa. ¿Estás bien?

Un beso. Bianca. ''

Releyó el mensaje varias veces y no pudo evitar volver a llorar.

No había pensado en eso... Sus hermanas se habían quedado solas con sus padres, víctimas de sus peleas diarias.

Se sentó en un banco de madera y con una hábil técnica para escribir, tecleó:

'' Hola Bianca, sí, me he ido. Pero no te preocupes, estaré bien, y pronto iré a buscaros y volveremos a estar juntas otra vez. Dile a Isabella que guarde el dibujo hasta que vuelva y pueda verlo, me haría mucha ilusión. Estoy en una aldea de la costa y me instalaré pronto en algún sitio. Mañana te llamaré y hablaremos, ¿vale? Yo también te echo de menos preciosa. Un abrazo ''

Le dio a enviar, y se limpió de la mejilla el amargo recuerdo de la unión tan especial que tenía con su hermanita de 12 años. Pero había tomado su decisión, e iba a seguir adelante.

Caminó un poco más y llegó hasta la puerta azul de la herradura.

Llamó y esperó durante unos segundos hasta que Madda le abrió.

   -Pasa niña- le dijo- ¿qué te ha parecido la aldea? ¿Te gusta?

   -¿Que si me gusta? Me encanta. Es espectacular... El sitio ideal para pasar unas vacaciones. Pero tengo un problema, para pagar la estancia aquí, necesitaría buscar trabajo. No tengo tanto dinero como para no hacerlo- explicó avergonzada.

   -No te preocupes, ya había contado con eso- y sonrió- pasa niña, no te quedes en la puerta.

El interior de la casa era luminoso y acogedor. Las paredes eran blancas, y la madera del suelo brillaba recién limpia.

Se dirigieron hacia una salita donde una mujer anciana de unos 80 años reposaba en un sofá blanco rodeada de tupidas mantas.

   -Tía, ya estamos aquí.

La mujer se giró y dijo:

   -Acércate Martina. Déjame que te vea.

La muchacha atendió a la voz dulce de la anciana y caminó hacia ella.

   -Agáchate cariño.

Sus años se plasmaban en la piel, y unos ojos azules la miraban sin ver.

   -Oh... Lo siento- se disculpó Martina al comprender que la anciana no veía.

Ésta tomó su rostro con ambas manos, y lo recorrió con suma delicadeza.

-Qué bonita eres Martina. Eres joven como una rosa. Disfruta, disfruta de tu edad ahora que puedes.

   -Claro señora.

   -Llámame Anne por favor. Siéntate a mi lado. Me ha contado mi sobrina Maddalena que buscas alojamiento. Mi buhardilla está deshabitada y no le vendría mal un poco de vida. Lo único que necesitaría es que ayudaras al hijo de una amiga mía que viene a hacerme compañía... Tiene que estudiar mucho este verano y no puede compaginar todo con su trabajo...

   -No se preocupe Anne. Le ayudaré todo lo que pueda, de verdad. Muchas gracias por acogerme apenas sin conocerme, de veras que se lo agradezco.

   -Gracias a ti por hacerle compañía a esta viejecita.

   -Bueno chicas- interrumpió Madda- debo irme.

Se acercó a ellas y besó la frente de Anne.

   -Cuídate Maddalena.

   -Y tú tía. Tómate la pastilla ¿si? Martina,ven,  te llevo a la buhardilla.

Se levantó del sofá y la siguió hacia una escalera de caracol que había en una esquina de la cocina.

Subieron y llegaron a una habitación donde el techo caía horizontal sobre sus cabezas, con un escritorio de madera, una cama del mismo material con unas sábanas blancas frescas, y un ventanal espléndido que daba a la calle, colocado en una pared la cual estaba escalada por enredaderas de flores rosas.

Había una puerta que daba al cuarto de baño, y una estantería con libros antiguos.

   -Bueno niña, te dejo aquí. Si necesitas algo llámame al móvil, ¿vale?

   -Madda muchísimas gracias por todo lo que has hecho por mí. Te estaré eternamente agradecida.

   -No me hagas la pelota niña- y sonrió- ¿has llamado a tus padres para contárselo?

   -Sí claro- mintió -esta noche les volveré a llamar.

   -Muy bien- Estarán contentísimos de que hayas encontrado alojamiento tan rápido. Bueno, te explico, mi tía se levanta siempre a partir de las 11 del medio día. Normalmente Lèo, el hijo de su amiga, es quien le hace la compra, la comida, le lava la ropa... Pero se presenta en selectividad en septiembre, y necesita tiempo para estudiar. Además está trabajando y el pobre chico no puede con todo. Lo único que tienes que hacer es ayudarlo cuando haga falta, y hacerle compañía a mi tía de vez en cuando...

   -Por supuesto.

   -Un beso niña. Nos veremos la semana que viene.

Y desapareció bajo las escaleras...

Se acercó a la cama, primero tímidamente, y después con una gran sonrisa inocente en la cara mientras que se tumbaba y relajaba todos y cada uno de los músculos de su dolorido cuerpo.

Sacó sus cosas de la mochila...

Una manzan, un neceser, 2 camisetas hechas un nudo, un pantalón corto marrón, una muda de ropa interior, su monedero, el espejo, y una foto donde aparecía ella con sus dos hermanas pequeñas; Bianca e Isabella, ambas también preciosas.

Sonreían a la cámara abrazadas unas a las otras...

La colocó junto al espejo en el escritorio, estiró y dobló la ropa que dejó en un estante, y miró la manzana...



   -¿Qué te pasa Martina?- le preguntó Bianca.

   -Nada cariño. Déjame sola por favor.

   -Estás llorando...

   -No estoy llorando.

   -Si lo estás...

   -Estoy bien, por favor, déjame sola.

   -¿Estás triste, verdad? No has cenado nada...

   -¡He dicho que me dejes en paz ya!

   -Vale... Toma, por si tienes hambre... - y le dejó una manzana en la mesa.

La niña abandonó la habitación asustada por el grito de su hermana...

   -Lo siento Bianca... - pero ya era demasiado tarde. Era demasiado tarde para todo.

Gonzalo la había encontrado en el parque, y la había acompañado a casa bañados en el aroma del silencio absoluto...

No habían vuelto a cruzar otra palabra...

Lloró, lloró, lloró y lloró, pero sin saber por qué lo hacía. Apenas conocía a ese tío y estaba sufriendo por él... Ella. Ella que no sufre por nadie... Esto era una situación surrealista.

Entonces para colmo de sus males, empezó la pelea diaria mientras que mordía la manzana tan roja y brillante que le había traído Bianca.

   -... No ayudas nada en casa. ¡Siempre igual!

   -¡Por lo menos trabajo! Nuestra hija es mayor de edad y se pasa los días de fiesta en fiesta sin aportar nada económicamente.

   -¡Eres tú el que se negó a que trabajara en la discoteca!

   -Yanet, ¡no voy a permitir que la niña se convierta en una camarera de pacotilla cuando el año que viene irá a estudiar a Oxford!

   -¡Tú y tus leyes. Tú y tus normas...!

Martina corrió hasta el cuarto de baño y cerró la puerta de un portazo...

Necesitaba desahogarse. No podía más... Desde hacía tiempo, había encontrado una manera para tranquilizarse. En realidad, no se veía gorda, pero ya se estaba convirtiendo en una sucia costumbre

Se sentó en el suelo, abrió la tapa del váter, se recogió el pelo... y se descargó. Se descargó de todo. Recurrió al mayor de sus secretos que nadie podría imaginar jamás...

Cuando se encontró vacía, vacía de problemas, se sentó más tranquila apoyada en la pared relajando la dolorida garganta mientras que contemplaba la mitad de la manzana que aún no se había comido y que pronto correría la misma suerte que su otra mitad.



Capítulo 8

Ella en realidad no se veía gorda, es más, se veía rozando la perfección... Cierto era también, para qué nos vamos a engañar, que era poco modesta. Por eso poca gente la aguantaba. En su antigua clase, todas las chicas le hacían el vacío y la ponían verde a sus espaldas. Sin embargo, los chicos estaban encantados con ella y la idolatraban a más no poder para intentar conseguir sus propios fines... Conseguirla a ella.

Pero ¿amigos? Ninguno. ¿Verdaderos amigos? Menos aún.

Hasta que conoció a Aitana... Ambas tendrían 16 años cuando llegaron nuevas al bachiller del instituto Carvalho di Roma, y a los pocos días, crearon una gran amistad. Era una chica con un carácter muy fuerte, por lo que le daba igual lo que pensaran los demás. Tenía cierto estilo para dejar por los suelos a las que intentaban atacarla a ella y a su amiga. Aunque sí que caía mejor.

Tenía un grupo de música con el que ensayaba cada jueves por la tarde... Ella no tocaba ningún instrumento, pero le encantaba cantar. Y lo hacía como los ángeles.

Iba de tía dura, pero en su antiguo instituto, era la solista del coro. Su voz era fina y aguda, al contrario que su carácter. Pero cuando cantaba... sentía que se volvía buena, sentía que también ella podía sentirse especial y que el mundo giraba a su alrededor cada vez que entonaba un par de notas.

Cuando tenía uno de esos días en los que no sientes nada, pero a la vez te pasa todo, se sentaba en el balancín de la puerta de su casa y componía canciones. Canciones que solo ella y Martina escuchaban.

Ahora la extrañaba tanto...

Se sentía sola, sin nadie que la entendiera, ni nadie que le secara las lágrimas que una tras otra empapaban su rostro.

 

En ese mismo instante, un muchacho apenado en el sofá de su casa extrañaba tanto a esa misma persona... La había llamado más de una docena de veces, pero en vano. Era demasiado orgullosa para cogerle el teléfono.

Extrañaba tanto sus risas, sus llantos... Extrañaba tanto sus enfados... Y aquella arruga que se le ponía entre ceja y ceja cuando discutían por cualquier tontería y que luego terminaban por arreglar con un sentido beso en la mejilla.

Siempre se reía de ella, y Aitana sonrojada, intentaba ocultarla para poco más tarde, volver a reír como niños pequeños y traviesos.

Extrañaba tanto sus tardes juntos...

Aquellas en las que él tocaba la guitarra y ella le acompañaba con esa maravillosa voz...Canciones. Miles de canciones que cada vez que escuchaba, le recordaban a ella.

Y ahora su mejor amiga le había dicho que le amaba, que le amaba a él. Que apenas se conocían y se habían visto dos veces, pero que le amaba.

Este mundo era de locos, ¿qué coño había hecho él? Sólo quería estar con Aitana... Pero desde que vio a Martina, no había dejado de comerse la cabeza por su culpa.

Si fuera una más, no habría quedado con ella después de haber roto la relación con la persona que más quería en este mundo.

Si fuera una más, ahora mismo no estaría pensando en ella...

¡Las mujeres son demasiado complicadas!

Aparece una extraña, y te pone la vida patas arriba. Rompe la relación con tu novia, su mejor amiga, te dice que te ama desde el primer momento en que te vio, y después sale corriendo. Pero entonces tú sales corriendo tras ella... No te atreves a decirle nada, pero la sigues. ¿Por qué? ¿Por qué es todo tan difícil?

 

Y también en ese mismo instante, una tercera persona en discordia, se columpiaba en el balancín de la puerta de su casa a las afueras de Roma.

Sus ojos gélidos se posaban atentamente en su teléfono móvil; 13 llamadas perdidas de Gonzalo, 9 mensajes, una lágrima por cada uno de ellos. No más. No se merecía nada más de ella.

Se levantó, se colocó los guantes de boxeo y golpeó furiosa el saco que colgaba inocente de una viga del techo...

Martina... su mejor amiga. Gonzalo... su novio. Juntos... Engañándola.

Y golpeó más fuertemente.

Besándose, ¿queriéndose?

La rabia se le escapó de las manos... Pateó el saco, gritó...

¿Y ella qué? ¿Era la única que no se merecía ser feliz en esta puta vida?

Al fin derramó el ansiado llanto. Cayó abatida al suelo, y ahí lloró, lloró y lloró todo lo que no había hecho en todos esos años. Golpeó con los puños el suelo y siguió llorando furiosa. Sufriendo. Sufriendo todas las patadas que le estaba dando el mundo.

Martina... Martina... Su amiga, que tanto la había engañado durante estos dos años.

Supuso que sí, que en realidad es como todo el mundo la pinta; una zorra. Una zorra que es capaz de destrozarla de esa manera. Una zorra que es capaz de hacerle daño como nadie lo había hecho.

¿Y dónde quedan tantos momentos juntas? ¿Dónde quedan tantas travesuras? ¿Dónde quedan tantas tardes de compras? ¿Dónde quedan tantas noches de conciertos y de discotecas? ¿Dónde quedan tantas maneras inteligentes de burlar a los profesores en los exámenes?

¿Dónde?

¿Dónde queda su amistad?

Preguntas... miles de preguntas sin respuesta que rondaban aquella noche estrellada por la cabeza de tres adolescentes que cada uno a su manera, se desahogaba de ellas.



Martina miró su reloj.

Era un swatch blanco, con una margarita en el centro. Se lo habían regalado sus padres en su 17 cumpleaños, y aunque solía ser muy despistada, aún lo conservaba.

Estuvo dos veces a punto de perderlo. Una en la playa, y la otra en la mesa camilla de la habitación de los padres de uno de sus ex.

Desde ese día, no se lo volvió a quitar.

Eran las diez de la noche, y los ojos se le cerraban. Así que bajó al salón donde Anne la esperaba.

   -¿Necesitas algo Martina?

   -No... solo venía a darle las buenas noches. ¿Quiere que la acompañe hasta su habitación?

   -Tranquila, todo está bien. Puedes descansar el tiempo que quieras. Mañana habremos de ir a comprar, pero mientras puedes vivir tu vida, como dice Lèo.

   -Si me permite la indiscreción, ¿quién es?

   -Es el nieto de una buena amiga mía, viene todos los días a verme. Ya le conocerás. Ahora puedes acostarte Martina, y levántate cuando veas necesario, no hay prisa.

   -Muchas gracias Anne, se lo agradezco. Hasta mañana.

   -Buenas noches querida.

Subió la escalera de caracol, se desvistió y se puso una de las camisetas blancas a modo de camisón.

Hizo la cama con las sábanas de uno de los estantes, y se metió en ella dándose cuenta de lo terriblemente agotada que estaba.



Capítulo 9

Primera mañana en Fiorilla.

Cuando despertó, había olvidado completamente donde estaba, y le costó hacerse la idea de que se encontraba a muchos kilómetros de su casa, de Roma, de su vida.

El sol se mostraba tímido por el ventanal y un par de pajarillos alegres, piaban en el limonero de enfrente de la casa.

Se levantó perezosa, hizo cuidadosamente la cama y se acercó a la cristalera.

Desde ahí se podía observar un parque repleto de niños que jugaban con un balón, una pareja de chicos de 15 años que montaban en monopatín, y unos ancianos que charlaban en la puerta de sus casas.

Martina se había levantado con energía... Tenía ganas de comenzar su nueva aventura en solitario.

Aparte de ayudar a Anne, debería buscar algún que otro trabajo que le aportara una pequeña cantidad económica a su estancia ahí para poder comprar algo de ropa y otro tipo de cosas necesarias.

Bostezó, se cambió, y se recogió el pelo con una pinza amarillenta en forma de mariposa.

Anne estaba en la cocina barriendo el suelo con una escoba algo desgastada.

   -¿Cómo has dormido, Martina?- dijo sin levantar la cabeza del suelo.

   -¡Buenos días! He podido descansar bastante, pero por favor, déjeme que haga yo eso- replicó.

   -Muchas gracias querida. ¿Te importaría decirme que hora es?

   -Las...- consultó su swatch- 8.20 de la mañana. ¿Ha desayunado?
   -Sí, y ahora me voy al parque con mis amigos – dijo con una gran sonrisa en la cara- da gusto sentir la brisa de las mañanas en un día veraniego, ¿no crees?
   -Claro- y sintió compasión por aquella anciana- ¿necesita que la acompañe?

   -Pero bueno, deja de hacer preguntas ya y ve a pasearte un poco. Cuando necesite algo, ten fe en que te avisaré. Por cierto, esto es para ti- dijo mientras se sacaba una llave del bolsillo de su chaqueta- para que puedas entrar y salir cuando quieras de la casa.

Martina quedó perpleja... Era la primera vez que vivía una situación como esa.

En Roma, ya era muy difícil ver a alguien dándole cobijo en su propia casa a un simple desconocido... Pero más sorprendente era que le diese una copia de sus llaves.

   -¿Está usted segura?

   -Claro que si. No tienes cara de querer saquearme mi humilde morada.

Y se marchó cuidadosamente hacia su habitación riéndose a carcajadas por el humor de su última frase.

   -¡Por cierto!- añadió- desayuna lo que quieras. Como si estuvieras en tu casa, querida. Comeremos sobre la 1, no llegues tarde.

Esa mujer era un tanto extraña... Pero sumamente encantadora y daba la sensación de que tuviese 30 años menos.

Martina sonrió para sus adentros y se dio cuenta de lo hambrienta que estaba...

La cocina era una sala acogedora. Todos los muebles y armarios de madera estilo rústico.

No había ni friegaplatos, ni frigorífico, ni microondas... Pero había detalles lujosos como los pomos de las puertas, de mármol blanco brillante.

Buscó la leche y unas galletas, y comió plácidamente.



Mientras, en una casa a muchos kilómetros de ahí...

   -¡Bianca, dime dónde está tu hermana!- gritó Yanet desesperada.

   -No lo sé mamá- sollozó la pequeña- solo me dijo que estaba en la costa y que pronto se instalaría en algún sitio. ¡No sé nada más!

   -¿Estás segura?

   -Sí... Pero la echo de menos.

La mujer de rostro severo, suavizó sus facciones y se puso a la altura de la pequeña para poder abrazarla.

   -Yo también, cariño. Pero no me coge el teléfono, no puedo ir a buscarla.

   -No quiere que vayáis. Me ha dicho que pronto regresará y volveremos a estar todos juntos.

Roberto, su padre, contemplaba la conmovedora escena desde el sillón del comedor. Sabía que mitad de la culpa de que su hija se hubiese marchado de casa, era suya. Por todas las discusiones que tenía con su mujer día tras día y que no habían intentado solucionar en ningún momento.

Aunque la niña tuviese ya 18 años, seguía siendo su niña. La que todavía se levantaba los fines de semana y se acostaba con ellos en la cama. La que se ponía calcetines para dormir. La que tenía una colección de muñecas de porcelana en la estantería de su habitación... Pero también la que había llegado varias veces borracha a casa. La que había estado con más de 10 chicos diferentes (que él supiera). La que llamaba faldas a lo que en realidad eran cinturones.

Pero... ¿Quién no había cometido esas locuras en su frenética adolescencia?

Sin ir más lejos... Él mismo, con 17 años, le había robado el coche a su padre para dar una vuelta a la chica que le gustaba. Ambos acabaron en el hospital, por confundir el freno con el acelerador.

Sí... Fue una época difícil.

   -Yanet- llamó en tono pacífico- debemos hablar.

Ésta soltó a su hija y le dijo que fuera a cuidar de Isabella.

   -¿Qué quieres?-le preguntó

   -Martina tiene razón. Esto no puede seguir así...



La chica ya se había aseado, y salía de casa de Anne con las llaves en la mano.

Dobló la esquina de la calle, cuando algo chocó con ella y se produjo un gran estruendo.

Un joven se encontraba frente a ella intentando recoger todos los libros que se le habían caído al suelo.

   -¡Mira por dónde andas!- le espetó.

   -¿Disculpa? ¡Has sido tú el que iba como un loco!

Martina se agachó también para ayudarle a recoger.

Era un chico alto, más o menos de su edad, de piel tostada, ojos verdes y pelo rubio algo revuelto.

Tenía también una pequeña cicatriz en el pómulo que la chica se quedó observando.

   -¿Qué miras?

   -A ti desde luego que no.

Como todos los chicos de la aldea fueran así de estúpidos, iba a relacionarse poco ese verano...

   -Pues entonces debes de ser bizca.

   -Y tú debes ser gilipollas.

Esa mañana se había levantado bastante animada, y ahora el tonto este se la estaba torciendo.

   -Menuda manera de integrarte en la aldea, novata... Yo de ti, me planteaba cambiar tu vocabulario, o mejor, tu comportamiento.

   -¿Tú que sabes si soy nueva o no?

   -Solo hay que verte la cara...

El chico ya había recogido todos sus libros y estaba plantado frente a ella con el pelo aún más revuelto que antes.

   -Cierto. Hay personas que tienen en la frente escrito lo que son. Como tú por ejemplo, tienes un cartel bien grande que dice '' Mi ego es...''

-  ¿Te importa que me vaya? Lo siento, no tengo tiempo de escuchar más tonterías- encima de no haberle dejado terminar la frase, se había dado la vuelta y se había ido así sin más.

Eso sí que la sacaba de quicio. Siempre había detestado que le cortaran cuando hablaba.

   -¡Vete a la mierda!- le gritó ya desde la distancia. Pero en vano, el chico mi siquiera pareció escuchar.

De las mejillas de la chica, brotaban destellos de rabia mientras que se ponía roja poco a poco.

Se dirigió a un banco y se sentó.

No iba a dejar que un niñato le amargara la mañana, así que se detuvo unos instantes para determinar sus planes.

Para empezar, iba a mandarle un sms a su hermana, para que transmitiera la información a sus progenitores y que estuvieran tranquilos. En realidad creía que les iba a dar igual, por lo que prefería no hablar con ellos directamente.

Le dijo que estaba viviendo en casa de una anciana encantadora, y que estaba bien anímicamente.

Se guardó el móvil (de nuevo en el bolsillo derecho, inconscientemente) y partió hacia el mercado que exponía sus víveres a lo largo del parque.

Compró un par de botellas de agua, media docena de manzanas, un paquete de chocolatinas y una pequeña bolsa con chicles de fresa, sus favoritos.

El sol pegaba con fuerza y su piel reclamaba cada vez más un poco de hidratación.

Así que decidió llevar las bolsas a su buhardilla, cambiarse de ropa e ir a darse un chapuzón.



Era uno de sus bikinis favoritos aunque fuese tan sencillo. La parte de abajo era rosa chicle, y la de arriba, algo provocativa, todo hay que decirlo, del mismo color y con una cereza roja en uno de los lados. Ni siquiera se había fijado en él al cogerlo, sino que lo sacó al azar de su cajón de bañadores.

Lo había metido casi inconscientemente en uno de los bolsillos de su mochila de viaje.

Martina estaba tumbada en la arena de la playa.

Cierto era, que se notaba que los habitantes de pueblos vecinos, venían a estas aguas a bañarse... Limpias, cristalinas, silenciosas... ¿Quién no iba a querer venir aquí?

En la aldea, por lo que le había contado Madda, solamente había un centenar de casas, que era la mitad de personas que había hoy ahí. Pero aún así, todo era tranquilo. Lo único que se salía de tono, era el ruido de los frecuentes choques del mar, con las rocas a la derecha de la playa.

Se quitó la camiseta, y se aproximó a la orilla donde una madre con su hijo pequeño jugaban con los manguitos.

Poco a poco fue sumergiendo los pies, más tarde los tobillos, las rodillas... ¡Estaba fría! Se mojó las manos, y fue echándose agua lentamente...

Pero entonces, una manada de embravecidos jovenzuelos, entró en el agua como si de un rebaño de ñues se tratara, salpicándose y llevándose todo lo que había por delante.

Martina acabó calada hasta los huesos, y comenzó a soltar palabras un tanto malsonantes a causa de la rabia. ¡Lo que le faltaba ya!



Capítulo 10

Entonces, dos de ellos se detuvieron al escuchar tal ristra de barbaridades y se quedaron observándola divertidos aunque a la vez maravillados por el atractivo de la chica.

Uno de ellos sonrió y se acercó a ella apresurado.

   -¡Ey, tranquila, tranquila! ¡Solo te has mojado!- y rió un poco más.

   -¿Mojado? ¡Me habéis empapado! ¡Detesto que me salpiquen!

   -Está bien, está bien. Disculpa- y le tendió la mano- me llamo Paolo.

Ésta se la tendió y le sonrió algo más calmada.

   -Martina.

Tenía el pelo oscuro por los hombros, ojos negros como el carbón, y un torso demasiado definido evidentemente a causa de proteínas.

Se conocía perfectamente los distintos moldeados de cuerpos, y ese estaba claro, no era de gimnasio.

   -¿Nos hemos visto alguna vez?
La típica frase de un tío que no tiene más salidas para intentar hablar con una chica.

   -La verdad es que no me suena tu cara para nada...

   -¿Eres de aquí?

   -No. Vivo en Roma, pero pasaré aquí unas semanas.

   -Así que turista... ¿Conoces los alrededores?

   -No, pero... ¿Acaso es esto un interrogatorio, Paolo?-preguntó sutilmente la muchacha al ver como iba de encaminado éste.

   -¡Para nada! Solo intento ser cortés... Así que es mi deber, como anfitrión, enseñarte ésto. No vivo en la aldea exactamente, sino en un chalet con mis padres a las afueras, pero creo que me conozco Fiorilla y sus secretos como la palma de mi mano. ¿Aceptarías una visita guiada?

Vaya... Si al final iba a resultar que había chicos agradables y simpáticos.

   -¡Claro!-aceptó sin más preámbulos- ¿cuándo te vendría bien?

   -¿Paso a buscarte esta tarde a las seis?

   -Te esperaré en el parque.

   -¡¡ Ey Paolo !! -gritó en la distancia una de las chicas que integraba el grupo de jóvenes ñúes - ¡¿vienes, o no?!

   -¡¡Un momento Teressa, ya voy!!

   -Tus amigos te reclaman.

   -Eso parece... Entonces, ¿nos vemos esta tarde a las seis?

   -Claro.

Paolo besó la mejilla húmeda de la chica y se marchó atiborrado de satisfacción al haber conseguido su objetivo.

Martina se capuzó con una leve sonrisa traviesa en la cara, quizás no le viniese mal un poco de diversión...

Salió del agua, recogió sus cosas y volvió a casa de Anne rauda como el viento. Ahora que lo pensaba, no tenía nada que ponerse para su cita, así que de camino, paró en una tienda de ropa donde compró un top algo escotado, blanco con florecitas naranjas y amarillas, para ponerse con los vaqueros.

El chico apenas le gustaba. Parecía un muñeco michelín, pero por lo menos la mantendría ocupada.


La casa seguía vacía, así que pensó en darle una sorpresa a la anciana, y esperarla con la comida hecha. Hace un par de años, su madre la apuntó a un curso de cocina donde aprendió a hornear pescado, hacer verdura caramelizada, raviolis y platos de risotti, o cumúnmente llamado arroz.

Llegó el momento de poner en práctica, cursos tan inútiles como aquel.

Buscó todos los ingredientes necesarios, y preparó en escasos 45 minutos una olla de ''risotto alla milanesa''.

Subió a la buhardilla y se probó su top nuevo.

Le sentaba bien. No era nada espectacular, pero lo suficiente para llamar la atención de Paolo.

Aunque, ¿era aquello lo que verdaderamente quería?



Martina se encontraba acostada en su cama viendo un álbum de fotos, dos días después del altercado en el BigBombón...El álbum de fotos con la tapa lila y rosa, en la que Aitana y ella colocaban sus fotos más divertidas y extravagantes.

El volumen de la música estaba excesivamente fuerte, pero eso la tranquilizaba. Le hacía pensar que estaba aislada del mundo en el suyo propio.

La echaba de menos, y había estado a punto de llamarla un par de veces para arreglarlo todo. Le costaba mucho tragarse su orgullo, pero ahora, éste le importaba poco...

Cogió el móvil de nuevo. Pero esta vez estaba decidida. Empezó a marcar su número, cuando entonces, recibió una llamada entrante.

   -¿Sí?-preguntó fastidiada por la interrupción.

   -Hola Martina, soy Gonzalo. ¿Podemos hablar?

A la chica le dio un vuelco el corazón. Se levantó de la cama de un salto, y apagó el reproductor de música, mientras que se colocaba el pelo en su sitio y se quitaba la bata de estar por casa, como si Gonzalo estuviese ahí mismo en vez de al otro lado de la línea.

   -Ho-hola- tartamudeó- ¿Qué quieres?

   -Siento llamarte tan tarde, pero no podía dormir... ¿Estabas despierta?

   -Sí, tranquilo... Tan solo son las doce.

   -Ya bueno, eh...- suspiró- Martina, tenemos que hablar, ¿crees que es correcto dejar un vacío entre nosotros como si nada de ésto hubiera pasado? No somos niños pequeños, tenemos que afrontar las cosas tal y como son... Tú saliste corriendo dejando atrás la realidad, y yo me he estado escondiendo de ella en juegos de la xbox... ¡Tenemos 18 años joder! ¿Qué ha pasado para que lleguemos a este extremo tan surrealista?

   -Gonzalo...

   -No, espera... Déjame acabar. Quizás lo que dijiste en la cafetería fuese algo exagerado, es imposible que te enamores de mí de la noche a la mañana, así sin más, sin conocernos... Puede ser que te haya hecho sentir algo- hizo una pausa- al igual que tú me has hecho sentirlo a mí.

Martina enmudeció.

   -No sé que me está pasando... Yo soy un chico tímido, nunca me habría atrevido a hacer lo que estoy haciendo. Pero mírame. Aquí estoy pasando vergüenza como un niño de doce años, sonrojándome al decir lo que siento. Martina, no sé que me has hecho. Pero has dejado una huella en mí que he intentado borrar durante este par de días, en vano. Porque he pensado demasiado en Aitana, pero también lo he hecho en ti...

Silencio.

Un, esta vez cómodo, silencio.

   -¿No vas a decir nada?-preguntó Gonzalo.



Capítulo 11

   -¿Puedes venir?

   -¿Ahora? ¿A tu casa?

   -Sí... Daremos un paseo y hablaremos más calmados. ¿Qué te parece?

Gonzalo dudó, pero ya se había lanzado a la piscina y no podía echarse atrás.

   -Pues... En 15 minutos estaré ahí.

Colgaron a la vez el teléfono, y Martina se sentó en el borde de la cama... Dudosa, perpleja, confusa.

Ella dio por infalible el plan para hacer huella en él, pero desde la incómoda situación del BigBombón, no estaba segura de nada.

Abrió el armario, sacó unos pantalones blancos de pitillo, una camiseta verde hierba palabra de honor, y se recogió la larga melena rubia ceniza en una coleta de caballo.

No quería parecer que se había arreglado para Gonzalo ni nada por el estilo, sino que había cogido lo primero que pilló de entre su ropa, pues no debía mostrar lo prendada que estaba de él.

Se volvió a sentar en la cama, suspiró... Y entonces, recordó el preciso instante en el que le hizo aquella inesperada declaración y junto a ella, la cara con la que le miró el chico después.

¿De qué manera iba a bajar ahora y a hablar con él como si no hubiese pasado nada?

Le entró el pánico, el miedo, el temor... La ansiedad.

Debía tranquilizarse, si no quería mandar de nuevo las cosas al traste.

Abrió sigilosamente su puerta, con cuidado de que no chirriara y despertase a sus padres y avanzó de puntillas hasta el cuarto de baño, donde se encerró y repitió lo que en esas fechas, ya llegaba a ser monótono.

Se arrodilló ante el váter, echó la cena y con ella, los nervios.

Minutos después se lavó los dientes, enjuagó las manos, una de ellas con los nudillos colorados, y limpió la cara, por la que en cuyos ojos corrían lágrimas de esfuerzo. Respiró honda y profundamente y ahora sí. Ahora si que estaba preparada para enfrentarse de nuevo a él.

Regresó a su habitación para ponerse un poco de brillo de labios (el cual guardó en el bolsillo derecho junto a un chicle y un preservativo como siempre) y salió por el balcón como tantas veces.

El Ford Focus negro ya la esperaba en la puerta de casa.

Entonces, un Gonzalo temeroso, bajó de él con ese semblante suyo que tanto le gustaba a Martina.

Vaqueros, y una cazadora de cuero negra. Le encantaba que sus chicos vistieran bien.

Ninguno de los anteriores novios con los que había estado, había combinado jamás una camisa de rayas con una corbata de flores, o unos pantalones de cuadros con una camiseta de lunares.

Ambos se acercaron llenos de dudas, que se fusionaron al saludarse con un par de besos en la mejilla.

Ninguno quería hablar primero, los dos preferían que el otro rompiese el hielo.

Fue Gonzalo el que intentó tomar las riendas de la conversación.

   -Hace buena noche hoy, ¿verdad?

Mierda.¿Otra vez el tiempo? ¿La había llamado y después había venido a verla expresamente para hablarle del tiempo?

Pero Martina pareció devolverle el favor con un:

   -La verdad es que si.

Ambos sonrieron en la oscuridad reviviendo aquel momento en el coche.

Caminaron hasta un banco del jardín y se sentaron uno al lado del otro pero dirigiendo su mirada hacia el frente, evitando a toda cosa que se cruzaran.

La noche era cálida, pero nada bochornosa. Las estrellas no se veían a simple vista a causa de la luz y de la contaminación de la ciudad, pero la luna los saludaba llena y blanca desde el oscuro firmamento.

   -¿Estás enfadado?- le preguntó de repente Martina.

   -¿Qué? ¡Claro que no! ¿Por qué iba a estarlo? ¿Acaso es algo malo lo que pasó en la cafetería?- dijo el chico mientras pensaba en la confesión que le había hecho.

   -Me refiero a Aitana- aclaró sorprendida.

Joder. ¡Se le había olvidado completamente que había sido ella la causante de la ruptura con la chica más maravillosa del mundo!

Gonzalo palideció en silencio...

   -Eh, creo que si estuviese enfadado, no estaría hablando contigo. Pero por favor, no quiero hablar de ella. Hablemos de nosotros.

Se fue creciendo ante las indirectas respuestas del chico. Poco a poco sentía que ganaba terreno, y que la Martina de siempre, volvía por momentos. La Martina inteligente y con un muro ante los sentimientos. Éstos ya le habían jugado una mala pasada, pero no se iba a volver a repetir. No iba a dejar que éstos se apoderaran de sus palabras ni una vez más. Volvía a ser la Martina dura y sibilina con una barrera inquebrantable.

   -Te pido disculpas una vez más. Y ahora sí, hablemos sobre nosotros.. ¿Por qué decidiste llamarme?

   -Es algo complicado... La primera impresión que me diste fue muy indecente. Pensé que eras solamente una de esas chicas que desgraciadamente abundan tanto en la sociedad hoy en día, las cuales viven por y para calentar a un tío, sin pensar en las consecuencias... Pero cuando decidí darte una segunda oportunidad y fuimos al BigBombón comprobé que eras una chica normal, que no tienes miedo a mostrar tus sentimientos y que eras más que una minifalda y un escote provocativo.

No sabía como lo hacía, pero éste chico siempre la dejaba atónita, sin palabras, con su táctica hecha trozos y dándole la vuelta a todo.

   -Eh... Sí, así soy yo-mintió descaradamente- me gusta mostrarme como soy, hacer saber lo que siento en cada momento y no temo a mis sentimientos como muchas otras personas. Puede ser que a veces de la impresión equivocada, admito que me gusta mucho arreglarme y que me gusta sentirme muy femenina... Y cuando eso lo junto con la bebida, como lo que pasó en la fiesta, se forma una bomba explosiva que oculta como soy y enseña la peor parte de mi. Siento que hayas tenido que verla.

   -No te preocupes- dijo un poco más suelto Gonzalo- todos tenemos una parte oscura que se esconde y sale en el momento menos apropiado.

Y se giró para observarla.

De veras era muy guapa. Se notaba que iba sin maquillar a diferencia de las otras veces, pero aún así, su cara era preciosa.

Ella también le estaba mirando, y cuando sus miradas se encontraron inocentes, el chico se ruborizó mientras que Martina fingía una timidez poco propia de ella al desviar la suya.

Silencio.

   -¿Para qué has venido, Gonzalo?

Se arriesgó demasiado al preguntar eso, pero llevaba toda la noche con la misma curiosidad en la cabeza. Creía intuir la respuesta, pero aún así, debía estar segura.

Éste volvió a encontrarse irresoluto, lo que hizo notar a Martina que era un chico muy cohibido e inseguro.

   -La verdad es que no lo sé. No sé por qué motivo estoy aquí, ni sé tampoco qué quiero hacer. Aitana era lo mejor que me ha pasado en la vida, era la alegría que me hacía despertar cada mañana, la única capaz de sacarme una sonrisa mientras lloraba... Ppero has llegado tú y me la has puesto todo patas arriba. No sé si te quiero, si te detesto, si quiero olvidar, si no. No sé absolutamente nada... ¿Y tú?

Martina de nuevo, se había quedado de piedra... Piel de gallina, un escalofrío y un muro en su interior esquebrajado otra vez.

   -Gonzalo... Yo si tengo claro por qué estoy aquí. Simplemente, porque te quiero y necesito que te aclares de una vez por todas. Si pudiera hacer algo para ayudarte, créeme que lo haría...

Martina acarició el suave y cálido rostro del chico mientras que él asentía con la mirada. Ambos se acercaron lentamente, se miraron tímidamente a los ojos, y bajo la atenta mirada de la noble luna, se besaron dulcemente como si nada de lo anterior hubiera pasado. Como si ese fuera su primer beso y como si una fuerza invulnerable los quisiera ligar para toda la vida.

Gonzalo pasó su brazo alrededor de la fina cintura de la chica a la vez que ésta acariciaba el pelo de él.

Y sus sospechas se confirmaron... Era una niña dulce, cariñosa y sentimental que no parecía dar señales de su parte oscura. Sonrió mientras la besaba y mientras sentía que ese era el principio de una nueva relación.

Capítulo 12

Anne regresó de la calle al poco tiempo, y comieron juntas un sabroso plato de risotto.

   -¿Va a hacer algo esta tarde?- le preguntó Martina.

   -¿Ya tienes planes, muchacha?

Ésta se sonrojó por la audaz respuesta de la anciana y decidió no mentir.

   -He conocido a un niño, y se ha ofrecido a hacerme una visita guiada por la aldea. Pero no se preocupe, que puedo dejarlo para otro día.

   -¿Cómo se llama?- dijo interesada mientras que cargaba el arroz con la cuchara con una práctica increíble.

   -Paolo... Me explicó que vivía en un chalet a las afueras de la aldea, pero no sé nada más de él.

   -Paolo Donatello es un chico especial. Ten cuidado con él, querida.

   -¿Qué quiere decir con eso?

   -Es conocido por sus distinguidas fiestas nocturnas que realiza en verano... Suelen ser un tanto indiscretas. Pero tú ya eres mayorcita, sabrás arreglártelas.

   -Si usted considera que no debería acudir esta tarde, no lo haré, sinceramente no quiero problemas.

   -¡No seas niña! A todos nos gusta divertirnos a esa edad... Y tú eres prudente, estate tranquila.

   -No se preocupe, lo seré. ¿Le ha gustado la comida?

   -Me recuerda al arroz que me preparaba mi madre cuando era pequeña, tenían un sabor a alguna especia, que nunca descubrí cual es.

   -Le he añadido una pizca de albahaca, puede que sea eso.

   -Quizás- dijo mientras se levantaba cuidadosamente y buscaba su plato para depositarlo en el fregadero.

   -Déjemelo a mi, acabaré de recoger todo.

   -Te lo agradezco, cada vez voy perdiendo mas facultades.

   -¡No diga eso! Está usted en un estado estupendo.

   -Bueno, bueno, cesa los cumplidos y vete a arreglarte para la cita con Paolo, esta tarde vendrá Lèo a visitarme y estaré entretenida. Vuelve cuando quieras.

   -¡Muchas gracias Anne! Termino de ordenar la cocina y subiré a ducharme.

   -Estaré en mi dormitorio. ¡Que te diviertas querida!

Acompañada por su bastón, abandonó la estancia silenciosamente dejando tras ella un maravilloso aroma a sabiduría.

Martina terminó de recoger la mesa y fregar los platos, y subió a la buhardilla a arreglarse.

En el cuarto de baño había además del champú y del gel, crema corporal, colonia de agua de rosas, e incluso aceites y sales para la ducha.

Estuvo un extenso rato dentro con la simple finalidad de estar radiante.

Arrancó una de las flores blancas de la enredadera y se la colocó como adorno en el pelo.

Como siempre... preciosa.

Más tarde, cogió las gafas de sol, sus llaves y el monedero, dispuesta a encontrarse con Paolo en el parque para comenzar su atrevimiento.

Cerró la puerta de la buhardilla, y comenzó a bajar los peldaños de las escaleras de dos en dos a la velocidad del rayo... Pero con la mala suerte, de en uno de los últimos escalones, colocar su pie en el vacío en vez de en la madera. Antes de caerse al suelo un brazo la agarró por la muñeca e impidió que se golpeará la cabeza.

   -¿Aún no eres capaz de caminar sin caerte o tropezarte?

Martina se incorporó torpemente y comprobó que el tostado brazo que la había sujetado era propiedad del chico rubio de aquella cicatriz con el que se había topado esa mañana.

   -¡Tú!- le gritó mientras se colocaba el pelo en su sitio.

   -¡Yo!- y le sonrió.

   -¿Se puede saber qué haces aquí?

Entonces irrumpió Anne en la habitación acompañada simplemente por el ruido sordo del bastón.

   -Veo que ya os conocéis- dijo la anciana

   -¡Anne le prometo que no sé como ha entrado! Solamente hemos cruzados dos palabras...

   -2 insultos- interrumpió él.

   -¡Déjame acabar! Le aseguro que no le conozco, yo no lo he invitado.

   -Tranquila, sé que no lo has invitado tú. Querida, éste es Lèo.

   -¿Tú eres el famoso Lèo?- no pudo evitar mostrar las chispas de rabia que brotaban en sus ojos.

   -¿Decepcionada?

   -Para nada.

Ambos se miraron a los ojos desafiantes. Los suyos eran de un verde intenso que mostraban un respeto al que Martina no fue capaz de soportar.

   -Me voy-anunció.

   -Querida, dile a Paolo que te acompañe hasta casa si vuelves muy tarde.

   -¿Paolo?-volvió a interrumpir el chico - ¿sales con Paolo Donatello?

   -¿Algún problema?

   -¿Estás loca? ¿Acabas de llegar y ya has quedado con ese imbécil?

   -¿Pero quién te crees que eres para decirme a mí con quien debo salir o no? ¡El único imbécil aquí eres tú!

-¡Está bien, muchachos! Creo recordar que no tenéis siete años. Lèo, Martina saldrá con quien ella considere oportuno.

Ésta sonrió triunfadora.

   -¡Anne!- contestó enfadado.

   -Sin rechistar. Querida, apresúrate o llegarás tarde.

   -¡Muchas gracias! Se aproximó a ella y besó su mejilla para después salir corriendo por la puerta.

-Sabes tan bien como yo que ese chico no le conviene en absoluto. Está bajo tu responsabilidad y la va a meter en problemas.

   -Lèo, ya es mayorcita, tiene que aprender a errar y a rectificar después de ello... Solamente hace falta escuchar su tono de voz para comprobar que no sabe ni lo que quiere, ni lo que necesita, ni lo que detesta... Y debe darse cuenta por si misma. ¿Te apetece un poco de té?

Capítulo 13

Entretanto, Martina cruzaba la calle para llegar al parque.
Ese chico la ponía histérica. ¿Quién se pensaba que era? Primero le insultaba, se reía de ella, la ignoraba y después le decía con quién debía salir. ¡Esto era el colmo!
Se puso las gafas de sol para ocultar sus ojos coléricos, y se aproximó a uno de los bancos de madera que adornaban cucos aquel espacio.

Se respiraba un ambiente de tarde veraniega, el sol lucía sobre sus cabezas y Martina creía estar en un videoclip. Tarareaba una canción española ''al menos ahora, hablamos a solas, al menos ahora nos miramos sin volver la cara, las dudas, los hechos explotan contra el pecho...'' no recordaba de quien era, pero le gustaba. Todo lo que le rodeaba parecía ficticio, lo dicho anteriormente, un videoclip. Las personas caminaban felices a su lado, ninguna se detenía a mirarla... Era como si no existiera, como si no estuviera ahí. La luz le bañaba la cara, y quizás ella era lo que más brillaba en el parque en ese momento, pero todos parecían ignorarla. Todos, menos un coche a su espalda que nada más verla le pitó.

   -Rubia, ¿subes?

Ésta se levantó del banco y se giró hacia donde provenía aquella brusca y familiar voz. El Michelín la esperaba con una camiseta blanca muy ceñida a su artificial cuerpo dentro de un flameante descapotable ferrari rojo.

Se acercó a él lo más rápido posible, lo saludó con un beso en la mejilla y de un salto entró en el asiento del copiloto.

   -¿Esto es parte de la ruta?- le preguntó.

Él le sonrió mostrando unos dientes blanqueados.

   -Voy a llevarte a un sitio un poco alejado de aquí. Mejor si vamos en Luci.

   -¿Disculpa?

   -¡Cierto, cierto! Aún no os he presentado. Martina, ésta es Luci, mi preciosidad.

La chica seguía sin entender.. ¿Hablaba con una amiga invisible?

-Paolo, no comprendo..

   -Luci es mi reluciente cochecito- mencionó acariciando el volante.

   -¿Le has puesto nombre al coche?- preguntó la chica a punto de soltar la carcajada.

Quiso decirle que era lo más patético que había oído nunca, pero prefirió guardárselo para sí misma por miedo a que también hubiese apodado sus músculos y lo ofendiera más de la cuenta.

   -Ella lo vale, ¿no?- entonces la miró y le guiñó un ojo.

Giró la llave, y el motor de Luci rugió ferozmente arrancando y dejando atrás el parque.

   -¿Preparada para la mejor aventura de tu vida?

   -Eso espero... Paolo, ¿cuántos años tienes?

   -En un par de semanas cumpliré los 21. Todos los veranos celebro mi cumpleaños en casa, ya sabes, fiesta a lo grande. Chicos, chicas, alcohol, piscina, música a tope... Todos los jóvenes de Fiorilla y de los pueblos de su alrededor matan por conseguir que los invite. A veces es complicado

cumplir con el papel del tío más popular. Por cierto, da por hecho que estás invitada. Te presentaré a mis colegas y conocerás a la gente guay de la zona. ¿Tú cuántos tacos tienes?

   -18... - contestó dubitativa por miedo a que Paolo la encontrara demasiado pequeña.

   -Bueno, bueno, si eres toda una yoghurina. No te preocupes, estarás como en casa.

Y su mano se posó en la pierna desnuda de la chica, acariciándola.

La verdad era que no se encontraba del todo cómoda... Ya había salido con chicos mayores, ricos y prepotentes como éste, pero le asustaban las palabras de Lèo y Anne. ¿De veras era un chico problemático? Simplemente tenía un cerebro menos desarrollado que los demás... No creía que fuese para nada peligroso.

   -¿Vas a decirme ya a dónde me llevas?

   -Si insistes... - y se apoyó en un silencio para hacerse el interesante- Como Fiorilla es muy pequeña y nada seductora, pensé que te gustaría conocer mis tierras.

Martina puso los brazos en jarras decepcionada, pero sonrió, debía aparentar ser más mayor si quería entrar en su círculo de amigos.

   -¿Puedo poner música?- preguntó

   -¡Claro, hay un disco duro con más de mil canciones! Elige la que quieras, preciosa.

Mientras Paolo le relataba la historia de todas y cada una de sus propiedades, fue escuchando el principio de varias melodías, hasta que encontró una que le era muy familiar.. La había escuchado una vez en el centro comercial que frecuentaba cada mes y había tardado 3 días en descubrir su nombre. Se la había descargado y la estuvo escuchando cada noche antes de irse a dormir desde que empezó a salir con Gonzalo. Tampoco recordaba su nombre, pero el estribillo decía: ''Sólo quería decirte lo siento si he exagerado. Gracias por la paciencia que no he merecido. Sólo quería decirte que estoy emocionado se me hace raro estar enamorado. Quería agradecerte por todo este cariño siempre has sido grande y nunca te lo he dicho. Sé que puede parecerte extraño pero es cierto, te quiero y no es una coincidencia. Sólo quería decirte que con el tiempo que ha pasado, es difícil a veces pero conteniendo el aliento resistiré mis golpes y mis estupideces, no obstante en todos los riesgos, siempre me has apoyado''

Paolo iba señalándole trozos de campo de su pertenencia.... Le hablaba, hablaba, hablaba, pero en realidad no le decía nada. Nada de lo que ella quería escuchar.

A Martina se le escapó una lágrima... una lágrima que el viento dejó atrás. Quiso no darse cuenta de que ella no quería nada con el Michelín, que ahora solo tenía en mente al único chico que la había hecho tan feliz durante poco más de un mes.

A lo lejos escuchaba la voz de Paolo, pero ella estaba absorta en la letra y en la melodía...

Cerró los ojos durante unos segundos, degustó el amargo sabor del recuerdo y repentinamente cambió de canción. Puso otra más movida y dejó sus sentimientos atrás.

   -¿Me estás escuchando Martina?

   -Claro, dime.

   -Lo que te estaba contando... Mi abuelo me dejó en herencia esas doce hectáreas, y mis padres levantaron el chalet, que prácticamente es mío. Esas de ahí son nuestras minas... ahora ya están explotadas, pero han pertenecido a la familia desde hace siglos. Si te parece, voy a parar el coche para que puedas examinarlas mejor.

Detuvo el motor del coche, se peinó un poco la melena y suspiró.

   -Son casi tan bonitas como tú- piropeó a la chica que miraba hacia delante.

   -Eres un cielo Paolo Donatello...- dijo sin cambiar el rumbo de su mirada

Éste se acercó un poco más a ella y le colocó un mechón de pelo tras la oreja.

   -¿Te han dicho alguna vez que tienes unos labios preciosos?

   -No, la verdad es que no- mintió, pero es la respuesta que esperan todos los chicos ante tal estúpida pregunta- eres el primero que me lo dice.

   -Que ciega está la gente- se aproximó a ella que seguía sin mirarle, detuvo su mirada en el escote (una vez más) y le susurró al oído- no sabe el mundo lo que se pierde.

Y empezó a besarle el cuello, una, dos, tres veces... Ella sonreía sin inmutarse. Sabía lo que Paolo ansiaba, pero desgraciadamente, aunque llevase su bolsillo derecho cargado, hoy no lo iba a conseguir.

   -Paolo espera- interrumpió Martina.

   -¿Qué pasa?

   -Le he dicho a Anne que volvería a casa pronto para hacerle la cena.

   -¿No puede esperar 10 minutos más?- intentó besarla, pero ella lo apartó.

   -Quedemos otro día más tranquilos.. En otro sitio. ¿Qué te parece mañana?

Paolo se separó y volvió a suspirar.

   -Te dije que al amanecer partiría a Roma. Volveré un par de días antes de mi cumpleaños.

-Bueno... pues más ganas tendrás de verme- entonces fue ella la que se aproximó a él y rozó tímidamente pero de forma segura sus labios.

   -¿Sabes que ésto no se le puede hacer a un tío, verdad?- preguntó totalmente domado por la chica.

   -Me gusta romper las normas- le guiñó un ojo y volvió a su asiento- llévame a casa anda.

Éste respiró profundamente, arrancó a Luci y puso la música a todo volumen mientras derrapaba para dar la vuelta.

Capítulo 14

No salió como había planeado, pero por lo menos anduvo entretenida.

Intercambiaron teléfonos, y Paollo la acompañó hasta la puerta de casa.

   -Me lo he pasado muy bien... Gracias.

   -Gracias a ti preciosa.

Ambos se encontraban bajo el marco de la puerta y el mágico encanto del atardecer.

   -¿Volveremos a vernos, no Paolo?

   -¿Lo dudas? Te llamaré y te avisaré para la fiesta... Va a ser el día más increíble de tu vida pequeña- sonrió.

   -No me llames pequeña.

   -Aún lo eres.

   -No lo soy.

Ambos se miraron a los ojos desafiantes. Martina detestaba que le dijeran pequeña...

El chico esbozó una amplia sonrisa y se aproximó a ella.

   -¿Ni un poco?

   -Ya lo comprobarás...

Repentinamente la puerta se abrió y apareció tras ella Lèo con una mirada enfurecida.

   -Martina- habló pausadamente- entra en casa. Anne te está esperando.

   -¡Mira a quien tenemos aquí!- exclamó Paolo con un deje de jolgorio en la voz- El gran Léo López. ¡Hacía semanas que no nos veíamos!

   -Donatello, pasa de mí. Vamos Martina entra.

Ésta, odiaba que le ordenaran, y más alguien al que apenas conocía. Pero cohibida por la situación y por su tono irritado, decidió obedecer.

   -Ya nos veremos Paolo- y besó su mejilla.

   -Cuídate pequeña. Por cierto López... ¿Le darás recuerdos de mi parte a Marie?

Éste se giró automáticamente cuando ya casi había cerrado la puerta y se abalanzó contra él.
Le agarró por el cuello de la camiseta y lo puso contra la pared.

   -¡Vete a la mierda gilipollas!- gritó con los ojos a punto de salir de sus órbitas

   -¿Qué pasa? ¿Vas a pegarme de nuevo?- provocó Paolo con una sonrisa fanfarrona.

Léo apretó más fuerte aún... Sabía que la última vez que se habían enfrentado, había salido muy mal parado. Era imposible golpear a una bola de músculo como aquella... Pero en ese momento, sólo tenía ganas de partirle la cara aunque tuviese que poner toda su fuerza y empeño en ello.

   -¡¿Se puede saber qué pasa aquí?!-Martina intervino en la acalorada discusión intentando separarlos- ¡ya basta Léo, suéltale!

Éste no cedió a la primera, pero tras dirigirle la última mirada fulminante, lo soltó y entró en la casa.

Martina le siguió y cerró la puerta de golpe olvidando a Paolo y la brisa de tensión que los abrazaba en el exterior.

   -¿Qué ha sido eso?-le preguntó a Lèo.

   -Métete en tus asuntos.

   -Disculpa, pero has sido tú el que nos ha interrumpido obligándome a entrar y el que me advirtió que no saliera con él.

El chico entró en el salón y se sentó en uno de los sillones perseguido por Martina.

Sus ojos destellaban odio, rabia y un frío matiz ¿quizás de aflicción? Sí, podía ser. Centró su atención en uno jarrón de flores que reposaba en la mesa y la chica se acercó a él.

   -¿Qué te parece si empezamos de cero?

Aunque seguía indignada por sus intrusiones con Paolo, quería averiguar qué era ese fulgor de tristeza que rociaba su halo.

Impotente, recibió una omisión a su pregunta.

   -¿Dónde está Anne?- insistió probando suerte con otro tema.

Léo se incorporó y sacó de la vasija una margarita un tanto seca.

   -Con mi abuela paseando- contestó.

   -Y ¿qué hay de la otra pregunta?

   -Dime el motivo por el cual quieres que te conteste, y te contestaré.

¡Odiaba ese tipo de respuestas! Eran las típicas que haría un borde, vacilón y prepotente inteligente.

Paolo también lo era excepto en el aspecto de la inteligencia... Martina palpaba el abismo que había entre sus personalidades. Aunque ambos se sentían superiores, Lèo era perspicaz y sibilino, al contrario que Paolo, el cual exhibía su simpleza y su necedad al igual que sus músculos... Sin embargo, con éste último se podía hablar, una podía reir y mantener una conversación lejos de los límites de la empatía... Definitivamente odiaba al misterioso chico de la cicatriz

   -Anda y que te den.

Salió de la estancia bajo la inexistente observación del que aún seguía contemplando las margaritas.

Subió las escaleras de caracol, y cerró de golpe la puerta de su habitación.

Quizás no hubiese sido tan buena idea escaparse de casa... Quizás debería estar junto a sus hermanas... Quizás debería haberse tragado una vez más las discusiones diarias e insoportables de sus padres... Quizás en este precioso instante tendría que haber estado en su habitación hundiendo sus penas en un gran bol de helado de chocolate con la música a toda pastilla. Quizás.. o quizás no...

La puerta volvió a abrirse, y junto a ella, Lèo... Con una disculpa bajo el brazo.

   -¿Puedo pasar?

   -Ya estás dentro- quiso demostrar que también ella se defendía en el campo de la ironía.

   -Cierto.

   -¿Qué quieres?

   -También yo creo que no hemos empezado con buen pie... ¿Qué te parece si dejamos todo atrás, vuelvo a entrar por esta puerta y hacemos como si no hubiera pasado nada?

   -Dime el motivo por el cual quieres que hagamos como si no hubiera pasado nada, y yo haré como si no hubiera pasado nada- zas.

Lèo puso los ojos en blanco, pero accedió a la petición de la chica.

   -De acuerdo.. Me he comportado como un estúpido, y lo siento. ¿Te vale?

Capítulo 15

   -Me vale- no quiso hacerse más de rogar- siéntate si quieres.

Volvió a cruzar el umbral de la puerta, y se sentó en la silla del escritorio contemplando la foto de Martina.

   -¿Quién son?

   -Isabella y Bianca, mis hermanas pequeñas.

   -Son muy bonitas.

   -Sí, lo son...

Una conversación un tanto incómoda quizás...

   -¿Cuánto tiempo pretendes quedarte?- le preguntó el chico.
   -¿Te molesto?

   -Vamos, Martina, entierra el hacha de guerra de una vez, te he pedido disculpas ya.

Obvió ese último comentario y le dio un último vistazo a la foto.

   -La verdad es que no he venido por un plazo fijo... Puede que me quede un mes, dos, quizás un año, para toda la vida, la verdad es que no lo sé- contestó con un profundo tono de añoranza futura.

-En otras palabras, huyes de la realidad.

   -¿Perdona?

   -Sí... irte lejos de tu familia, de tus amigos, de tu rutina, de tu vida... Y de todos los problemas que ella conlleva.

   -¿Cómo lo sabes?- preguntó confusa.

   -He tenido esa sensación miles de veces- sonrió- pero no tengo la suficiente valentía para dejar todo atrás, aparte de que pienso que hacer eso es de cobardes.

   -No llamarías cobardía a querer abandonar todo lo que he estado aguantando estas semanas.

   -Puede, pero como no sé lo por lo que has tenido que pasar, lo llamo así.

   -Si es lo que piensas... ¿Cuánto tiempo llevas viviendo aquí?

   -Toda la vida. Todos mis recuerdos de la infancia son entre estas calles, bajo el sol y bajo las atentas miradas del atardecer.

   -Es preciosa.

   -Sí, yo aún no acabo a acostumbrarme a ella... Cada mañana me levanto pensando en qué me tendrá preparada la aldea, nuevos problemas esperando a ser solucionados, nuevas personas por ser vistas cada cual más extravagante y diferente, nuevas formas de nubes para ser descubiertas y muchas más cosas.

   -¿Eres consciente de que estás recitando una serie de cursiladas tremendas?- y rió.

   -Puede- soltó una carcajada y miró a los ojos a la chica.

Ésta no pudo evitar fijarse una vez más en la cicatriz de su pómulo, para más tarde, cruzarse con su mirada tímidante.

   -Bueno, ¿piensas contarme que ha pasado entre tú y Paolo?

   -Viene de hace tiempo ya.. Tuvimos un encontronazo, pero nada más

   -No lo parecía ahí fuera, tus ojos no mostraban una simple indiferencia.

   -Sí lo hacían.

   -¿Y quién es Marie?- preguntó de sopetón.

Lèo se levantó y se dirigió al ventanal molesto por la pregunta.

   -¿Es meterme donde no me llaman, verdad?- insistió la chica.

   -Tranquila- contestó -Marie es mi novia.

   -Ah...

   -La verdad es que me jode mucho contar ésto, pero al ser tú una perfecta desconocida, podré hacer una excepción.

Martina intentó poner cara de ofendida y se acercó a él.

   -No me lo cuentes si no quieres.

   -Fue hace unas semanas... Marie es de Goldem, un pueblo del interior... Vino a pasar el fin de semana a casa de su tía con unas amigas. La primera noche, salieron de fiesta para celebrar que habían acabado el instituto.. Yo debía quedarme en casa para cuidar a mi madre, que tenía un resfriado de caballo la pobre, me cabreé muchísimo, porque además, Marie y yo hacíamos un año juntos.

   -¿Un año?

   -Sí... estábamos muy felices, y al día siguiente íbamos a ir juntos en plan romántico a una cala que hay detrás de la isla. Pero los planes se torcieron... - hizo una pausa -en la discoteca, conocieron a un grupo de chicos. Empezaron a beber, ellos se descontrolaron demasiado y acabaron yéndose juntos con todas las amigas de Marie. Ella se quedó sola en la barra , entonces apareció él... - sus ojos chispearon de rabia- entablaron conversación, y tras unas horas él la invitó a tomarse una copa en su casa. Lo demás te lo puedes imaginar tú sola...

   -No me lo puedo creer, ¿te engañó el mismo día de vuestro aniversario?

Intentó rectificar al darse cuenta de la dureza de sus palabras.

   -Quiero decir...

   -No pasa nada, tranquila. Sí... pasaron el resto de la noche juntos.

   -¿Cómo te enteraste?

   -Eso fue lo mejor- dijo irónico- al día siguiente, yo la esperaba en la cala... Le había preparado una cena romántica... Y no te puedes imaginar lo que me costó cocinarla- rió- soy un negado para eso, debo admitir. Pero me pasé cuatro horas metido en la cocina para que todo fuese perfecto. Le llené la playa de antorchas e incluso me descargué un disco de música ambiental...

Con cada palabra que brotaba de su boca, Martina iba siendo consciente del dolor interno que sentía Lèo en esos instantes.

   -¡Incluso me compré una camisa! Ella sabía que las odiaba, y las sigo odiando por cierto.. Son demasiado incómodas- los ojos se le encharcaron , por lo que el chico se giró.

   -No hace falta que sigas...

   -Habíamos quedado a las 9. Marie siempre se retrasa 5 minutos, desde el primer día que quedamos hasta ahora. Todo estaba precioso, para mi parecer por supuesto. Entonces llegó... su rostro estaba desencajado, se notaba que había llorado por lo que me asusté. Corrí, la abracé y le pregunté qué le pasaba. Ella se separó, me dijo que no se merecía que la tocase, que por favor la soltara.

Entonces se dio cuenta de la sorpresa, de las antorchas, de las velas, del picnic, de las flores... Y una lágrima descendió lentamente por su mejilla... Siempre me acordaré de esa lágrima, nada más verla, traduje lo que había en su interior, los sentimientos que ocultaba. Le pregunté qué había pasado la noche anterior, y tras mirarme de nuevo, me lo contó todo... No le faltó detalle. Al principio pensé que bromeaba, supongo que no quise darme cuenta de la realidad, pero después, vi que eso era la puta verdad. Me sentí como una mierda. Hundido, frustrado, hecho un fracasado...

Martina se había sentado en la cama y miraba fijamente una esquina de la pared mientras que iba emparejando cada una de las palabras del chico con su propia experiencia. Sí... hundida, frustrada y hecha una fracasada.

   -Me pidió mil veces perdón, creo que en ese momento incluso ella se sentía peor que yo, aunque eso es difícil de saber. Me fui de allí, y no nos volvimos a ver durante 3 largos y vulnerables días.

Me llamó varias veces, me mandó mensajes disculpándose y diciéndome que me quería a mí. Que se acababa de dar cuenta de lo que me amaba, aunque también se contradijo al nombrar lo estúpida que era, y que no la merecía. Pasaron muchas cosas esos 3 días, muchos sentimientos que se golpeaban entre ellos en mi cabeza. Amor, odio, compasión, rabia... Entonces, al tercer día, la llamé.

   -¿La mandaste a la mierda?

   -Volví con ella.

Martina levantó la mirada de la esquina, y contempló a Lèo sorprendida.

   -¿Estabas tonto o qué? ¿Por qué?

   -¿Quieres saber el por qué? -preguntó divertido- no lo sé, quizás fue pues porque la quiero... Porque la quiero como nunca he querido a nadie, es la niña más perfecta que he conocido nunca. Su sonrisa, es preciosa... Es la única que sabe hacerme reír cuando tengo un mal día, y la idea de levantarme cada mañana pensando que ya no era mía, me mataba por dentro. Sí, puede que sólo sea un gilipollas pringado, pero prefiero serlo antes de estar sin ella.

Martina estaba perpleja, nunca en la vida había oído hablar a un chico como lo estaba haciendo Lèo. Nunca había visto a un tío, estar tan enamorado como lo estaba él y mucho menos mostrar sus sentimientos de esa manera casual a, como decía él, una perfecta desconocida.

   -Vaya... - fue lo único que salió de su boca.

   -Se quedó en casa de su tía unos días más, las cosas habían vuelto más o menos a la calma, cuando paseando, nos encontramos a Paolo. Yo lo conocía de los campeonatos de fútbol que nos echábamos en vacaciones. Él se acercó a nosotros, Marie intentó rehuirlo, pero no pudo. Se hizo el chulo, e intentó besarla en mis narices...- Martina vivía la escena, se imaginaba perfectamente la cara de Lèo, la de la chica, y la del michelín, la tensión del momento, y las ganas de matar de uno de ellos.

-Me abalancé sobre él... Empezamos a pelearnos, ella intentó separarnos mientras lloraba, pero en vano. Toda mi rabia se centró en él, pero evidentemente, acabé perdiendo yo. ¿Qué podía esperar de un tío que se pasa el día entero entrenando en su gimnasio privado y que come a base de batidos de proteínas? No nos habíamos vuelto a ver hasta hoy.

   -Entiendo.

   -Dudo que entiendas...

   -Más de lo que piensas.

Ambos se refugiaron en el silencio... Cada uno reviviendo esos momentos que habían hecho mella en sus vidas.

 

Capítulo 16

   -Debo irme, tengo que estudiar matemáticas- dijo por fin Lèo.

   -Me encantan las mates- sonrió tímidamente, normalmente no solía hacer ese tipo de comentario delante de alguien que acababa de conocer, pero no sabía por qué, Lèo le inspiraba la confianza necesaria para hacerlo.

   -No tienes cara de empollona.

   -Ni tú de ignorante, pero las apariencias engañan- y le guiñó un ojo.

   -Está bien, está bien-sonrió- nos veremos mañana... Anne ha cenado ya y vendrá sobre las 11, cuando acabe la sesión de cine con mi abuela.

   -Cómo se lo montan, ¿no?

   -No veas. Por cierto, ¿tus padres saben que estás aquí?

   -¿Por qué lo dices?

   -Sólo quiero saber si estás en busca y captura por la policía, o simplemente eres legal.

   -¡Imbécil! Les dejé una nota en casa, y le mandé ayer un mensaje a mi hermana con un recado para ellos.

   -Deberías llamarlos...

   -No- cortó.

   -Como quieras... Ah, en este cuarto de baño, hay señal para que te puedas conectar a Internet. La casa de al lado tiene banda ancha, y este lado de la casa la pilla. Quizás podrías mandarle un correo...

   -Ya veré. Gracias Lèo, hasta mañana.

   -Adiós.

Abandonó la habitación, cerrando tras si la puerta.

Era un chico diferente, misterioso... Aquella cicatriz que tanto le imponía a Martina, unos ojos verdes palpitantes, ese tostado de piel tan sublime junto a su manera de tratar los sentimientos, le hacía rodearse de un aura enigmática que llamaba su atención.

Y todo lo que le había contado... ¿De veras era cierto? ¿Puede alguien en el siglo en el que vivimos, absolver tal error como es el engaño de una pareja? Estaba totalmente prendado de esa chica, pero ¿existe un amor tan desmedido como para olvidar en solo tres días que te han puesto los putos cuernos? ¿Tan perfecta era?

Martina no podía abandonar esos pensamientos de su cabeza... Le hacía recordar cada vez más que ella también había sido feliz y a la par dañada. Pero no fue tan afortunada como para presentársele una nueva oportunidad con él. ¿Habría sido capaz de perdonarle?

Palabras inasequibles, preguntas que ya le era imposible contestar, respuestas inalcanzables para ella que cuando empezó a salir con Gonzalo, ni si quiera intuía...

No tenía hambre, por lo que se cambió, desmaquilló y se metió en la cama con el recuerdo en mente de su primera cita con él...



   -¡Bájame tonto!- gritó casi llorando de la risa.

Ambos se encontraban frente al Lago un día después de su encuentro en el jardín de Martina. Era una mañana bochornosa, por lo que decidieron ir al sitio preferido de ella... Era una pequeña laguna que formaba un río cerca de su casa. El agua era cristalina y se encontraba bajo la sombra de un sauce.

Gonzalo la había cogido en brazos e intentaba tirarla al agua.

   -¡Sólo si me prometes que te bañas!

   -Me he lavado el pelo esta mañana, ya te lo he dicho.

   -¡Eres un muermo!
   -Lo sé, y te encanta- sonrió atontada Martina.

Éste suspiró y se lanzó al agua de cabeza.

Ella le observaba desde la orilla... Contemplaba la perfección del que por fin era su chico. Le había costado una amistad, unos días y varias lágrimas... Esperaba que durase para siempre.

El chico estaba bien de cuerpo, o por lo menos en ojos de Martina. No era nada del otro mundo, ya que no practicaba ningún deporte ni iba al gimnasio, pero para ella era perfecto.

¿Quién quiere un musculitos pudiendo tener un músico que te compusiera canciones de piano?

Pero lo que más le gustaba de él, era su timidez y su expresión de niño pequeño... Era tan diferente a todos, que le había hecho enamorarse en menos de 3 días.

   -¡Háblame de ti!- le gritó sentada desde un tronco de lo que antes había sido un árbol que reposaba a orillas del lago.

   -¿Qué quieres saber?- contestó sonriente.

   -Cualquier cosa. En realidad apenas te conozco...

   -Cierto, ni siquiera sé como te apellidas.

   -Ni siquiera sé tu edad.

   -No sé si tienes hermanos.

   -Ni yo sé donde vives.

   -Tampoco sé tus gustos.

   -Sí, si que los sabes.

   -¿Ah si? ¿La fiesta y el alcohol?-dijo divertidamente irónico Gonzalo.

   -Lo que más me gusta en este mundo... Eres tú.

Ella bajó la cabeza, y él se acercó sigilosamente, le levantó la barbilla... Y le besó suavemente.

Un beso húmedo, que la enamoró un poco más.

Salió del agua y rodeado por una toalla se sentó al lado de Martina para decirle:

   -Me llamo Gonzalo Vanni, tengo 18 años cumplidos en febrero, vivo en una urbanización del centro con mis padres y mi hermano mayor Carlo, me gusta la música sobre todo el piano, el violín y la guitarra y soy vegetariano.

   -¿Vegetariano?-dijo ésta con extrañeza- odio la verdura.

   -Eso es psicológico. Oyes de pequeño que a los demás niños no le gusta, y automáticamente deja de gustarte a ti.

   -Sea como fuere, me da asco.

   -Acabará por gustarte...

   -¡No tienen que cambiar las cosas para eso!

Ambos sonrieron y se volvieron a besar.

Sí, definitivamente esa chica era encantadora, expléndida, maravillosa. No entendía como se había fijado en él, un tío tan corriente y normal.

Martina se separó y dijo:

   -Me llamo Martina Colucci, cumplo 18 en julio, vivo con mis padres y mis dos hermanas pequeñas Bianca e Isabella, me gusta el deporte, sobre todo fútbol y baloncesto, me encanta escuchar música y odio los animales.

   -¿Odias los animales? ¡Eso es incluso peor que ser vegetariano!- y volvieron a reir- sabes... Me alegro de estar contigo ahora, es una sensación extraña quizás, pero no sé, me reconfortas.

   -¿En serio?- dijo Martina actuando con una timidez impropia de ella.

   -Muy en serio.

Se abrazaron e hicieron el camino hasta su casa, cogidos de la mano.

Martina le dio las gracias por la mejor primera cita de su vida, y contempló desde su puerta, como él abría el coche, y perfectito, colocaba una toalla en el asiento para evitar mojarlo.

Desde la distancia le sonrió con esa expresión tan... Tan suya, y se despidió con la mano.

 

 


No podía dormir. Esos recuerdos la atormentaban... Así que se levantó y se sentó en el suelo del cuarto de baño.

Comprobó que había internet, e involuntariamente, abrió el correo electrónico.

No tenía mensajes nuevos, pero de todas maneras, ella si que iba a escribir uno:

  ''Papá, mamá, supongo que ya os lo habrá dicho Bianca, pero estoy viviendo en casa de una anciana muy agradable. Me acoge con la condición de que la ayude en las tareas, ya que es ciega. Siento haberme ido así, pero es que no aguantaba ni un minuto más en casa, en Roma. Hace 4 días Gonzalo y yo rompimos... Aitana dejó de hablarme hace más de un mes y yo no puedo más. Necesitaba cambiar de aires.

Espero que estéis bien, un beso.

Martina''

Sus padres no conocían ninguno de los problemas de su hija, ni siquiera les había dicho que su mejor amiga y ella habían roto su amistad. Martina supuso que les era indiferente, pero quizás era la hora de decírselo.

Le dio a enviar tras cavilar unos minutos, y se volvió a la cama.

Capítulo 17

Varias lágrimas acudieron a sus ojos a causa del recuerdo.

En ese mismo instante, a varios metros de ella... Lloraba un misterioso chico con una cicatriz.

Y a muchos kilómetros de ahí, concretamente en Roma, un muchacho de facciones infantiles le abría la puerta de su Ford Focus a una joven de pelo corto negro y ojos azules gélidos.



6:00 de la mañana.

Martina se calzaba sus deportivas, se colocaba los auriculares y salía a correr. Aún estaba oscuro en Fiorilla, mas era el mejor momento para hacer deporte.

Puso la música a todo volumen, como tanto le gustaba... Quizás porque de vez en cuando, necesitaba abandonar la realidad y adentrarse en el mundo de sus canciones, de sus letras, de sus melodías.

Recorrió las callejuelas de la aldea, todas iguales pero a la par, diferentes. De piedra, todas sus casas blancas con ventanitas azules, pero cada una con una historia que contar. Algunas tenían margaritas en los balcones, otras gatos, un par de ellas tenían la puerta de madera entornada, otras trincadas.

Ojalá y pudiese conocer los secretos de cada una de ellas, de sus habitantes.

Después de estos tres días, le seguía siendo insoluble la idea de describir Fiorilla, indiscutiblemente tan distinta a Roma. Buena gente, tranquilidad, silencio, confianza... Magia.

Sin querer, visitó la capilla en la cual había conocido a esa anciana tan misteriosa.

Había dicho algo así como: '' hay veces en las que son más importantes los detalles, que lo demás'' Se sentó en uno de los bancos a descansar y cavilar. ¿Detalles? ¿No era mejor vivir en armonía, en algo constante, sin cambios y delicioso? Algo que la mantuviese feliz para toda la vida... Que fuera siempre homogéneo. Sí, eso es lo que quería Martina.

Dio un trago a la botella de agua, y descendió por la colina de la Capilla hasta la playa.

Aunque a penas se veía, pudo reconocer la silueta de una persona sentada en un bote de la orilla.

Se acercó silenciosamente un poco más, y sorprendida por la casualidad dijo:

   -¿Lèo?

   -¡Martina!- éste se sobresaltó y dijo mientras se bajaba la capucha de la sudadera- ¿qué, qué haces aquí?

   -Me pareció un buen momento para correr... No hace calor, y por la calle no hay gente que te mire raro como diciendo: ''¿qué haces así en vez de estar en la playa?''

El chico sonrió e intentó peinarse un poco.

   -Personalmente, odio correr.

   -¿Por qué?- preguntó extrañada dado que parecía un chico en forma- ¿te importa que me siente?

Éste le hizo un sitio en el bote y contestó:

   -Me parece aburrido, no tiene meta alguna para alcanzar.

   -Eso es porque lo ves como un deporte. Yo lo veo más como un hobby que te libera de tu vida. Me encanta contemplar como voy más rápida que el mundo...

   -Eres rara.

   -No lo soy.

Ambos rieron mirando al mar.

  -¿Te gusta algún deporte?- le preguntó Lèo.

  -Me encantaría ser profesora de educación física. Me encanta el fútbol y el baloncesto sobre todo. Pero todos esperan que haga algo grande, que estudie medicina, alguna ingeniería....

   -Menuda estupidez.

   -No lo es.

   -¿Por qué nunca estás de acuerdo conmigo?

   -¡Porque tomas las cosas como si fueran simples y sencillas, y no lo son!

   -Quizás tú las hagas complicadas, ¿no crees?
Ambos callaron... Pero Martina retomó el hilo de la otra conversación.

   -Y tú, ¿practicas deporte?

   -Me encantan el fútbol.

   -¿De qué equipo eres?

   -Del Inter de Milán, ¿tú?

   -Yo de la Juventus.. Por cierto, ¿puedo preguntarte una cosa?

   -Supongo.

  -¿Cómo crees que sería mejor la vida, a base de detalles o de una manera homogénea que se da por hecho que te hace feliz?

   -¿Con homogénea te refieres a rutina?

   -Sí, pero una rutina que te agrada.

   -Está claro. Los detalles son los que nos hacen felices.

   -Pero, ¿y si se acabasen?

   -El recuerdo de haberlos vivido, de haberlos sentido... Nunca se borra.

   -Se sufre más al pensar que te gustaría saborearlos, y no puedes.

Lèo la miró extrañado.

   -¿A qué tipo de detalles te refieres?

   -No sé. Por ejemplo, que tu novio un día al año, sin causa ni razón, te regale una rosa y que te sorprenda, que te sorprenda de la manera más ridícula y tonta del mundo.. Si tú piensas que no puedes experimentar esa sensación, sufres.

   -Estás muy equivocada Martina. ¿Por qué atribuyes los detalles de la vida solamente a tu pareja? ¡Abre los ojos! Tienes un mundo que te rodea lleno de secretos y de tonterías que te pueden hacer afortunada.

   -¿A qué te refieres?

   -Mira ven.

La cogió de la mano y se la llevó un poco alejada del bote, en mitad de la playa.

   -¿Qué haces?-le preguntó la chica.

   -Vamos a escribir todos los placeres de la vida que se nos ocurran.

   -¿De qué hablas Lèo?- preguntó la chica pensando que éste necesitaba un psicólogo.

   -¡Sí! Para que veas la cantidad de detalles que pasas por alto.

   -No llevo ningún boli, ¿dónde piensas escribirlo?

   -¿Cómo que dónde? ¡Pues en la arena! ¡Vamos a llenar la playa de placeres!

   -Estás loco.

   -Puede... Las mejores personas lo están.

Martina sonrió y fue consciente de la gran tontería que estaba a punto de hacer con un chico al cual apenas conocía.

   -¿Empiezas tú?

   -Está bien.

El chico fue hacia donde estaban las palmeras, y trajo dos ramas en mano. Una de ellas se la entregó a Martina, y la otra, la utilizó para escribir.

   -La primera va a ser- pensó durante unos instantes- estar en primera fila en un concierto.

   -¿Eso es un placer?

-Por supuesto.

   -Vale, me toca... ¿Bailar bajo la lluvia?

   -¡Genial! Yo propongo también, comer pipas viendo el fútbol y comer los lacasitos por colores.

-  ¡Esa me encanta! ¡Adoro los lacasitos rojos!

Martina más animada, escribió con su rama: ''ver una estrella fugaz, poner caras feas en las fotos y comer nocilla con el dedo''.

   -Hacer pompas de jabón- escribió Lèo.

   -Hablar delante del ventilador y creerte un robot- rió Martina.

   -Pisar la nieve virgen y que te hagan un masaje.

   -Quitarte los calcetines en la cama.

   -El queso fundido.

   -Romper el papel de los regalos y la última frase de un libro.

   -Reirse a carcajadas.

   -Lamer la tapa de los yogures- escribió emocionada Martina.

   -Escribir placeres en la playa con una persona que acabas de conocer- dijo al fin Lèo.

Martina dejó su rama en el suelo, y miró la larga lista de cosas que juntos habían escrito. Quizás unos 100 metros de arena repleta de detalles de la vida.

Sin darse cuenta, los rayos de sol asomaban tímidos por el mar dispuestos a formar un bonito amanecer que sería observado por los que a partir de ese día, serían dos buenos amigos.

Capítulo 18

Al mediodía la gente comenzaba a llegar a la playa, perplejos al ver la retahíla de frases divertidas que reposaban en la arena, que poco a poco fueron desapareciendo...

   -Querida, acompáñame al mercado. Dijimos de ir ayer y se nos olvidó por completo- explicó Anne.

   -¡Cierto!- contestó Martina- Dígame que necesita e iré yo para ahorrarle molestias.

   -Nada de eso. ¿O quieres que me sienta como una anciana inválida e inútil?

   -No quería decir...- replicó rápidamente la joven.

   -Ya lo sé, ya lo sé... Sólo era una broma. Coge una libreta y apunta lo que debemos comprar.

En ese mismo instante, llamaron a la puerta.

   -¡Anne!- dijeron desde fuera- soy Francesca.

   -Ya voy yo- contestó Martina mientras abría.

Muy a su sorpresa, apareció la anciana con la que estuvo conversando su primer día en Fiorilla en la Capilla... La causante de que esa misma mañana Lèo y ella hubiesen escrito la playa al completo.

   -Hola querida- le dijo Francesca- ¿te acuerdas de mi?

   -Claro, usted es...

   -La abuela de Lèo- completó Anne.

Cierto era que habían muy pocos habitantes en la aldea, pero no por ello, dejaba ésto de ser una coincidencia.

Ambas mujeres se cogieron del brazo y salieron a la calle muy dicharacheras.

Al cabo de una hora bajo el baño de sol ardiente, Martina volvió a casa con bolsas llenas de tomates, lechugas, arroz, pasta, pescado y otros alimentos varios.

Francesca le contó que su nieto había perdido a sus padres hace 5 años en un accidente de avión y desde entonces vivía con ellos mientras que estudiaba para ir a la universidad y trabajaba.

Martina les contó la historia maquillada de por qué había decidido salir de Roma durante sus vacaciones... Realmente mentía bien, pero no lo suficiente como para engañar en realidad a Anne.

Entre las dos ancianas enseñaron a la chica a preparar un exquisito asado de pescado con patatas al horno que comerían minutos más tarde. ¡Quién le iba a decir a ella que saldría de ahí con conocimientos culinarios!

Esa misma tarde, Martina se encontraba en su buhardilla... Extrañando su vida en Roma. Entró al cuarto de baño, se sentó en el suelo apoyada en la pared, y a través del teléfono móvil y tras varios días, abrió su red social favorita... tuenti.

Tenía invitaciones a varios eventos (entre ellos 4 fiestas de cumpleaños de amigos suyos) y un mensaje privado.

Obvió los eventos, y quiso averiguar quién le escribía. El nombre de la última persona que esperaba estaba impreso en la pantalla... Aitana.

Abrió apresurada el contenido del mensaje, y leyó:

''Gonzalo ha hablado con tus padres y le han dicho que te has ido de casa. ¿Estás tonta? Deja de dar la nota y vuelve... Están preocupados''

Cerró furiosa el mensaje y lanzó el móvil al suelo encolerizada. ¿Acaso habían quedado y él sin querer había sacado el tema? ¿Estarían saliendo otra vez? No podía hacerse a la idea de que otra chica, aunque fuese su antigua mejor amiga pudiese besarle, abrazarle, reírse junto a él y pasar tantos momentos inolvidables como ella había podido deleitar.

La odia, lo odiaba, se odiaba a más no poder. Detestaba el sabor de las lágrimas amargas que surcaban su rostro día tras día a causa de Gonzalo, de aquellas facciones infantiles que tanto le gustaban, esos ojos miel vivos, esa timidez que cuando estaba con ella desaparecía. Ese aspecto de niño bueno que resultó finalmente ser un disfraz.

Un ataque de ansiedad se apoderó de ella, un monstruo abominable rugió en su interior... Se apoderó de su pensamiento, de su tristeza, de su rabia... Martina se levantó del suelo, puso la música del teléfono a todo gas, abrió la tapa del váter y obviando la posibilidad de dañarse la garganta, vomitó todo lo que la atormentaba... La imagen de Aitana i Gonzalo besándose, reconciliándose... Y lo que peor llevaba; los intensos recuerdos de momentos vividos con él





Gonzalo y ella iban en el coche, él le había vendado los ojos con el fin de darle una ''maravillosa sorpresa'' tal y como había expresado el chico.

   -¿Vas a decirme de una vez a dónde me llevas?- preguntó con los pies en el salpicadero Martina.

   -¿Por qué eres tan cabezota? Te he dicho que no lo sabrás hasta que no lleguemos.

   -Sabes que odio las sorpresas.

   -Porque eres muy impaciente- dijo mientras aprovechando un semáforo en rojo, ponía un CD.

Tras unos instantes de silencio, comenzó a sonar música clásica.

   -¿Qué es esto?- preguntó perpleja Martina.

   -Concierto para piano nº 21, del mismísimo artífice, Mozart.

Ésta, aunque seguía con los ojos tapados, volvió la cara hacia él y empezó a reirse a carcajadas.

   -¿Llevas a Mozart en el coche?- preguntó sin dejar de reír.

   -Sí...- contestó ofendido.

La chica fue consciente de su tono de voz, por lo que calló e intentó rectificar lo más rápido posible.

   -Eh... mi padre también.

   -Mejor pongo la radio- dijo él.

Comenzó a sonar una canción electrónica que ninguno sabía como se llamaba.

   -¡Esto está mejor!- dijo Martina mientras asentía con la cabeza una y otra vez, y movía los brazos enérgicamente al ritmo de la música con los pies aún en el salpicadero.

Su novio la miró divertido... Y decidió que nada más volver a casa vaciaría la reserva de discos de música clásica.

Nada más finalizar el baile, anunció que ya estaban llegando

Cuando el motor se detuvo, la chica empezó a gritar de emoción.

   -¿Puedo bajar ya?

   -Espera, espera, yo te ayudo.

Gonzalo salió del coche, le abrió la puerta y la ayudó a bajar.

   -¿Dónde estamos?

   -Aguanta un minuto más vamos.

Llegaron hasta un parque repleto de árboles y multitud de diferentes flores de colores carmesíes, fucsias, celúleas, amarillas, naranjas... niños que revoloteaban sobre el césped felices de poder jugar a la pelota, padres que charlaban de las aventuras de sus hijos y pajarillos que piaban cantaores desde las ramas.

   -Ya hemos llegado- le quitó el pañuelo de los ojos y ésta se los restregó a causa de la luz del sol-Vamos a hacer un picnic.

   -¿Un picnic?- gritó emocionada- ¡eres un cielo!

Se abalanzó sobre él, le pasó los brazos por el cuello y le abrazó apasionadamente.

   -Vale, vale- sonrió el chico- ¿dónde quieres que nos pongamos?

   -¿Qué te parece ahí?
Señaló la sombra de un nogal y salió corriendo hacia ahí. Se tumbó en el césped, cerró los ojos y comenzó a tararear una canción.

Gonzalo caminó hacia ella y se sentó a su lado sin dejar de reír... En realidad le encantaba la espontaneidad y la frescura de su chica.

   -Gracias por traerme aquí- Martina había dejado de cantar y lo miraba enamorada.

   -Estás muy guapa hoy- y le acarició la mejilla.

Llevaba la melena rubia ceniza ondeando al viento, una camisa beige con un cuello de encaje y una falda marrón plisada.

   -¿Acaso no lo estoy siempre?- vaciló ella.

   -Por supuesto.

Ambos se besaron y juguetearon como los niños que corrían a su alrededor.

Gonzalo sacó de una cesta el típico mantel de cuadros rojos y blancos que puso en el césped para colocar más tarde dos latas de cerveza fría, un plato de plástico con embutido, una barra de pan, y una tarrina de helado de caramelo y galleta, su favorito.

   -No es mucho- dijo- pero lo suficiente para merendar.

   -¡Es perfecto, de veras! Me encanta que tengas estos detalles conmigo. Significan mucho para mí.

   -¿Ah si? ¿Y qué significan?- dijo burlón.

Martina le miró a los ojos una vez más y contestó.

   -Que me quieres al igual que yo te quiero a ti.

La tarde transcurrió perfecta, ambos escuchando música de todos los estilos, hablando sobre el tiempo, sobre helados, sobre ellos... Hicieron carreras hasta un estanque con palomas, rieron, gritaron y fueron un poco más felices durante varias horas...



Éste recuerdo fue interrumpido con varios golpes en la puerta de su habitación.

Se levantó del suelo rápidamente, se enjugó las lágrimas y se refrescó con un poco de agua... Su aspecto era horrible, ya que el rímel viajaba sin billete alguno por su rostro.

Salió del baño y sin abrir la puerta preguntó:

   -¿Quién es?

   -Soy Lèo, ¿puedo pasar?

   -Un segundo...

Volvió a mirarse al espejo y seguía con la misma mala cara de antes. Se sentó en la cama y abatida dijo...

   -Pasa si no eres sensible al ojo.

El joven abrió la puerta y entró con una enorme sonrisa en la cara que se le borró nada más verla. Exageró una simulada cara de susto y gritó:

   -¡Monstruo! ¿Qué has hecho con Martina? ¡Tráela de vuelta por favor!

   -Cállate- le dijo ésta cortante mientras se sentaba en la cama y se restregaba los ojos.

   -Ei ei- contestó éste sentándose a su lado- ¿qué te pasa?

   -Nada, ¿qué quieres?

   -Acabo de salir de trabajar y pensé que te gustaría dar un paseo.

Capítulo 19

  -La verdad es que ahora no tengo ganas de nada. Gracias Lèo- añadió.

Éste se removió un poco el pelo y apoyo los codos en las rodillas.

   -Pues quedándote en casa ahogando tus penas no ganas nada.

   -Déjame en paz, por favor- contestó volviéndose para ocultar otra lágrima revoltosa.

Lèo se acercó a ella un poco más.

   -Esta noche voy a salir en barco a navegar... Hace aire y encima hay luna llena. ¿Quieres venirte?

   -¿Por qué haces todo esto por mí?

   -Sólo intento que te sientas cómoda- se encogió de hombros, se levantó y se dirigió hacia la puerta- pero ya veo que te es indiferente.

   -Espera- lo miró tímidamente- me encantaría acompañarte.

Éste esbozó una amplia sonrisa.

   -Nos vemos en la playa a las diez- y salió cerrando tras si la puerta.

A Martina le entró el hipo, y por lo tanto la risa. Le encantaba escuchar los diferentes sonidos que emitía la gente al hipar. Algunos lo hacían muy pausado y grave, otros hipaban agudo y muy repetido asemejando el ruido al de un pato de goma amarillo e inocente después de ser pisado. Otros se enfadaban y maldecían por lo bajo el no poder deshacerse de esa incómoda sensación, otros se reían y por lo tanto provocaban la risa a los demás y por último estaba el divertido grupo que intenta hacer lo posible para que le desaparezca; beber agua al revés, poner cara de pez globo y dejar de respirar, tomar aire fuerte y profundamente, etc.

¿Cómo tendría Lèo el hipo?

Martina sonrió silenciosamente y pensó en lo agradable que estaba resultando ser el misterioso chico de la cicatriz al fin y al cabo. Lo describía como misterioso ya que era, como decirlo, ¿diferente? Parecía no importarle lo que la gente pensara de él, de vez en cuando le surgía un temible temperamento, pero también era muy cálido y sensible.

Escuchó una voz que la llamaba desde abajo, así que volvió a entrar al cuarto de baño para lavarse la cara una vez más y bajó hasta la cocina donde Anne palpaba la encimera de mármol blanco.

   -¿Qué busca?- le preguntó la joven.

   -No encuentro mi caja de pastillas querida, ¿podrías buscármelas?

Ésta echó un ojo hasta encontrarlas por fin en una esquina de la mesa.

   -Aquí están- anunció- ¿le saco una?

   -Te lo agradecería. Me la debía haber tomado hace un par de horas, pero he estado escuchando la televisión y he perdido la noción del tiempo.

   -¿Cada cuánto tiene que tomárselas?

   -Dos pastillas a las doce de la mañana, otra a las cinco, y la última a las diez.

   -Si no es una indiscreción, ¿cómo sabe cuando es la hora?

Anne rió.

   -Lèo me regaló un despertador hace tiempo que suena a esas horas, pero como antes andaba escuchando la tele, no me enteré.

   -Entiendo, ¿va a salir esta tarde?

   -No, necesito descansar para mañana. ¡Francesca y yo iremos a la playa!

Ambas entraron al salón después de que Anne tomara la pastilla, y se sentaron en un sillón.

   -¿Quiere que las acompañe?

   -No hace falta querida- suspiró.

   -Podría hacer pasta para cenar, ¿le apetece?

   -Por supuesto. Bueno Martina, tenemos que hablar. Cuéntame por qué decidiste venir aquí.

   -Ya se lo conté esta mañana, iba de vacaciones...

   -Esa historia ya la sé, pero me gustaría conocer la verdad- cortó.

La chica se sintió cohibida al ver como su mentira era descubierta.

   -Yo...

   -¿Te has escapado de casa?- preguntó franca.

   -En realidad tengo 18 años- contestó bajando la cabeza avergonzada- quería cambiar de aires, se lo prometo. Estaba cansada de mi vida en Roma.

   -¿Tus padres saben que estás aquí?

   -Me puse en contacto con mi hermana, le expliqué que estaba instalada en la costa y que me quedaría aquí un tiempo. Además, les envié un correo electrónico al cual no han contestado. Siento haberle engañado, no quería que me echase de su casa al saber la verdad.

Realmente estaba muy avergonzada.

   -Querida, debes llamarlos tú personalmente. Seguramente no hayan leído el mensaje y estarán preocupados por ti.

   -¿Y si se empeñan en venir a buscarme? Anne, usted no lo entiende, no puedo volver ahí.

   -No puedes estar un paradero desconocido para tus padres, simplemente llámales, que escuchen tu voz, que sepan que verdaderamente estás bien. Tómate un par de días para reflexionar y piensa qué le vas a decir, pero después de ello, poneos en contacto Martina. Ya no eres una niña- se detuvo- y bien, ¿lo harás?

Tras un largo silencio, contestó al fin:

   -Supongo que sí.

Anne sonrió y buscó la mano de la chica para acariciarla.

   -Me alegra saberlo, tus padres no se merecen ese sufrimiento.

   -Usted no lo entiende, discuten día tras día y seguramente les de igual que me haya marchado.

   -No digas tonterías, estarán muy preocupados e incluso apostaría lo que fuese a que te han llamado por teléfono muchas veces y tú no se lo has cogido.

Martina volvió a agachar la cabeza y la anciana tomó el silencio como respuesta.

   -Me ha dicho Lèo que irás a navegar esta noche- intentó, cambiando de tema.

   -Sí, está siendo muy amable conmigo aunque la primera impresión que me dio fue íntimamente lo contrario.

   -Él es así, un día está de buenas, otro de malas y la paga con el mundo que le rodea. Aún sois jóvenes y tenéis que errar, sufrir y amar... para vivir.

   -Ninguna de las tres cosas es buena.

   -¿Cómo que no? ¿Me estás diciendo que no es bonito amar? ¿No es bonito sufrir a causa de que has creado unos lazos maravillosos con otra persona? ¿No es bonito errar, y tener la oportunidad de aprender de ello?

     -Es muy fácil decirlo...

-Más fácil aún si te lo propones. Si te conciencias en cambiar esa mentalidad negativa que tienes jovencita.

En ese preciso instante, Martina hipó por última vez y esbozó media sonrisa.

   -Gracias Anne- sentenció dándole un suave apretón en la mano.

   -Una tiene ya muchos años querida. Bueno, ¿y qué me decías antes de una pasta para cenar?

Ambas rieron y se dirigieron a la cocina a preparar unos espaguetis boloñesa.



La noche comenzaba a tenderse sobre Fiorilla, las olas se proclamaban victoriosas contra el acantilado al percibir el perfume de la luna llena. Algunos padres empezaban a regañar a los niños para que salieran del agua, otros sin embargo, conversaban risueños sentados en sillas de plástico comían deliciosos bocadillos de tortilla y bebían cerveza fresca como quien no quiere la cosa. Reían entre ellos, intercambiaban historias diferentes e incluso se animaban a contar algún que otro chiste malo. Un corro de adolescentes intentaba encender una hoguera para hacer una barbacoa. Precavidos, habían llenado diversos cubos de colorines con agua.

Uno de ellos rodeaba la cintura de una chica pelirroja y la aproximaba a él, ambos se sonreían felices mientras que los demás avivaban el fuego e intentaban distinguir las estrellas que comenzaban a salir también. El verano es lo mejor- pensaban. Es una época mágica que todas y cada una de las personas pueden experimentar a su manera, como ellos decidan y quieran. Es una época en la que todo lo que se propone, se consigue. Es una época en la que todo cambia. Es una época indescriptible que hay que aprovechar al límite...

Martina salía de casa con su bikini y una camiseta de algodón blanca por encima. Anne le había aconsejado que se llevara algo más ya que era posible que refrescara. Sonrió y dijo que hacía una noche muy calurosa para llevarse una chaqueta.

Descendió por la carretera hasta llegar a la playa donde supuestamente Lèo la esperaba a las diez. Aún era pronto, así que se sentó en uno de los botes viejos y pensó que nunca había navegado. Había montado en yates y barcos de motor, pero nunca en uno de vela... Esperaba que el chico lo hubiera previsto ya.

Un viento cálido alborotó su melena y al girarse para ponerla en su sitio, dio con los jóvenes de la hoguera que a varios metros de ella se divertían... Daría lo que fuera por ser alguien normal, por ser uno de ellos que parecían vivir sin preocupaciones ni problemas. Tendría una pandilla de amigos con la que salir, tendría una familia que le llamase a gritos desde la ventana para que fuese a cenar, y sería tan feliz como siempre había deseado.

Pero ahí estaba ella. Sola. Envidiando a todo lo que le rodeaba, y por una vez en la vida, deseando que el verano acabase ya.

Un grito interrumpió sus pensamientos. Levantó la cabeza y contempló a Lèo que agitaba los brazos desde un pequeño barco de vela un poco alejado de la orilla.

Martina sonrió y salió corriendo intentando dejar atrás toda su intranquilidad e inquietud.

Llegó hasta el barco nadando y con dificultades subió a él mientras que Lèo la escrutaba silenciosamente.

   -¿No te has traído nada de abrigo?- le preguntó.

   -¿Otro igual? ¡Pero si mira que calor hace!

   -En alta mar refresca.

   -No me constiparé, tranqui.

Iba sin camiseta y aunque estaba oscuro, se podía apreciar unos músculos definidos que no eran de gimnasio. Llevaba también, un bañador azul marino por las rodillas e iba descalzo. Avanzó hasta la proa y se hizo con dos chalecos salvavidas fosforitos.

Le entregó el más pequeño a Martina y le preguntó.

   -¿Has navegado alguna vez?

   -Podría decirte que gané varias regatas hace un par de años para impresionarte, pero... - se detuvo divertida- no te voy a mentir. No me he montado nunca en un barco de vela, y claro está que tampoco sé llevar ese volante.

Lèo se revolvió el pelo con una sonrisa traviesa en la cara.

   -Timón, es un timón, no un volante.

   -¡Como sea!

   -Abróchate el chaleco anda- le dijo mientras se levantaba para tirar de uno de los cabos del mástil.

   -Tú lo llevas desatado.

Lèo se detuvo por un instante, suspiró y siguió tirando.

   -Yo sé exactamente lo que hacer en el caso de que volquemos.

   -¿QUÉ?- gritó Martina- ¿podemos volcar?

   -Es uno de los riesgos de los barcos de vela- contestó mientras se volvía a sentar a su lado y simulaba una cara de preocupación- se está levantando viento, espero que no el suficiente para elevar olas de varios metros que nos consigan hundir...

La chica miró a Lèo asustada y pensó que aún estaba a tiempo de bajar.

   -¿Lo estás diciendo en serio?

Éste de repente soltó una carcajada y contestó:

   -¡Qué va! Lo único que puede pasar es que tengamos que tirarnos al agua para enderezar el barco, pero por órdenes directas de Anne, debes llevar el chaleco abrochado.

Martina golpeó el hombro del chico.

   -¡Idiota, me has asustado!

   -Lo sé, esa era mi intención.

Y juntos volvieron a reír.

Capítulo 20

  -Bueno, ¿me explicas ésto como va?

  -En realidad había pensado que solamente vinieses a pasear, pero si quieres colaborar un poco...

   -Mientras que no sea peligroso, me veo capaz.

   -¡De acuerdo!-exclamó mientras se alejaban de la orilla- es sencillo... Si quieres ir hacia la derecha, debes llevar el timón hacia la izquierda. Si quieres ir a la izquierda, debes llevarlo hacia la derecha. Esta vela grande se llama la mayor y este palo horizontal que la sujeta, se llama botavara. El que lleva el timón, siempre debe estar al lado contrario de ella. Observa.

De repente, echó el timón hacia la derecha con violencia, y la proa del barco automáticamente cambio de sentido dando prácticamente la vuelta.

   -¡Cuidado con la cabeza!- gritó Lèo.

Martina se agachó asustada lo suficientemente rápido para que la botavara que también cambió de lado, no la golpeara.

El chico pasó por debajo de ella y se colocó justo enfrente de la joven, y de la vela.

   -¿Qué ha sido eso?- preguntó más calmada al ver que el barco tomaba rumbo recto otra vez.

   -Hemos virado, es decir, girado. ¿Lo has entendido más o menos?

   -Sí, si... Aunque si te soy sincera, prefiero mirar un rato como lo haces.

El tamaño de la aldea aminoraba cada vez más, aunque el acantilado seguía imponiendo desde ahí.

El cielo empezaba a plagarse de estrellas más definidas y claras que los observaban curiosas. Martina sentía como el barco era acunado por unas olas suaves y ligeras y como la brisa lo empujaba desde atrás.

¿Y hace unos minutos estaba lamentándose por la tristeza de su vida? ¡Ya quisieran muchos encontrarse donde estaba ella en esos instantes! Simplemente, era perfecto. Cerró los ojos y se dejó llevar por el susurro del mar, por el silencio de su alrededor, por el maravilloso olor de Lèo y por la tranquilidad que ahora mismo le aliviaba sus temores.



Cuando despertó, sintió que las olas aporreaban el barco.. Sintió miedo. No quiso abrir los ojos por temor a que Lèo no estuviese... a que la hubiese abandonado a su suerte en medio del mar como ya hicieron (no literalmente) Aitana y Gonzalo. El mar rugía embravecido, y la embarcación daba fuertes bandazos contra él. Parecía que estaba tumbada. Sí, lo estaba. Y con la cabeza apoyada en algo blando, una chaqueta quizás.

Con un arrebato de valentía, entreabrió los ojos pero no vio a Lèo por ninguna parte. Le entró el pánico. Se incorporó rápidamente despertándose del todo y notó que alguien se sobresaltaba a su derecha.

   -¡Joder Martina qué susto!

Lèo se encontraba a su lado con el timón en mano, y un susto en la otra.

La chica se tranquilizó al verlo, al sentir como era su pierna en lo que estaba apoyada y como le había echado un jersey por encima. Suspiró calmada, y dijo.

   -La próxima vez prefiero un ''buenos días''- y sonrió.

   -Te has quedado frita- contestó volviendo la mirada hacia el horizonte.

   -Sí, creo que si... - estaba mucho más oscuro que antes, pero seguían navegando con el rumbo que les marcaba la luz del faro- ¿qué hora es?

   -La una.

Martina se asomó por la borda y comprobó que en realidad no había tantas olas como había imaginado antes. Efectivamente, éstas eran de mayor tamaño y se hacían oír, pero ni mucho menos podrían causar ningún peligro.

Sonrió para sus adentros y comentó:

   -Pensé que habías abandonado el barco en algún puerto y que estaba sola en una enfurecida tormenta.

El chico la miró extrañado.

   -Ves demasiadas películas Martina.

   -Puede ser...- miró el jersey- por cierto, gracias por echármelo. Teníais razón, hace frío.

   -Tiritabas mientras dormías.

   -Con que... ¿has estado observándome?- dijo pícara.

   -No, pero apoyaste tu cabeza en mi pierna y noté como lo hacías.

Martina se sintió ridícula.

   -Ah...

   -Póntelo vamos.

Se desabrochó el chaleco y se puso el jersey encima de la camiseta de algodón.

   -Gracias Lèo. ¿Cuándo volvemos a puerto?

   -¿Quieres irte ya?

   -¡No! ¡no! Para nada. Me encanta estar aquí...

   -A mi también, me tranquiliza y puedo pensar sin nada que me distraiga. Por cierto, ahora que estás despierta, háblame de ti... Puedes contarme si quieres el por qué de tu aventura en solitario.

   -Buf... -sonrió mientras se volvía a abrochar el chaleco fosforito y se restregaba los ojos- es una larga historia y no suelo contarle mis cosas a nadie, sin ofender.

   -Con respecto a lo de larga historia, tengo tiempo de sobra... Y en cuanto a lo otro, resulta raro, pero uno se expresa mejor cuando está frente a un perfecto desconocido, o si no, inténtalo.

Martina se relajó. Era agradable sentir la presencia de Lèo a su lado, percibir la esencia de sus palabras e involuntariamente, se dejó llevar.

   -Me he escapado de casa porque estaba hasta los cojones de las discusiones diarias de mis padres. No tengo amigas, todo el mundo piensa que soy una puta porque normalmente, consigo a los chicos que quiero cuando quiero. Mi novio me dejó hace unos días porque seguía enamorado de mi mejor amiga, con la que salía anteriormente. Pero yo le sigo queriendo- silencio interrumpido por una lágrima- quería huir de mi vida como tú dijiste, volar lejos yo sola... Aunque ahora extraño cada minuto, cada segundo... que pasaba en Roma.

Lèo rió silenciosamente.

   -En resumidas cuentas, no eres tan dura como pareces.

   -No, no lo soy- dijo cabizbaja.

   -¿Lo sabe Anne?
   -Sí. Lo hemos estado hablando esta tarde.

   -Ten cuidado, vamos a virar.

   -¿Qué..?
Pero no le dio tiempo a reaccionar, el barco dio un golpe brusco y Martina cayó de su asiento. Rápidamente, quiso levantarse pero con tan mala pata que lo hizo en el momento menos oportuno... La botavara se aproximaba a ella a una velocidad vertiginosa, y no tenía tiempo para esquivarla.

Justo cuando su cabeza iba a ser golpeada, la mano de Lèo sujetó el palo con fuerza para evitar el impacto.

Martina abrió los ojos, y al ver el panorama, dijo sonriente:

   -Tienes reflejos.

El chico se colocó enfrente de ella, y soltó la botavara.

   -Soy portero de fútbol, debo tenerlos.

   -Yo soy delantera. Podremos quedar algún día para echarnos unos tiros, ¿no?

   -Dudo que quieras...

   -¿Me estás retando?

   -Probablemente sí-contestó haciéndose el interesante.

Soltaron varias carcajadas hasta que Lèo anunció:

   -Esta noche no hemos visto peces... Es extraño.

   -¡Mejor! Detesto los animales.

   -¿Estás loca? Alguno habrá que te guste.

   -En realidad no... Creo que no.

   -Hasta que encuentres uno con el que te sientas identificada... Por ejemplo, un lobo. Los pintan como animales voraces, peligrosos, y en verdad no lo son. Antiguamente se le otorgó una fama que no les hace justicia, y por lo tanto, éstos lloran, aúllan en protesta a su historia. El Lobo aúlla a la Luna, el dolor alimenta sus pasos y alienta sus voces. Sus voces a la Luna son gritos al cielo suplicando y reivindicando su naturaleza..- Lèo pasó su brazo bajo la botavara y le sujetó cariñosamente de la barbilla húmeda a causa de las lágrimas- la única diferencia entre los lobos y tú... Es que tú aúllas en silencio. Sufres en secreto tu fama y tus penas... Mira, estamos llegando- y señaló a lo lejos Fiorilla.

Silencio. Otra lágrima traviesa se estrella contra el mar. Silencio. Un silbido del viento cauteloso. Dos jóvenes amigos. Silencio. Luna llena que observa y otro aullido omitido...

Capítulo 21

Recurriendo a la ausencia de palabras, atracaron la embarcación y recorrieron la aldea como únicos transeúntes. Al llegar a casa de Anne, Martina se quitó el jersey y se lo entregó a Lèo, que a pecho descubierto la escrutaba.

   -Gracias por el paseo. Ha sido fantástico.

   -Gracias a ti por hacerme compañía. A veces es un poco aburrido navegar tan solo.

   -Pues cuenta conmigo cuando quieras. Bueno, debo entrar...

   -Sí, yo también tengo que volver a casa. Mañana madrugo para ir a trabajar.

   -¿En qué trabajas?

   -Ayudo con la carga y descarga de cajas en Aguamarina, un bar de la playa.

   -¿Podré ir a visitarte?

   -Si no tienes otra cosa mejor que hacer...

   -¿Por qué eres siempre tan borde?- dijo ésta golpeándole un hombro.

   -¡Si tú lo eres más que yo!- rió.

   -Eso habría que verlo, ¡por cierto!... ¿Puedo preguntarte una cosa?

   -Depende.

Martina puso los ojos en blanco y disparó aquello que tanto se había contenido.

   -¿Cómo te hiciste esa cicatriz?- y le señaló el pómulo.

Lèo se llevó una mano al rostro y seguidamente consultó el reloj.

   -Es muy tarde- anunció- deberías entrar.

La muchacha comprendió la indirecta y asintió.

   -Hasta mañana, gracias por todo.

Abrió y cruzó hacia el interior de la casa insegura por haberle dañado con la pregunta. Estaba oscuro, excepto por la luz que entraba por el hueco aún abierto de la puerta. Su mirada estaba fija en el salón. Entonces decidió volver a asomarse fuera... Lèo ya no estaba ahí, sino que caminaba despreocupado hacia su casa con las manos en los bolsillos y el jersey en un hombro. El pelo se le despeinaba a causa del aire y se iluminaba con el destello de las farolas a su paso. El bañador aún húmedo, se le ceñía al cuerpo...

Martina sonrió en la noche. Sí. Estaba bien el chico... Pero tenía novia, la espectacular tal Marie que le tenía total y completamente robado el corazón. Aunque ella no solía tener problemas para eso... Cavilaba mientras subía por las escaleras de caracol meticulosamente para no poner los pies descalzos en falso. En realidad Lèo le gustaba, no tanto como Gonzalo evidentemente, pero le hacía sentir bien...

Cogió su toalla de baño, y fue a darse una ducha. Estaba un tanto empanada y llevaba las piernas repletas de sal. No. ¡No!. Lèo tenía novia, no quería romper ninguna relación más... Había iniciado su viaje en solitario para madurar y no cometer errores del pasado, e intentar algo con él era un gran equívoco... Además, desgraciadamente seguía teniendo en la cabeza a otro chico.



 

   -¡Buenos días Anne!

   -Hola querida... ¿Qué tal el paseo?

   -Precioso... Nunca había montado en un barquito de vela como ese.

Las cortinas azules de la ventana de la cocina estaban recogidas, por lo que la sala estaba totalmente iluminada a causa de los rayos que asomaban indiscretos.

La anciana desayunaba café con leche y cereales y a su lado reposaban 2 pastillas de colores diferentes. Martina se sirvió el desayuno, y se sentó enfrente suya.

   -¿Has pensado lo de tus padres?

   -Sí... Los llamaré hoy después de comer.

   -Me alegro de que hayas recapacitado. Quizás ellos quieran hablar conmigo, ¿no crees?

   -Supongo.

Se hizo con la caja de cereales. Eran de chocolate, pétalos de chocolate que tintaban la leche al momento de servirlos. Sinceramente, le encantaban, aunque lo sorprendente era que lo hiciesen a Anne.

   -¿Podría ayudarme en una cosa?-preguntó la joven.

   -Dime querida.

   -Me gustaría trabajar para matar el tiempo, si le parece bien. Por supuesto, seguiría ayudándola en casa y en todo lo que necesite, pero no quiero seguir viviendo aquí por el morro.

La anciana soltó una carcajada.

   -No es menester que trabajes para ello Martina...

   -Quiero contribuir a las necesidades de la casa, y no atiendo a réplicas, lo siento. Anne, quiero aprender a ser responsable- hundió la cuchara en el tazón para cargarla, y seguidamente se la llevó a la boca para masticar estrepitosamente los cereales- cuando estaba en casa, no quise trabajar. Me hicieron varias ofertas, pero solo me llamaba la atención un bar de copas muy frecuentado del centro... Mi padre detestaba ese sitio, quería que aspirase a más. Y yo hacía lo necesario para llevarle la contraria.

   -¿Tenías muchos problemas con ellos?

   -Sí, la verdad es que si. Se pasaban horas discutiendo, gritaban a cada momento cuan largo era el día. Eso me hacía sentir furiosa y creaba en mí una sensación de querer llamar su atención... Quería que estuviesen más pendiente de mi que de sus consuetudinarias peleas.

   -Dudo que fuese ese el único motivo por el que huiste de casa, ¿me equivoco?
Martina dejó la cuchara en el plato y bebió un trago de leche lentamente. No iba a mentir... La anciana le había abierto las puertas de su casa, de su intimidad, de sus secretos y ella no iba a engañarla después de eso. Así que le contó su historia... Le habló de Gonzalo. De los innumerables momentos felices que pasó junto a él aunque evitó contar tantos otros...



Capítulo 22

   -¿Sabes que día es hoy?

   -¿Viernes?- contestó él.

Ambos se encontraban en una fiesta de una compañera de clase de Gonzalo Era un duplex de piedras grisáceas con multitud de ventanas con marcos blancos. Un muro con enredaderas rodeaba el jardín cubierto de césped y de adolescentes. Había una piscina, cercada por farolillos que la alumbraban tenuemente, acogiendo a varios individuos. La casa estaba cerrada por petición de los padres, que conocían la existencia de la fiesta aun estando de viaje en Grecia.

Había mesas repletas de botellas y de comida... Los cuerpos de los chicos rugían con ansia de beberse la noche y gritar a los cuatro vientos que el mundo es de ellos. Bailaban al son de la música sin importar lo que pensaran los demás...

Martina y Gonzalo se encontraban sentados en una hamaca de madera compartiendo un vodzka rojo.

   -Imbécil, sé que es viernes. Pero me refiero, a que hace dos semanas que salimos juntos.

   -Pues... no te he comprado nada- contestó sonrojándose el chico- no se me suelen quedar las fechas.

   -No quiero que me compres nada... Pero pensé que podíamos hacer algo especial.

   -¿Cómo qué?

Ella sonrió pícara y comenzó a besarle. Que linda era, pero que poco precavida... Respondió al beso pero se apartó raudo cuando notó su mano rozando la piel del pecho.

   -¿Qué pasa?- preguntó ella molesta.

   -Te he dicho mil veces que delante de gente no-contestó colocándose la camiseta.

   -Vamos, no seas tonto- se acercó a él, pero se levantó de la hamaca antes de que pudiera hacer nada.

   -Para Martina.

   -¿Pero qué más te da? Están todos bailando y no se enteran de nada- sentenció siguiendo su ejemplo y abandonando la hamaca también con copa en mano.

Volvió a besarle, y él, rendido a sus encantos, no pudo evitarlo hasta segundos más tarde...

   -Voy a por otra copa.

Se separaron bruscamente y prácticamente, Gonzalo salió corriendo hacia donde los demás despachaban la fiesta.

Tenía la mente nublada, había bebido más de la cuenta y Martina no cesaba de ponerle nervioso.

Necesitaba relacionarse con más personas que no fuese ella... Justo entonces, una mano se posó en su hombro.

   -¿Se puede saber dónde has estado escondido estas últimas semanas?

Se giró y vio a su compañera de laboratorio de química durante el último curso. Era realmente guapa y tenía novio desde que la conocía. Un tal Marco, ventitantos años y un mercedes que la recogía todos los días de clase. Eleonora tenía el pelo negro como el carbón, y rizado con un volumen que envidiaban la mayoría de chicas. Ojos castaños maquillados con pinceladas azules, y unos labios preciosos. Era muy alta y esbelta,  con unas piernas extremadamente largas, pero tenía la voz muy infantil. Todos se metían con ella a causa de aquella agudez, pero a él le encantaba. Le daba un toque divertido.

Llevaba unos tacones verdes que se perdían entre el césped, unos vaqueros pitillos y una sencilla blusa blanca.

   -¡Ele! ¿Cómo estás?- contestó Gonzalo alegremente.

Se saludaron con dos besos bajo la atenta mirada de Martina, que supervisaba la escena desde la hamaca con lo que quedaba de vodzka en la mano.

   -¡Genial! Aunque sorprendida de verte aquí. No sueles frecuentar nuestras fiestas.

Éste sonrió tímido.

   -Mi novia quería venir para conocer a los compañeros del instituto.

   -Ah, pues no me ha parecido ver por aquí a Aitana.

Un jarro de agua fría sobre él... Su mirada se oscureció mientras abría la botella de Ron Barceló.

   -Martina. Mi novia se llama Martina.

   -Ah pensé que seguirías con ella, disculpa- pareció realmente arrepentida- bueno, cambiemos de tema, ¿algún plan para el verano?

   -En realidad no... Mi hermano quiere que vaya a trabajar con él a la oficina, pero aún me lo estoy pensando. Sinceramente, no es que sea un buen plan, pero no encuentro nada mejor. ¿Y tú?

   -Pues Marco quiere que pasemos el mes de julio en su casa en la playa de Ibiza... Me apetece bastante y la casa es preciosa, mira tengo fotos- rebuscó en su bolso de piel verde, y sacó un iPhone mientras que se acercaba a Gonzalo para que pudiese contemplarlo mejor- mira, está justo al borde de la playa- señaló la pantalla y el chico observó una preciosa casita color añil con unos jardines repletos de árboles y flores que daban sombra a sus pies a una cala desierta bañada por aguas cristalinas. La foto parecía estar hecha desde el agua, desde un barco quizás.

Ambos estaban muy juntos, y ella pasaba las fotos muy dicharachera...

   -Mi madre se opone rotundamente, pero no me importa. ¡Iré quiera ella o no!
Ambos rieron y Martina se removió incómoda en su asiento a causa de las mirada que se intercambiaban los dos jóvenes. No era su estilo comportarse como una niña celosa, pero aún desde ahí se podía observar el tonteo que tenían... ¡Incluso seguro que Gonzalo no había mencionado que tenía novia!

   -Habla con ella más detenidamente, explícale que no tiene por qué preocuparse.

   -¿Crees que no lo he intentado? ¡Llevo con Marco más de 2 años, y sigue sin aprobar nuestra relación! Es la historia de siempre...

   -Bueno, como te he dicho normalmente, tiempo al tiempo.

   -Es una histérica. ¿Sabes lo que hizo el otro día?- su fina voz se agudizó un poco más al pronunciar la palabra ''día'' cosa que hizo sonreír a Gonzalo

   -Sorpréndeme.

   -Estábamos en el cumpleaños de mi hermano, Marco y yo nos estábamos besando hasta que mi madre nos interrumpió, se puso entre nosotros y con todo su morro  le invitó a dejarnos solas- Eleonor enarcó las cejas consternada completamente- se acercó a mí, y se puso a la altura de mi oído para susurrarme...

La chica había estado reproduciendo la escena, así que se encontraba rodeando la cintura del chico para mantener el equilibrio mientras se ponía de puntillas para poder alcanzar el oído del chico, que la sujetaba con un brazo... Realmente, podía tergiversarse la escena haciendo de ella lo que no era. Cosa que practicó Martina que había seguido detenidamente todos y cada uno de sus movimientos.

Se levantó hecha una furia. Sus ojos destellaban odio y sus andares prominentes hicieron que todos se apartaran a su paso hasta llegar a donde estaba él y la chica de piernas quilométricas.

Le dio un empujón a Eleonora, que no pudo evitar caerse bajo la mirada atónita de l otro joven.

   -¡No te vuelvas a acercar a él, puta!- le gritó exaltada.

 

 

Capítulo 23

   -¿Pero qué estás diciendo, loca?- la otra chica intentó levantarse, pero uno de los tacones se le había resbalado durante la embestida.. Gonzalo, cuando al fin pudo reaccionar, corrió a ayudarla.

   -Martina, ¿qué coño haces?- gritó agachándose y acercándole su zapato.

A su alrededor se había formado un corro de jóvenes curiosos que gritaban la palabra ''pelea'' de maneras retante y tentadora.

   -¿Que qué coño hago? ¿Observo y como palomitas mientras se te tira al cuello la zorra ésta?

Eleonora, atónita, contemplaba desde el suelo como el chico se levantaba, cogía de un brazo a su novia y le gritaba delante de todos

   -¡Vámonos...!

   -¡Suéltame! ¡Se le van a quitar a ésta las ganas de susarrar al oído!
Quiso abalanzarse sobre Eleonora, que se tapó la cabeza con los brazos, pero Gonzalo la sujetó firmemente y la agarró también de la otra mano mientras la empujaba hacia la puerta de salida a la calle.

Forcejeaba para deshacerse de él y volver a la carga, pero al ver que el chico era más fuerte que ella, se limitó a volver la cabeza unas cuentas veces y soltar varios improperios dirigidos a la chica a la que ayudaban varias personas a levantarse.

Martina solo tenía en la cabeza una imagen. Esa imagen grabada en su memoria a fuego lento... Gonzalo tiraba de ella hacia el coche, aparcado justo en la acera de enfrente.

   -Suéltame, me haces daño.

Pero hasta que no hubo entrado en el coche, no soltó su mano...

Se sentó frente al volante, y con la mirada hacia el frente, suspiró como cuan nadie quiere la cosa. Cierto era que nunca había tenido que enfrentarse a ese tipo de situaciones, ya que solía evitar esos tumultos y por supuesto, esas fiestas a las que todos acudían. Siempre les había parecido una pérdida de tiempo y sólo hacía gala de su presencia cuando alguien se lo pedía por favor, como en este caso.

   -¿Por qué has hecho eso?-preguntó despacio.

Martina tardó tiempo en contestar, parecía estar más relajada, aunque las lágrimas brotaban de sus ojos sin control alguno para emborronar su maquillaje que húmedo se escurría entre los riachuelos de sus mejillas sofocadas.

   -¿No viste de qué manera se te insinuaba?- gritó

El chico, con la mirada aún fija en el coche de alante, cerró los ojos por un instante y apretó el cuero del volante suavemente...

   -Es sólo una amiga. Simplemente- pausa- hablábamos- otra pausa- de como su madre le susurró al oído que no pensaba pagarle los preservativos para cuando los usase con su novio de veintitrés años...

Silencio. Dos lágrimas paralizadas. Silencio. Una niña avergonzada. Un hombre decepcionado. Silencio. El ruido del motor de un ford focus negro que arranca y se aleja. Ya no hay silencio.

Unos minutos después, Martina se limpió el rostro con un pañuelo y respiró lentamente.

   -Lo siento...

   -Eso espero- sentenció Gonzalo.

   -No deberías conducir, has bebido demasiado.

   -¿Y cómo pretendes volver a casa?- contestó éste aún algo irritado

   -Podía haber cogido un taxi...

   -Ya claro, para que te entre una pataleta como ésta y le agredas al taxista.

   -¡Bueno ya vale! ¡Te he pedido disculpas joder!

Ésta le miró enfurecida por lo que había subido el tono de voz.

   -¡Martina no me grites!- bramó el chico girándose hacia ella.

  -¡M ira la carretera y detén el coche, quiero bajarme!

   -¿Quieres bajarte? ¿Ahora quieres bajarte?

   -¡Estás borracho!- lloriqueó

   -Tú también lo estás!

Entonces sucedió... Un alfa romeo blanco apareció de repente desde un callejón horizontal a una velocidad vertiginosa que no pudo disminuir al ver el ford que venía hacia él...

Un agudo frenazo rasgó la tranquilidad de la calle... No les dio tiempo a reaccionar y se produjo el estruendo.

Cuando Martina abrió los ojos, se encontraba tumbada en una camilla y una sirena estridente le retumbaba en los oídos incrementando su dolor de cabeza. Una de sus manos era sujetada por otra que reconoció al instante...

   -Gon-gonzalo- tartamudeó e intentó incorporarse.

   -¡Martina estás bien! Lo siento, lo siento, lo siento muchísimo

Éste la abrazó y la ayudó a sentarse. Llevaba puntos en una ceja, pero por lo demás, parecía ileso.

Una enfermera de la ambulancia le explicó que un conductor borracho se saltó un semáforo y se los llevó por delante, pero que afortunadamente no habían resultado dañados. Ella parecía tener un traumatismo craneoencefálico leve por lo que había perdido el conocimiento durante unos minutos, y él se había cortado por encima del ojo con un cristal que saltó de la ventana en el impacto de la colisión.

Testigos del siniestro corroboraron esa versión, por lo que afortunadamente no hizo falta investigar más...

Al llegar al hospital, fueron sometidos a unas cuantas pruebas para certificar que no sufrían cualquier otra lesión interna y poco después, lo abandonaron aprisa

para llamar a sus padres, ya tranquilos, que vendrían a buscarlos minutos más tarde.

Ambos entraron en una cafetería de una gasolinera próxima. Solamente había dos hombres robustos con camisas a cuadros, uno de ellos abierta y dejando descubrir la camisa interior blanca, seguramente camioneros, compartiendo un plato de patatas fritas algo grasientas. Sentada en otra mesa, había una chica de unos 16 años, vestida completamente de negro. Llevaba una camiseta de encaje a juego con unos guantes iguales a excepción de una puntilla en el borde y unos pantalones vaqueros del mismo tono. El pelo, le llegaba hasta la cintura aunque lo llevaba perfectamente peinado. Tenía un piercing en la nariz y estaba totalmente sumida en un libro... ¿El fabuloso destino de Amélie Poulain? Sí, era ese. Irónico... Quizás encajaba mejor en su perfil como persona, libros de vampiros, o de asesinatos, pero quién sabe. Detrás de cada persona hay un mundo sorprendente por descubrir...

Pidieron en la barra un bombón y un descafeinado y se sentaron en la mesa más alejada.

Aún no habían intercambiado ninguna palabra... Gonzalo seguía blanco como el mármol.

Cogió de la mano a Martina y la besó.

   -Lo siento muchísimo. Tenías razón, no debía haber cogido el coche joder, podía haberte matado y no me lo hubiese perdonado en la vida...

   -Tranquilo, tranquilo. También fue mi culpa, no debí ponerte tan nervioso- apretó su mano suavemente- además, si no hubiese montado ese cirio en casa de tu amiga, no teníamos que habernos ido y tu coche aún seguiría de una pieza

El chico sonrió conciliador.

   -Soy un irresponsable. Nunca había conducido bebido te lo prometo-añadió realmente arrepentido- espero que me perdonas algún día, lo siento de veras.

   -Cosas peores he hecho yo, además tampoco habías bebido tanto. Perdona por haberte llamado borracho.

La camarera, una mujer cuarentona de pelo corto y pelirrojo depositó los dos cafés en la mesa y se alejó contoneándose exageradamente.

Los chicos rieron ante tal movimiento.

   -¿Sabes qué?- preguntó Martina- nunca había pedido perdón tantas veces.

   -Siempre tiene que haber una primera vez para todo- y volvieron a reír.

 

 

Capítulo 24

Fiorilla. A medio día...
Martina caminaba entretenida hacia la playa, concretamente al bar Aguamarina. Anteriormente, había planchado un par de cosas para Anne y había pasado la fregona por la entrada de la casa.

Se había explayado casi a la perfección con ella, es decir, le había contado lo ocurrido con Gonzalo aunque había evitado detalles particulares como el del accidente de coche.

Se paró a pensar en lo ocurrido en la fiesta mientras que descendía por las escaleras de piedra.

Recordaba perfectamente como había llamado puta a aquella chica por haber querido ligarse a Gonzalo, cuando en realidad lo único que hacía era compartir con él una anécdota sobre sus padres.

Es más, ahora que recapacitaba en frío... Ella había roto muchas parejas. Y en especial, la de su mejor amiga Aitana. Joder. ¿Se habrían sentido las demás chicas como ella misma se sintió esa noche? Incluso peor, seguro. ¿Por qué no se habría dado cuenta de esto antes? Joder.

Era una puñetera guarra. Le había quitado el novio a su mejor amiga e incluso le había besado en sus narices, y ni siquiera se había arrepentido ni sentido una pizca de remordimiento...

Cuando sus pies tocaron la arena, en vez de dirigirse hacia la zona de bares, emprendió camino hacia el acantilado... Donde las olas rompían no muy enfurecidas contra las rocas, al igual que el primer día que las había visitado.

Corrió, corrió queriendo dejar los lamentos atrás... Todos esos pensamientos que la perturbaban, ¿dónde estaba la Martina fuerte que había sido siempre? ¿la Martina que nunca lloraba?

Se sentó en una piedra cilíndrica y elevada donde las olas no llegaban, pero no por ello dejaba de estar húmeda a causa de las gotitas de agua que sí alcanzaban la cúspide de ésta. Se rodeó fuertemente las rodillas con los brazos y gritó... Pero el sonido de su voz, fue camuflado tras el rumor del mar y los aparentes cánticos de sirenas.

Sólo quería ser normal, y para ello debía poner en orden su vida.

Inspiró profundamente, y después soltó el aire por la boca lentamente. Sí, estaba más tranquila. A ver ¿cuántas parejas había roto ella? Si estaba segura, primero fue Zac el campeón de natación de su instituto, salía con aquella mulata de ojos verdes que ni siquiera hablaba del todo el italiano, luego fue Filippo Barchiesi, aquel tan grandote como bobalicón, llevaba un par de meses con su novia cuando Martina se cruzó en su camino. También estaba Romeo, un verdadero empollón que salía con una chica bastante desagradable a la vista, pero que le proporcionaba unos apuntes de filosofía excepcionales. Y por último, fue Gonzalo... Que salía con la chica mas maravillosa del mundo.

Vale, cuatro veces, cuatro parejas rotas y cuatro corazones destrozados. Y en realidad sólo había tenido necesidad de hacerlo en el último caso, cuando sintió un deseo irrefrenable por ese chico de facciones infantiles. Los demás, simplemente le llamaba la atención, o como ella los llamaba: ''caprichos''.

Efectivamente, era una caprichosa, una caprichosa y una egoísta de dos pares de narices.

¿Y cómo no se había percatado antes de todo eso? ¿O se había dado cuenta y había hecho caso omiso? Un poco de ambas tal vez... Pero eso iba a cambiar.

Se levantó aún entristecida, se frotó los ojos y caminó sobre las rocas evitando el agua para llegar a la orilla, donde se recogió la melena rubia oscura en una coleta alta y emprendió destino el bar de su amigo justo al otro lado de la playa.

Era una caseta, de madera con un gran ventanal, lo suficientemente espaciosa como para albergar unas treinta personas, sin contar el espacio que ocupaba la barra. Poseía varias mesas tanto en su interior como en sus exterior, la mayoría ocupadas. Había sombrillas de mimbre que resguardaban a los clientes del sol y mantenían una temperatura soportable.

De momento no había visto a Lèo por ningún lado, ¿seguiría enfadado por la pregunta de ayer? No lo había hecho con mala intención, pero de todas maneras le pediría disculpas.

Se asomó a la parte de atrás, donde normalmente están los camiones de carga y descarga y efectivamente, ahí estaba él dándole la espalda (y qué espalda), sin camiseta dejando a relucir su torso moldeado y tostado a causa del trabajo y del sol, unos pantalones cortos de color beige y un gracioso gorro de paja.

Transportaba una caja de ¿melones? Sí, melones. Y realmente parecía pesada.

Se acercó a él sigilosamente por atrás, y cuando estuvo próxima, cuidando de que su sombra no la traicionara, le dio una palmadita en el hombro y dijo emocionada:

   -¡¡Bu!!

El chico dio tal brinco, que la caja de melones se le desprendió y se cayó al suelo en una milésima de segundo, desperdigando toda la fruta por la tierra. Al estar en cuesta varios de los melones rodaron hacia abajo.

   -¡JODER MARTINA QUÉ SUSTO!

El chico se puso una mano en el corazón, y se agachó para recoger los varios melones del suelo y devolverlos a su caja.

   -Lo siento- se disculpó arrepentida- voy tras ellos espera.

La chica corrió hacia los 3 melones que descendían rápidamente la montaña de arena.

   -¡Déjalo, ya voy yo!

Lèo la imitó agarrando el sombrero para que no se le escapase con el viento.

Martina había conseguido capturar uno de ellos, pero los otros dos, seguían rodando impasibles con destino el mar si antes no chocaban contra algún desafortunado que tomaba el sol a esas horas.

   -¡Lo tengo, lo tengo...!

   -¡Martina espera!

Pero entonces, Lèo dio un traspié e impotente, corrió la misma suerte que los melones. Se precipitó al suelo y comenzó a descender colina abajo sin dar tiempo a la chica para reaccionar, llevándosela por delante poco después. Ambos rodaron los pocos metros que quedaban y acabaron tendidos, mareados y frotándose zonas doloridas allí donde se habían clavado alguna que otra piedra.

   -¡Mira lo que has hecho!- le espetó ella- ¡estaba a punto de alcanzarlos!

   -Lo siento, me he tropezado ¿vale? ¡Si no me hubieras asustado de esa manera...!

   -Era una broma mañanera, ¡qué poco sentido del humor! Por cierto, ¿dónde están...?

Tarde. Los melones yacían entre la espuma de la orilla y el oleaje los atraía hacia el interior.

   -Creo que eso no va a poder recuperarse-repuso Martina abochornada.

   -No, yo creo que tampoco... ¿Cómo le explico yo ésto al jefe?

Ambos se acercaron a la escalinata, y comenzaron a subir.

   -Es simple; decimos que aquí llegaron ese número de melones, en todo caso podemos culpar al de transporte o no sé.

Lèo sonrió y sacudió el sombrero que posteriormente se puso.

   -Eres mala.

   -Mi propósito es no serlo

   -Pues no lo estás consiguiendo- sentenció peinándose los cabellos aturullados con las yemas de los dedos.

 

Capítulo 25

Terminaron de subir y se dirigieron a depositar el único melón rescatado junto al resto. Levantaron la caja entre ambos y el chico la llevó dentro del local para después regresar a donde estaba la muchacha.

   -La jefa me ha dejado un rato libre. Llevo más de una hora bajando cajas del camión y me lo merezco... ¿Te apetece un batido o un helado?

   -Claro, con este calor me vendría genial. ¿Aquí los venden?

   -El lema del bar es ''Aguamarina; vente a refrescar''

   -Ah...

   -Rídiculo, ¿no?

   -Sí, bastante- y soltó una carcajada.

   -Sentémonos aquí-señaló una mesa que aún tenía la sombrilla cerrada por lo que Lèo tuvo que ensancharse con ella un buen rato hasta conseguir abrirla- pues fue idea de mi jefa. Ha vivido aquí toda la vida, y recuerda que de pequeña, tras darse un buen baño en la playa siempre le había apetecido un batido. Así que, cuando tuvo la oportunidad, construyó un chiringuito en el que sólo vendían batidos hechos por ella misma. Tuvo tanto éxito, que el negocio se amplió y se convirtió en un bar especializado en batidos y helados, de ahí el lema en cuestión... -se quitó el gracioso sombrero y se apartó el pelo de la cara resoplando- siento estar así de sudado y asqueroso.

Seguía sin camiseta y aunque su cara era protegida del sol por la sombrilla, los rayos si alcanzaban su torso que brillaba húmedo y tostado.

Cerró los ojos durante un instante, se dejó caer en la silla y la cabeza se le inclinó hacia atrás.

Martina le observaba disimuladamente. Lèo era un buen chico, sí.

Entonces, una niña pequeña con el uniforme de Aguamarina, morena con el pelo corto y ojos oscuros se les acercó con un bloc y bolígrafo en la mano.

   -Buenos días- dijo con una vocecilla infantil.

Lèo abrió un ojo sorprendido y después sonrió mientras se recolocaba en la silla.

   -Buenos días señorita- contestó.

   -¿Saben ya que van a tomar?

   -Sí claro, un estofado de carne, faisán y ostras de postre por favor.

   -¡Mentiroso!

La niña soltó una carcajada propia de los 5 años e inesperadamente, Lèo se levantó de golpe de la silla, la agarró y se la colocó en un hombro mientras que empezaba a dar vueltas un poco alejado de las mesas y demás clientes.

   -¿Yo mentiroso? ¡Señorita, no vuelva a llamarme mentiroso o la lanzo al agua!

Lèo agravó su voz y comenzó a hacerle cosquillas a la chiquilla que no paraba de reír estrepitosamente.

   -¡Suéltame, suéltame!

   -¡Ve a buscar ahora mismo tus manguitos, porque te voy a lanzar al agua en plancha!

   -¡No Lèo, para!- gritó la niña, pero sus palabras se ahogaron entre sus propias risas.

El chico, la volvió a bajar con una gran sonrisa en la cara y le sacudió el pelo.

   -No sabía que estabas aquí Carlotta.

  -Papá me ha traído en coche a casa de mamá. Dice que me puedo quedar muchos días.

   -Me alegro pequeñaja, ven aquí.

La cogió de la mano y la llevó hasta su mesa.

   -Ésta es mi amiga Martina.

   -Hola...-saludó tímida.

   -Y esta pequeñaja, es Carlotta- añadió sentándola en su regazo.

   -¿Qué tal estás Carlotta?- preguntó la chica sonriendo.

   -Bien, trabajo aquí.

   -Ya he visto tu uniforme, y dime, ¿cuántos años tienes?

La niña le enseñó cuatro deditos y luego aclaró:

   -Pero dentro de poco cumpliré éstos- y abrió la palma de la mano completa.

   -Eres muy mayor entonces.

   -Sí, soy muy mayor.

Ella y Lèo jugueteaban alegremente bajo la mirada afligida de Martina que se encontraba totalmente absorta en sus recuerdos.. A Gonzalo nunca le habían gustado los niños pequeños, incluso decía que no quería ser padre. Menuda estupidez, ser padre debía de ser lo más maravilloso del mundo... Padres, sus padres... Oh mierda, se le olvidó por completo llamarlos aun habiendo estado recibiendo llamadas suyas hasta esta mañana.

   -¿Sabes ya que vas a tomar?

Despertó de sus pensamientos y vio a Lèo y a la niña que se habían levantado con el fin de ir a pedir.

   -Pues me apetece un batido, pero no sé de qué sabores hay...

   -¿Te traigo la carta?

   -No, no hace falta. Elígeme tú algo.

   -Me pones en un aprieto- y rió- ¿Confías en mí?

   -De momento sí, aunque puede que cambie de opinión tras probar tu elección.

   -Me arriesgaré a ello, vamos Carlotta.

De la mano anduvieron hasta la barra donde el chico sentó a la niña y ambos siguieron hablando y jugueteando con las manos.

Sacó el móvil dudosa, abrió la guía y buscó ''papá''. Cuando se le fue mostrado el número, lo contempló con los ojos húmedos y decidió que era la hora de enfrentarse a la realidad... O quizás podía hacerlo más tarde, ¿no? Cerró el menú y se puso una alarma a las dos, para que no se le volviese a olvidar la llamada.

   -Ya estoy aquí- exclamó Lèo a su espalda mientras dejaba dos vasos en la mesa- éste es el tuyo.

Y señaló un batido de color azul-violeta con una espuma blanca que se asemejaba a la bruma del mar.

   -¿Azul? ¡Estás loco!
   -Es la especialidad de la casa, por lo que se llama batido de aguamarina.

   -¿De qué es?

   -¡Sorpresa!

   -Está bien, está bien. Confío en ti...

Sujetó su vaso con ambas manos y se lo llevó a la boca ansiosa.

Una avalancha de frescor con sabor a mora se apoderó de su paladar mientras un escalofrío le recorría todo el cuerpo a causa del contraste de temperatura entre su interior y el exterior.

   -¡Está delicioso! ¿De qué es?

   -Anda límpiate la boca- Lèo alargó un brazo y le limpió la espumita blanca de los labios, cosa que hizo que Martina volviese a estremecerse... Y ésta vez, no por el frío del batido- Es una receta secreta, sólo la jefa lo sabe, pero yo me inclino a pensar que además del evidente sabor a mora, también lleve una pizca de fresa y vainilla.

   -Mm, puede ser. Me encanta, ¿de qué es el tuyo?

   -De mango y piña, pruébalo si quieres.

Tras intercambiarlos, volvió a dar su valoración, esta vez no tan encantada.

   -Es refrescante, pero prefiero el mío.

   -Lo entiendo, a mí me gusta porque al beberlo cierro los ojos e involuntaria y automáticamente pienso que estoy en la piscina de un hotel cinco estrellas en Hawai.

   -¡Estás fatal! Por cierto, ¿quién era Carlotta?

   -Una de las hijas de la jefa. Se separó de su marido hace poco, y tienen custodia compartida. Él vive en Roma actualmente.

   -¿Te gustan los niños, no? Se te caía la baba con ella...

   -Con ella es algo especial, la conozco desde que nació y la adoro. Y en cuanto a los niños en general, ni me gustan, ni me dejan de gustar supongo.

   -¡Mentiroso!

Sorbieron por la pajilla divertidos y comenzaron a charlar entretenidamente hasta que surgió un tema inesperado.

   -¿Has hablado ya con tus padres?-preguntó Lèo.

   -¿Qué? ¿A qué viene eso ahora?

   -Sólo preguntaba- explicó girando unos grados su silla y colocándose de cara al mar.

Escucharon durante unos instantes el murmullo de las personas que jugaban en la playa y el sonido de los cánticos del mar.

   -Aún no lo he hecho...

   -No sé a qué esperas Martina.

   -Joder Lèo ¡no me agobies tú también!Aún no he podido encontrar el mejor momento para hacerlo.

   -Ahora lo es.

   -¡No! Los llamaré esta tarde mejor.

   -¿Quieres dejar de evitarlo?-interrumpió. ¡No eres una niña pequeña que cuando hace algo mal, se lo oculta a mamá! Tienes 18 años Martina, y debes afrontar tus problemas con la madurez característica de una mujer, no de una chiquilla por el amor de Dios.

La chica quedó a cuadros observándolo silenciosamente... Otra pausa más.

   -Está bien, voy a hacerlo.

Se levantó de la mesa decidida, abandonó la terraza y sacó su Nokia para teclear un número rápidamente, antes de arrepentirse de ello.

Pero entonces, una voz sonó al otro lado del auricular.

   -¿Martina, eres tú?

 

 

Capítulo 26

  -Hola mamá...

   -¡Martina cariño estás bien!- gritó sobrecogida- ¿Dónde estás? ¿Por qué no nos has cogido el teléfono antes? ¡No tienes ni la maldita idea de lo mal que lo hemos pasado tu padre y yo...!

   -Por favor mamá para- pausó- Te he llamado para decirte que me va todo bien, como pudiste leer en el correo electrónico que os envié hace unos días.

   -¡No nos ha llegado nada Martina!- su madre sollozaba al otro lado del teléfono- ¿dónde estás? ¿Cuándo vas a volver?

   -Mamá para por favor...

Nunca la había visto derramar una sola lágrima, y ahora, el sargento de alma de hierro y coraza imbatible las estaba derramando.

   -Tu padre llamó a la policía, pero ellos no podían hacer nada, Martina vuelve a casa...

   -Escucha...

   -¿Piensas decirnos dónde estás? Vamos a buscarte ahora mismo si es menester de verdad, sólo tienes que decirlo...

   -¡Mamá joder para de una puta vez!

La chica no aguantó más y se echó a llorar, se sentó en la arena y golpeó el suelo con la otra mano intentando con ello camuflar el fuerte dolor que sentía en el corazón.

Su madre guardó silencio al instante, sabiendo que si no lo hacía, volvería a perder a su hija por segunda vez.

-Estoy bien mamá de verdad, no podía más. Gonzalo me dejó, Aitana no me hablaba, vosotros no dejabais de discutir, la ansiedad podía conmigo y estaba hecha una mierda. No podéis entenderlo, ¡no quisisteis entenderlo! Y yo necesitaba huir, necesitaba salir de ahí mamá... - sus palabras le abrasaban la garganta poco a poco- siento haberos asustado tanto, no era mi intención ¡pero no aguantaba ni un minuto más ahí!

Yanet gimió, se apartó el móvil del oído y padeció en silencio su angustia y sus sospechas confirmadas. Había estado demasiado atareada en sus asuntos y lidias diarias con su marido, como para advertir que su hija mayor pasaba por una mala época... Tanto, que se había marchado de casa con la intención de no volver. Ella sólo quería que fuesen disciplinadas, serias en los momentos cruciales y divertidas en los adecuados, educadas en todo momento y por supuesto inteligentes... Quizás les esté exigiendo demasiado a sus hijas, quizás tengan razón y sea demasiado severa, aunque no era el momento de ponerse a reflexionar sobre la educación de sus niñas frente a esta situación tan cariacontecida como era la desaparición de Martina, voz que por cierto, sonaba en ese instante:

   -¿...mamá, estás? Mira esto me está costando mucho y si no pones de tu parte...

Respiró hondo, volvió a recolocarse el auricular mientras que con la otra mano recogía una de las lágrimas perdidas y se armó de valor para contestar.

   -Sí, sí que estoy. Por favor Martina ¡tú tampoco hagas esto más difícil de lo que ya es! ¡Tus hermanas, tu padre y yo hemos estado verdaderamente preocupados y tú ni te has dignado hasta ahora a llamarnos para tranquilizarnos, ¡eres una irresponsable! Así que mañana quiero verte de vuelta a casa...

La chica enfurecida al escuchar eso, sollozó sin emitir un mísero gemido y gritó al fin:

   -¡No insistas, veo que sigues sin entender nada!

Colgó el aparato sin despedirse, lo apagó sin más dilaciones y con una rabia intrínseca lo lanzó contra el suelo a la vez que se sentaba.

Yanet no había cambiado, seguía sin entenderla, sin preguntarle cómo se encontraba, si necesitaba hablar con alguien o si simplemente necesitaba una madre que la cuidase de verdad... Y ser consciente de ello le rasgaba las entrañas poco a poco.

¡Sólo quería una familia normal! Con sus roces, sus cenas todas las noches, charlas, excursiones... Y desde hacía tiempo, ya había olvidado lo que era vivir esos pequeños instantes.

   -Levanta Martina vamos.

Lèo recogió su móvil de la arena, apoyó la mano en su hombro y la incitó para que se incorporase.

   -Esto es una mierda, todo es una mierda ¿sabes?- contestó ésta.

   -Levántate, has gritado demasiado y están todos mirando...

   -¡Me da igual Lèo, me importa una mierda todo joder!

El chico sujetó las dos bebidas que traía con un brazo, y con el otro levantó en peso a la chica, que destrozada se negaba a hacerlo.

Cuando estuvo totalmente en pie, inesperadamente sintió un cálido abrazo que rodeó y confortó todas y cada una de las partes de su cuerpo. Lloró aún más, mientras que Lèo la sentía en su hombro sin rechistar.

   -Sólo quiero una vida normal Lèo, pido solamente eso...-musitó Martina separándose de él casi al instante.

Él le sujetó suavemente de la cara y con los dedos pulgares, apartó las lágrimas de sus mejillas. Ésta le miró con aflicción y agradecimiento e intentó sonreír para demostrárselo.

   -¿Qué ha pasado?

Juntos anduvieron unos segundos hasta la orilla de la playa, donde a la sombra de un bote se acomodaron. Martina le contó lo sucedido con su madre, cómo al principio dio señas de una mujer cambiada, sensible y preocupada y como al final, resurgió de sus cenizas la sargento insensible.

-Debes tener un poco más de paciencia, no tenías que haber colgado... La familia es lo más importante de este mundo cruel, porque ellos siempre estarán ahí y no podrán engañarte. Por cierto, querías saber cómo me hice la cicatriz, ¿no es así?

   -No hace falta que me lo cuentes si no quieres... Ayer intentaste eludir la pregunta.

   -Fue un accidente... Mis padres y yo viajábamos por primera vez al extranjero hace 5 años. Íbamos muy emocionados porque ellos habían trabajado a capa y espada por hacer esa escapada. Yo desde pequeño había querido ir a Londres, pero no pudimos permitírnoslo hasta que no ahorraron lo suficiente... Subimos al avión muy emocionados, yo tendría 13 años para entonces- su mirada se oscureció- nada más despegar, tuve que ir al cuarto de baño por lo nervioso que estaba... Mis padres se rieron de mi, me dijeron que tuviese mucho cuidado y que no me perdiese por el avión. Entré al aseo enfadado por su clara ironía, cuando noté un tambaleo. El avión estaba comenzando a subir, pero tras una serie de ruidos extraños se precipitó agudamente hacia abajo. Aún recuerdo los gritos, y el agobio que sentí al no poder abrir la puerta... Cuando por fin lo conseguí, salí raudo y observé entre la gente al principio del pasillo, a mis padres que supongo, me buscaban a mi. Entonces me vieron, leí en sus labios mi nombre ya que sus gritos se camuflaban tras la histeria colectiva. No recuerdo más-titubeó e hizo una pausa- varios días después me desperté en el hospital. Me explicaron que tras volar unos cuantos metros, el avión cayó en picado por causas que ahora mismo no son trascendentales... Todas las personas que se encontraban cerca de la cabina, murieron en el acto... Incluidos mis padres.

Le dio un largo trago al batido de mango y contempló con gesto de aflicción un solitario barco que cruzaba el horizonte.

   -Eso sí que es una mierda ¿sabes?-añadió- de ese día, lo único que me queda es el recuerdo, y ésta puta cicatriz. Sin embargo, tú aún tienes a tus padres. Puedes tocarlos, abrazarlos, discutir con ellos y estás aquí lamentándote por ello... -su tono de voz se endureció- no puedes ni imaginarte lo que daría yo por poder verlos una vez más.

Miró a Martina que se sujetaba las rodillas con las manos y le contemplaba con lágrimas en los ojos.

   -Lo-losiento- titubeó ésta sin saber que decir.

Los recuerdos terminaron de dispararse mientras que una brisa con sabor a mango-piña y mora, grosella, fresa, vainilla los envolvía entre abatimientos y melancolías.



Capítulo 27

Martina volvió a casa, subió silenciosa hasta su buardilla y se acostó en la cama... Tenía ganas de vomitar. Era repugnante, ella era repugnante. Con qué poca delicadeza había tratado el tema de los padres delante de Lèo sabiendo que los suyos habían muerto. Una mano invisible le empujó hacia el cuarto de baño aunque ella quiso resistirse. Cerró la puerta, y sus ojos parecieron tener un destello rojo, diabólico, una seña de que en esos instantes no era ella la dueña de su cuerpo, algo la controlaba sin su permiso.

Levantó la mirada y se observó en el espejo con un gesto de indiferencia para más tarde visualizar lentamente sus dedos. Los miró como si en ellos se encontrara la solución del enigma y problemas de su vida, ya que le gritaban insonoros que podían ayudarla.

Pero ella era fuerte, había aprendido a dominar su parte oscura que últimamente había estado muy presente en ella.

 

 

Roma, hace unas cuantas semanas, un chico de facciones infantiles esperaba nervioso a que llamaran a la puerta. Se repeinó el pelo frente al espejo y añadió un poco más de gomina mientras terminaba de recoger todos los botes de colonia que había sacado antes de su elección. Acabó por decantarse, evidentemente, por la que hacía siempre. No le gustaban los cambios y sinceramente, era muy tradicional ¿por qué motivo iba a renovar la colonia si le gustaba la que tenía?

Se dirigió a su habitación, consultó el reloj apresurado y confirmó que ya debería de estar ahí. Estiró la cama una vez más y se sentó al piano para hacer más amena la espera... Disfrutó una pieza de Mozart, una de Beethoven y por último una de Chopin que fue interrumpida por el sonido del timbre.

Se levantó corriendo y fue a abrir. Tras la puerta, estaba Martina, espléndida como siempre con una falda vaquera tableada, una camisa azul y unas sandalias con cuerdas que se ataban a los tobillos.

Intentó darle un beso, pero éste la agarró por un brazo y la hizo entrar apresuradamente.

   -¿Qué pasa?- preguntó perpleja

   -No quiero que te vean los vecinos... Podrían hablar con mi madre y decírselo.

   -¿Lo estás diciendo en serio?

   -No puedes llegar a imaginarte lo cotilla que es la anciana del dúplex 18.

   -Me refiero a que si tu madre no sabe que traes chicas a casa.

   -Es la primera vez que lo hago- respondió sonrojado.

   -No te creo... -la chica empujó la puerta y se entregó en sus brazos.

Le besó apasionadamente, lo que produjo un aumento del nerviosismo de Gonzalo.

   -Espera, espera...- añadió separándose- ¿quieres una coca-cola?

   -Te quiero a ti...

   -¡Martina! Bebamos algo primero...

   -Está bien, está bien. Un cubata para cada uno, ¿dónde está tu cuarto?

   -Subes la escalera y la segunda puerta a la derecha.

   -Guay, te espero ahí... ¡No tardes!- y le guiñó un ojo mientras se dirigía a las escaleras.

¡Cómo le gustaba esa chica! Al final debía darle la razón a sus amigos, y admitir que no entendía como había tenido la suerte de estar con semejante monumento.

Preparó los cubatas con temor de que sus padres se percataran de la falta de alcohol.

Inspiró profundamente, le dio un largo trago a la botella, y fue al encuentro de su novia al piso de arriba.

Para qué nos íbamos a engañar, estaba muy nervioso ya que en teoría su madre tardaría un par de horas en llegar y su padre estaba trabajando, pero su hermano mayor Carlo podía aparecer en cualquier momento.

Subió el último peldaño y entró a la habitación, donde Martina le esperaba contemplando toda su colección de Cd's de música clásica.

   -Cari, debo decirte que eres un muermo. Para tu próximo cumpleaños te regalaré un par más con música buena.

   -Son bonitos...

   -Ya claro, lo que tú digas. ¿Me dejas que ponga uno que traigo?

   -¿Las tías también lleváis discos en el bolso?

   -Sólo en ocasiones especiales....

Abrió la caja y colocó el CD en su disquetera, que al momento se cerró y comenzó a reproducir.

Era reguetton, música que él detestaba, pero no quería estropear la ocasión y quedar como un imbécil pionero delante de ella.

La chica dio un sorbo a su cubata y luego lo besó dulcemente, esos besos que a él le volvían loco.

Sus manos se adentraron por la camiseta y acariciaron su pecho... Ella parecía tener mucha experiencia en este tipo de situaciones, y él estaba histérico. Nunca se había acostado con nadie, quería esperar al momento ideal, al momento en que estuviese verdaderamente enamorado y compartir esa alegría con la otra persona.

Pero Martina le había insistido mucho. Cuando se enteró de que estaba solo en casa, quiso venir a pasar la tarde con él, que no pudo evitarlo.

Sin darse cuenta, la chica ya le había despojado de la parte de arriba y se encontraban tirados en la cama uno encima del otro besándose ardiéntemente.

Sí, una parte de su cuerpo le pedía seguir... Viajar bajo esa camisa que le pedía a gritos desabrocharla, pero otra parte le decía que parara, que esa música lo estaba volviendo loco, que la mujer que se enzarzaba con su cuello, de momento no era la adecuada. Quiso deshacerse de sus brazos incómodo, pero ella le sujetaba firmemente con su cuerpo.

Caía en la tentación, y no podía hacer nada para evitarlo... Al fin y al cabo, seguía siendo un hombre.

Entró en ese juego prohibido, en el cual sus manos intercambiaban caricias abrasadoras. Poco a poco se fue sumiendo en un sueño en el que sólo existían ellos dos. Perdón, ellos dos y su colchón. Martina le desabrochó los pantalones rápidamente. Estaban muy excitados... Al fin llegaba el momento, ese momento que siempre había imaginado con Aitana.

Aitana, ¿qué estaría haciendo en esos momentos? Entonces se la imaginó actuando igual que Martina, pero con otro hombre. De repente la música retumbó en sus oídos, mucho más fuerte,  intentó entender la letra que decía algo sobre sexo. Martina besaba su pecho, Aitaba besaba el pecho de ese chico sin rostro. Esos ojos azules gélidos subieron hacia él, y lo miraron a golpes y estruendos de reguetton La chica rió a carcajadas y se adentró en las sábanas con su acompañante. No podía verla, pero si escucharla a pesar de esa música atroz. Ambos reían...

Entonces, no pudo más. Se levantó de golpe tirando a Martina de la cama.

   -¿Qué pasa?- preguntó ésta asustada.

Llevaba varios botones de la camisa arrancados, y el pelo revuelto.

   -No puedo, vete por favor- contestó abrochando los pantalones rápidamente.

   -¿Qué dices?

   -Ya lo has oído, Martina vete...

   -No seas imbécil- ésta volvió a abalanzarse sobre él, besándole mucho más efusivamente que antes.

   -¿No me has oído?-jadeó separándose- no estoy preparado joder, vete.

Ésta le miró estupefacta. Era la primera vez que escuchaba eso de la boca de un chico... Y eso le hizo enfurecer.

   -¡Vete a la mierda!

Agarró su bolso, y salió como una centella de la habitación pegando un portazo a su paso.

Éste intentó retenerla, pero en vano.
Respiró profundamente y apagó el aparato de música que dejó de bramar al instante.

Todos los pensamientos sobre Aitana se borraron rápidamente. Ahora sólo importaba Martina, y acababa de rechazarle, ¿significaba eso que habían roto? Él sólo quería esperar un poco más, intentó hacérselo saber a ella pero no quiso escucharle

Ya estaría camino a su casa, y probablemente estuviese pensando en lo gilipollas e infantil que era... Con razón, no había sido capaz de hacerlo aunque esa chica le gustaba, y mucho... Volvió a tumbarse un poco más relajado, cerró los ojos y caviló acerca de lo que iba a significar ese altercado



Efectivamente, la chica llegaba a su casa en ese mismo instante.

La puerta de su casa corrió la misma suerte que la de la habitación de su novio y sin saludar a su padre que yacía en el sofá, fue directa al cuarto de baño.

Puso el pestillo, abrió el grifo de la ducha y se miró al espejo. Sus ojos brillaban de rabia, de impotencia, de venganza... Y un destello rojo y diabólico, los salpicó.

Se dirigió al váter, se sentó de rodillas en el suelo y tras observarse los dedos, tranquilamente los introdujo por su garganta. Las lágrimas comenzaron a bañarle el rostro, la tos la ahogaba y las arcadas le hacían estremecerse. Qué asco de vida. Una vez, dos, tres, y a la cuarta, cuando al fin se sintió más tranquila, se desnudó y se dio una ducha.

No volvería a verlo nunca más. Ella era Martina Colucci, y no sufría humillaciones como la que acababa de experimentar. Era mucho más fuerte que cualquier otro sentimiento.

 

 

Capítulo 28

Un par de horas más tarde lloraba desconsolada en su cama. Contemplaba una foto suya y de Gonzalo. Él sonreía inocente pasando un brazo alrededor de ella, que ponía los ojos bizcos y ponía morritos.

Era mentira, no era más fuerte que el sentimiento que la unía a él... Intentaba hacerse la dura, pero le era imposible. Ella no era así. ¿O si? Menuda mierda de vida.

Entonces, la puerta de su habitación se abrió y asomó por ella Yanet.

   -Me ha dicho tu padre que estabas gritando, ¿qué pasa?

   -Déjame mamá por favor.

   -He de equivocarme al pensar que estás llorando, ¿no?

   -¡Déjame joder!

Su madre se encolerizó al escucharla, se dirigió hacia la cama y gritó:

   -¡Martina no tolero que me hables así!

   -¡Que si quiero llorar, voy a llorar ¿me entiendes?!
   -¿Eso es lo que te he ensañado yo todos estos años? Martina, ¡llorar es de débiles! Y cuando eres débil, te hacen daño y sufres, ¿es eso lo que quieres?

   -No mamá, no quiero sufrir.

   -Te lo advertí cuando comenzaste a salir con ese niño... Te avisé de que te iba a hacer llorar, y no me escuchaste. Ahora, paga las consecuencias querida

   -¿Qué quieres que haga si le quiero?

   -¡No le quieres! Cariño, ¿cuándo vas a darte cuenta de que es un capricho más? Dentro de unos días te reirás de ello y te avergonzarás por haber llorado.

   -No... Esto no es cuestión de varios días.

   -Y yo respeto tu decisión. Ya eres mayorcita, y tendrás que sufrir en mayor aumento lo que no quieres sufrir ahora al dejarlo.

   -Por favor, déjalo estar...

   -Está bien. Pero no llores más... Eres demasiado espléndida para hacerlo.

Se acercó y le besó una mejilla.

   -Vale mamá.

   -Por cierto, tu padre ha encontrado un puesto vacante en una cafetería de una estación de servicio en las afueras de Roma...

   -Me alegro de que haya encontrado trabajo.

   -No querida, el trabajo es para ti.

Martina suspiró e intentó no enfadarse más.

   -Os he dicho que no voy a trabajar en un sitio de mala muerte, además, no necesitamos el dinero.

   -Simplemente es para que estés distraída este verano Martina...

   -Quise poner copas en la discoteca y no me lo permitisteis. Mi ultimátum fue o ese sitio, o nada.

   -Eres una inmadura.

   -¿Puedes dejarme sola ya?

Yanet salió de la sala dejando atrás ese respeto a veces violado que le tenía su hija...

Poco más tarde, se volvieron a escuchar gritos desde el salón. Sus padres volvían a discutir una vez más... Y probablemente, sobre ella.

Entonces Bianca y Isabella, sus dos hermanas pequeñas irrumpieron en su habitación.

   -¿Podemos pasar?-dijo la menor de ella sujetando un peluche con una mano.

Martina se limpió los ojos de lágrimas y las recibió en la cama.

   -Claro, venid aquí.

   -¿Qué te pasa?

   -Nada cariño, simplemente que estoy un poco triste.

   -Yo también- contestó Bianca- no me gusta que papá y mamá discutan.

   -A nadie le gusta, pero nosotras somos fuertes. Y nos tenemos las unas a las otras, ¿verdad?

   -¡Sí!- gritó la pequeña.

Martina se acercó al reproductor de música e introdujo el CD que ponían siempre que sus padres discutían, y que les daba la sensación de estar en su mundo... En su propio mundo de amor alejado de roces y gritos. Las tres niñas cantaban a todo volumen, pero sus voces eran camufladas bajo el ritmo de las canciones.

Siempre estarían unidas...

 

 

Capítulo 29

La chica seguía frente al espejo tras esos duros y felices recuerdos.

Poco a poco, y sin ayuda, había conseguido salir de ese infierno que la encadenaba a sí misma.

Pero no era suficiente, la carne es débil y ella también lo era... Así que se arrodilló junto al váter y pasó. Ese, lo que ella llamaba ''vicio adictivo''.

Sí... Verdaderamente lo era.

Lloró, ahogó sus gritos de rabia en una toalla y golpeó con el puño cerrado en diversas ocasiones su muslo. ''Un dolor placa a otro''-siempre había pensado.



Se calzó los tenis, cogió sus auriculares y se fue a correr por entre las recónditas callejuelas de Fiorilla. Llevaba la música a todo volumen, ésto le hacía sumergirse en el profundo mundo de las letras y ritmos pegadizos para así olvidarse de todos sus problemas y pésimos recuerdos.

Las canciones eran su vía de salida más próxima de la realidad... Hacía mucho sol, pero a ella le agradaba sentirlo cálido en su piel.

Fue entonces cuando recibió un mensaje. Martina se detuvo y aprovechó para descansar en un bordillo de piedra.

¿Quién sería a esas horas?

Lo abrió y leyó: ''Te acuerdas de mí? Soy Paolo, pequeña, el moreno de tus sueños''-Martina enarcó una ceja al ver el principio, pero después sonrió- ''sólo quería recordarte que mi cumpleaños es el 4 de agosto, y que por supuesto te espero en casa. Ya he mandado las invitaciones por correo ordinario y supongo que te llegará en cualquier momento.

Un beso preciosa

PD: será la mejor velada de tu vida''


¿Le diría a todo el mundo siempre esa frase?

Sonrió y volvió a colocarse los auriculares. Sonaba Laura Pausini, cantaba canciones en inglés, italiano, español... Era muy versátil y su voz y sus canciones eran maravillosas '' quizás si tú piensas en mí, si a nadie tú quieres hablar, si tú te escondes como yo, si huyes de todo y si te vas siempre a la cama sin cenar, si aprietas fuerte contra ti, la almohada y te echas a llorar, si tú no sabes cuanto mal te hará la soledad...

Martina quiso cambiar la canción, pero ésta siguió sonando..

La soledad entre los dos, este silencio en mi interior, esa inquietud de ver pasar así la vida sin tu amor, por eso espérame porque ésto no puede suceder, es imposible separar así la historia entre los dos...

Clic, siguiente canción.

¿Por qué los mejores momentos siempre tenían que estropearse? Sí, definitivamente debía hacer una limpieza de todas las canciones cursis y bonitas que tenía en el móvil.

Respiró profundamente y pensó que no le vendría mal algo diferente. Iría al cumpleaños para conocer gente nueva, además ella tendría controlado a Paolo... Sabía como tratar con chicos como él.

Guardó su móvil en el bolsillo derecho, pero esta vez sí se percató.

Miró en su interior y efectivamente, llevaba el chicle y la horquilla en el otro. Ésta podía ser una señal de que estaba cambiando...

Entonces le entró la risa, empezó a reír estrepitosamente por la tontería que acababa de pensar. En fin, también ella tenía derecho a pensar gilipolleces.

Siguió su marcha colina arriba hasta llegar a la vieja ermita donde conoció a Francesca, la abuela de Lèo. Las vistas desde ahí seguían siendo igual de espectaculares que el primer día.
Entonces se acercó al tablón de anuncios que reposaba en uno de los muros y leyó alguno de ellos.

Hablaban sobre regatas, excursiones con la parroquia, pesca y caza... Hasta que uno de color fucsia llamó su atención ''se busca camarera en bar Las Antípodas''.

Se le abrieron los ojos como platos, al comprobar que era un anuncio reciente. Bebió un trago de agua, y se marchó a sprint colina abajo.

Llegó a la playa, zona de todos los chiringuitos. Pasó corriendo delante del local donde trabajaba Lèo (al cual no vio) y comenzó a buscar ''Las Antípodas''

Era una terraza bastante grande y mucho más lujosa que los demás bares y cafeterías. Estaba rodeada por un cerco de madera blanco y se podía contemplar dentro de él una piscina y decenas de mesas blancas con sombrillas de madera y mimbre.
Atravesó la puerta de entrada y se dirigió hasta la barra en busca de algún encargado.

Había un par de personas, que tras ser despachadas dieron turno a Martina.

   -Hola- saludó a la camarera- he visto el anuncio, y me gustaría pedir información sobre el puesto.

La chica de cabellos rubios rizados un poco rechoncha sonrió y explicó.

   -Se adentra el verano, y con él todos los turistas. Necesitamos personal tras la barra, pero también que estén dispuestos a traer y llevar la comida a la terraza. ¿Cuántos años tienes?

   -18 y estaría muy interesada si le soy sincera. ¿Podría decirme el horario?

   -Por supuesto, estamos buscando a una personas que trabaje de lunes a jueves de 10 de la mañana a 1 del mediodía, a otra que haga los mismos días pero de 16.00 de la tarde a 21.00 de la noche, y a dos personas los viernes de 22.00 de la noche a 03.00 de la madrugada. En este último día el local se cierra mucho más tarde ya que se hace una fiesta tema. Cada viernes por la noche, se prepara todo con el decorado referente al tema y se llena de gente joven a la que hay que servir. ¿Te viene bien alguno?
   -Es probable, antes tendré que consultarlo pero puede ir adelantándome precios.

La mujer la miró de arriba a abajo y carraspeó.

Capítulo 30

   -Antes debería saber que el puesto es temporal, es decir, finaliza el 31 de agosto. El horario de mañana, sería por unos 100 a la semana , el de tarde 500, y el de los viernes, 50 euros la noche.

   -Parece interesante... Y ¿podrían combinarse alguno de los horarios?

   -Por supuesto, puedes hacer el de mañana o tarde junto al de los viernes. Depende de las horas en las que estés interesada trabajar.

   -Perfecto. Pues si le parece, me acercaré en cuanto pueda para darle una respuesta. Me llamo Martina, ¿quiere que le de mi número?
   -No, no es necesario. Pero debes saber que estos puestos están muy solicitados, no te aseguro que cuando vuelvas sigan sin estar cogidos.

   -Descuide.



Martina salió de Las Antípodas rumbo a casa de Anne. Sería perfecto poder trabajar por las mañanas. Así se vería obligada a levantarse a una hora exacta todos los días y poder estar entretenida hasta el mediodía, que volvería a casa y aún tendría tiempo a hacer la comida. Pero antes debería hablarlo con Anne.

Tras subir por las escaleras de piedra y atravesar el parque, abrió la puerta y llamó a la anciana muy emocionada, que en esos momentos se encontraba delante de la televisión en la salita de estar.

   -¡He encontrado trabajo! Leí un anuncio del bar las Antípodas, que están buscando camarera .He ido a pedir información y sería perfecto el horario de mañana, de 10.00 a 13.00 de lunes a jueves. ¿Qué le parece?

    -Magnífico, no sé como no se me ocurrió antes... Se repite todos los años, por estas fechas. Es un local para adultos estirados ¿Te gustaría trabajar ahí?

    -Sí, la verdad es que sí. En el caso de que usted me lo permita por supuesto. Estaría en casa todos los días para hacer la comida, y antes de irme le puedo dejar el desayuno preparado.

   -No te preocupes querida. Por mí está todo bien.

   -¡Muchas gracias Anne! Por cierto, me pareció un tanto extraño un pequeño detalle ¿por qué el tablón de anuncios de la aldea se encuentra en la ermita?

   -Todos aquí son creyentes, y el lugar que más frecuentan es ese. Así siempre están informados sobre las últimas noticias.

   -Entiendo... ¿Usted cree en Dios?

   -Sí, aunque no lo tomo como algo rígido como muchas otras personas. La abuela de Lèo va todos los días a escuchar misa, pero yo no podría. Soy una... ¿Cómo decís los jóvenes hoy en día? ¿Una rebelde?

   -¡Sí!- y rió- bueno, ahora mismo voy a darme una ducha y vuelvo a bajar para pedir el puesto.

   -¿Has estado haciendo deporte?

   -Sí, me fui a correr hace un rato.

   -Se nota...

Martina abrió los ojos sorprendida, y disimuladamente levantó el brazo para comprobar su olor corporal.

Anne soltó una carcajada, y como si la estuviera viendo exclamó:

   -¡Era una broma!

La chica sonrió y subió a la buhardilla a ducharse. Al fin iba a sentar la cabeza.

 

   -¿Nombre?
   -Martina Colucci.

   -¿Edad?

   -18.

   -¿Experiencia?

   - Ninguna... - contestó avergonzada.

El dueño del bar-restaurante se encontraba frente a ella, con una pluma en la mano apuntando todo lo que decía. Llevaba gafas y tenía un gracioso bigote que se enrollaba cuan largo era sobre sus labios. Era algo rechoncho y aparentaba unos 50.

   -¿Ninguna, ninguna?-contestó.

   -No oficial. Alguna vez he sustituido a algún amigo en su puesto, he servido en fiestas privadas y he ayudado a preparar todo tipo de bebidas.

El hombre suspiró, miró a Martina por encima de las gafas y por último miró sus apuntes.

   -Como comprenderás, este puesto es muy solicitado cada año. Solemos tener varios candidatos y entre ellos, personas muy cualificadas que han trabajado sirviendo años y años. El anuncio lo pusimos ayer, y ya tenemos 3 personas interesadas en él. Así que, sintiéndolo mucho, dudo que nos decantemos por ti.

A Martina le hirvió la sangre. Estuvo a punto de gritarle que la mejor discoteca de Roma le había ofrecido trabajo ese mismo año y ahora él le estaba denegando un puesto en su bar con aspiración a restaurante.

Pero entonces, algo ocurrió, algo que le hizo cambiar el chip. Nunca llegaría muy lejos con esa actitud prepotente y maleducada. Así que quiso intentarlo por última vez...

   -Entiendo. Pero personalmente, opino que podría aportarle un aire nuevo al local.
   -¿A qué te refieres?
   -Soy joven y una de las desventajas de ello es no tener experiencia alguna. Pero también tiene sus ventajas... - hizo una pausa.

   -Continúa.

-Bien. Sería algo novedoso, ya que por lo que me han comentado éste lugar sólo es frecuentado por personas adultas... Podría hacer que también lo frecuentaran jóvenes.

   -¿Y eso cómo?

   -Es muy fácil, simplemente hay que conocer su mentalidad, saber qué es lo que demandan...

   -¿Y qué demandan?- preguntó extasiado el hombre.

   -¿Está muy interesado en saberlo?

   -¡Sí, sí! Cada vez nuestros clientes son más mayores y eso no nos favorece precisamente.

   -Yo podría remediarlo, siempre que estuviera dispuesto a contratarme y a hacer unos pequeños cambios en el local.

   -¿Y quién me asegura a mi que tus procedimientos tendrían éxito?
   -Podría demostrárselo ahora mismo.

   -¿Qué necesitas?

   -La cocina y la parte de su terraza deshabitada.

   -¿La que está junto a la piscina?

   -Exacto, ¿cree que para mañana podría poner unas cuentas mesas?

   -Supongo. Pero debes asegurarme que los ''jóvenes''-puso un gran énfasis en esa palabra- no espantarán a mi clientela habitual. A veces pueden resultar demasiado salvajes y Las Antípodas, es un restaurante con mucho glamour.

   -Tranquilo, todo estará controlado.. Pues me pasaré por aquí mañana a primera hora para organizarlo todo. Nos vemos señor...

   -Tusberti.

-Señor Tusberti. Mañana tendrá el local irreconocible, aunque no faltará glamour, se lo prometo.

   -Hasta entonces.

Martina corrió la silla y abandonó el despacho elegantemente. Tenía un plan, y para ello necesitaba la ayuda de Lèo.

Pasó por Aguamarina, pero ya había acabado su hora de trabajo, así que marchó directamente a casa a comer. Le estaba contando su plan a Anne cuando entonces, recordó que tenía algo que contarle.

   -Se me ha olvidado decirle que esta mañana por fin he hablado con mi madre.

   -¿Y bien?

   -Al principio todo bien, pero luego se enfadó y me exigió que volviera a casa... Así que le colgué.

   -¿Pero le dijiste dónde estabas?

   -No, simplemente le expliqué que estaba bien y que me había marchado porque necesitaba comenzar de cero.

   -Martina, voy a ser muy franca en este tema. Sólo podrás quedarte en casa con la condición de que llames a tus padres un par de veces a la semana, quiero que los mantengas informados, ¿de acuerdo?
La chica se lo pensó durante unos instantes, pero no tuvo más remedio que ceder.

   -Está bien.

Terminaron de comer, y mientras Martina recogía la cocina, llegó Lèo. Iba duchado con unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta blanca que le resaltaba el bronceado mucho más.

Tras hablar un rato con Anne, ésta se fue a su habitación y ambos se quedaron solos en la sala de estar.

   -¿Estás mejor?- le preguntó el chico.

   -Sí, gracias... Siento el numerito.

   -No importa.

   -Por cierto... Me pasé más tarde por Aguamarina, pero no estabas.

   -Mi turno acaba a las 2, ¿qué querías?
   -Verás, necesito que me ayudes. El bar-restaurante Las Antípodas está buscando camareras, pero al no tener experiencia no querían cogerme. Pero entonces, le comenté que tengo unas cuantas ideas para llenar su local de gente joven, pero claro... El problema es que no conozco a nadie aquí. Ahí es donde entras tú.

   -¿Quieres que avise a mis amigos?

   -Estaría bien, sí.

   -Mira, esta noche he quedado con mis compañeros de fútbol. Pronto tendremos un campeonato y tenemos que empezar a entrenar si queremos aspirar al premio. Puedes venirte, así te los presento y se lo comentas tú.

   -¿Qué campeonato es ese?
Lèo bajó la mirada y se acurrucó un poco más en el sofá.

   -El del cumpleaños de Paolo.

   -¿Cómo?

Ésta se quedó boquiabierta al contemplar tales ironías de la vida.

   -¡Pero si os lleváis fatal! ¿Cómo es que él te ha invitado, o peor aún, cómo es que vas a ir?

   -Todos los años se celebra, y ¡el equipo ganador se lleva 500 euros! Siempre hemos participado y mis compañeros me matarían si propusiera no participar. La verdad es que nos hace falta el dinero a todos.

   -Entiendo...

   -Bueno, ¿paso a buscarte entonces a las siete?

   -Sí, mientras iré haciendo carteles para colocarlos por las calles.

   -Pues hasta luego fea.

Lèo se levantó del sillón, le guiñó un ojo y se marchó.

''¿Hasta luego fea?, ¿hasta luego fea?''

Una sonrisa tonta bañó su cara mientras unas maripositas le volaban en el estómago. ¿O era el frío de la tarta que había tomado de postre?

No, no... no quería engañarse a sí misma. Eran maripositas.

Capítulo 31

Tras el ruido de la puerta al cerrarse, Martina cogió de la estantería unos cuantos folios en blanco y comenzó a crear borradores emocionada mientras recordaba otro tipo de maripositas que había sentido semanas atrás...



   -¡Martina baja!-gritó su padre desde la escalera.

Ésta apagó el reproductor de música y dejó a un lado ''Perdona si te llamo amor'' una de sus novelas favoritas que había leído unas cuatro o cinco veces desde que se la regalaron. Se apretó la coleta y bostezó mientras bajaba al piso de abajo. Realmente la vida sin amigos era aburrida.

   -¿Qué quieres?

   -Deberías recogerte el pelo más a menudo, se te ve la cara más despejada.

   -¿Me has llamado para hablar sobre mi pelo o quieres algo de verdad?

   -Tienes visita.

   -¿Yo?

   -Sí, está en la puerta... No ha querido pasar.

Salió corriendo hacia el recibidor, no sin darse un buen golpe contra el marco de la puerta, y vio a Gonzalo en el rellano.

Entablaba conversación con Isabella cuando la chica les interrumpió.

   -¿Qué haces aquí?

   -¿Podemos hablar?

Martina se masajeó el hombro dolorido y después salió de la casa dando un portazo.

Hacía un día extraño, aunque era mediodía el cielo estaba cubierto por un vaho grisáceo menos denso que la niebla y daba la sensación de que llovería de un momento a otro.

   -¿Qué quieres?-preguntó ella cortante mientras se sentaba en un banco del jardín.

   -Te he traído algo... - y sacó de la espalda una rosa azul - siento lo de ayer. Joder, no sé qué pasó. Supongo fue la situación que me superó... Fui un imbécil, perdóname.

Martina acarició la rosa y obviando la última frase apostilló:

   -¿Por qué azul?

Gonzalo se sentó a su lado y contempló las dos esmeraldas que chispeaban en su rostro.

   -Es como tú, ¿no te parece?

   -¿Me estás llamando marciana, perdona?

Éste sonrió y agachó la cabeza para más tarde levantarla y contestar serio.

   -Rosas rojas hay demasiadas... Todas bonitas, pero muy usuales. Sin embargo, las azules son más difíciles de encontrar y me atrevería a decir incluso, que son mucho más hermosas.

De repente comenzó a chispear... y en unos segundos, la lluvia los calaba de pies a cabeza.

Martina se levantó y gritó para que su voz no se camuflara entre el estruendo del agua al estrellarse en el suelo.

   -¡¿Y piensas que por decirme un par de cursiladas voy a caer rendida a tus pies otra vez?!

   -¡Confiaba en ello, la verdad...!- contestó éste un poco desconcertado mientras se levantaba también y corría a su lado- ¿a dónde vas?

   -¡A mi casa, me estoy empapando!

   -¿Estás llorando?

   -¿Eres tonto acaso? ¡Es la lluvia!

Aceleró el paso hacia la puerta, pero entonces Gonzalo la agarró de una mano para detenerla y la miró a los ojos de nuevo.

   -Te olvidas de algo...

Ésta lo contempló con lágrimas en los ojos y comenzó a pegarle en el brazo para que la soltara.

   -¡NO QUIERO TU ESTÚPIDA ROSA, NO QUIERO VOLVERTE A VER, NO QUIERO NADA DE...!

Entonces el chico se abalanzó sobre ella y la besó apasionadamente.

Martina lo rodeó con los brazos y se rindió a él bajo la lluvia, para qué iba a engañarse, ese par de cursiladas le habían encantado...

Sin darse cuenta, ambos se dirigían al coche, aparcado tras el viejo sauce de detrás del jardín. El agua los calaba cada vez más, pero parecían no sentirlo. Entraron en el coche donde pudieron darle rienda suelta a su amor-odio, queriéndose sin desasosiego un poco más...

Y entonces pasó. Pasó aquello que una tanto ansiaba, y que el otro tanto temía, esta vez sin interrupciones, sin pensamientos equivocados, escondidos de la lluvia y del mundo en un Ford Focus.



Debían de ser las seis cuando Martina acabó de colocar carteles de publicidad en todas las callejuelas más transitadas por jóvenes de Fiorilla.

Antes de volver a casa, pasó por una de las tiendas de ropa para comprarse una camiseta negra ceñida con bordados en las mangas y unas sandalias del mismo color con un poco de cuña. Tenía que empezar a trabajar con urgencia si no quería ir todos los días con el mismo aspecto.

Se despidió de Anne y salió a la plaza donde pasarían a buscarla de un momento a otro. Se había pintado un poco los ojos y se había hecho un moño despeinado en la nuca. Debía causar buena impresión si quería atraer a los chicos al bar al día siguiente...

Entonces una moto paró a su lado, y de ella bajó un joven.

   -¿Léo?-preguntó ésta sorprendida.

   -Vamos sube, llegamos tarde.

   -¿Tenemos que ir en moto?
   -A no ser que quieras ir hasta el pueblo de al lado andando o nadando, sí.

   -Me encanta tu ironía- añadió poniéndose el casco que el chico le ofrecía- pensé que sería aquí.

   -El pabellón de fútbol está en Boldaccio. A menos de diez minutos de aquí, ¿te has puesto tacones para venir a un campo de fútbol?

   -No son tacones-añadió mientras subía- se llaman cuñas.

   -Como sean, así no vas a poder jugar.

   -No pensaba hacerlo.

   -Pues entonces no vienes.

   -¿Cómo que no voy?

Lèo se quitó su casco y se dio la vuelta para mirar a Martina con esos ojos verdes que resaltaban en el bronceado de su piel. Parecía tener el pelo un poco más oscuro ahora que el sol no apretaba con tanta intensidad.

   -Pues que le he dicho a los demás que vendrías a jugar con nosotros, no a ligar.

   -¡No voy a ligar!

   -¡Pero si incluso te has pintado los ojos!
   -¡Me sacas de mis casillas! ¿Qué más te da que me ponga tacones y me pinte los ojos?
El chico volvió a ponerse el casco, miró hacia adelante y concluyó:

   -Agárrate.



Capítulo 32

Tras subir a la carretera principal, abandonaron Fiorilla que les contemplaba jocosa desde atrás viviendo esa chipa que ambos desprendían.

La chica no se atrevió a agarrarlo de la cintura y esto le costó más que un susto cuando las ruedas de la moto impactaban contra las piedras de la escarpada carretera.

Atravesaron un extenso campo dorado de cultivo de trigo y cebada que se camuflaban bajo los mismos tonos de los rayos del sol y ya a escasos minutos de ahí, entraron a Boldaccio.Realmente no tenía nada que ver con Fiorilla, ya que apenas limitaba con la costa. Era un simple pueblo con aspiraciones a ciudad el cual prestaba mucha más atención a sus construcciones que a lanaturaleza que le resguardaba. La gente se agolpaba en la puerta de los comercios, los coches circulaban con prisas, las carreteras y calles estaban cubiertas de asfalto, y todos los niños que paseaban lo hacían de las manos firmes de sus padres.

Martina recordó entonces, que seguía en Italia, que estaba en el mundo real y que Fiorilla no era más que un escondite ajeno a la sociedad.

Se metieron por una callejuela estrecha que desembocaba en un barrio un tanto nauseabundo y que produjo que la chica se estremeciera al contemplar esas casas desaliñadas que no desentonaban para nada con sus habitantes.

La velocidad disminuyó hasta que llegaron a la puerta de un pabellón de ladrillo viejo donde habían aparcadas tres motocicletas más.

   -Ya hemos llegado- anunció Lèo.

Martina se bajó cuidadosamente de su asiento y se desabrochó el casco para colocarse el pelo en su sitio. No se le pasó por alto que un par de muchachos sentados en un banco la estaban contemplando sin disimulo alguno.

   -¡Rubia!

   -No contestes- dijo Lèo automáticamente mientras sin inmutarse se quitaba el casco también.

Pero la chica estaba un poco furiosa con él, y simplemente por hacerle rabiar contestó.

   -¿Queréis algo?

Los dos chicos soltaron una carcajada, y uno de ellos se levantó del banco y se dirigió hacia ellos.

   -¿Pero qué coño te pasa a ti?-le preguntó furioso Lèo empezando a caminar- te he dicho que lo ignorases, vamos para dentro.

   -Ve entrando tú...

Martina comenzó a andar también, pero en dirección contraria, justo hacia el hombre que se aproximaba a ella.

   -¡Martina ven aquí...!

   -Me ha parecido que me llamabas, ¿tienes algún problema?- preguntó la chica al hombre desgarbado sólo a unos metros suya.

   -Como me pones rubita, ven aquí.

   -¿A que te parto la cara gilipollas?- replicó Lèo que había seguido a Martina, la cogía de una muñeca con fuerte y la arrastraba hasta la puerta del pabellón.

El hombre, borracho, volvió a su banco protestando y soltando algún que otro improperio mientras su compañero seguía riendo.

   -Lèo, ¿por qué has hecho eso? ¡Sé defenderme yo solita...!
De repente una mano por detrás le aprisionó la boca, suave pero firmemente y otra le rodeó por la cintura sujetándole ambos brazos de manera que quedó totalmente inmovilizada sin poder emitir un grito.

Sintió el calor del cuerpo que la sujetaba en su espalda... Y entonces Lèo se colocó a escasos centímetros de su nuca y lentamente le susurró al oído:

   -¿De verdad sabes defenderme tú solita?

La soltó alegremente y comenzó a subir las escaleras del pabellón.

   -¡Imbécil, me has asustado!- gritó ésta siguiéndole.

   -Eso te pasa por desobediente y por chula.

   -¡Me has atacado por la espalda!

   -Anda más deprisa, llego tarde- añadió aligerando el paso

   -¡Me has hecho daño!

   -Pues te he cogido con delicadeza... Dudo que el hombre de fuera lo hubiera hecho así. Mira, esos son mis compañeros de equipo.

Frente a ellos se encontraba la pista, en la que justo en el centro, media decena de chicos conversaban dicharacheros sentados en el suelo.

   -¡Hombre, mirad quién está ahí!- gritó uno de ellos mirando hacia la puerta.

Los demás se dieron la vuelta y empezaron a aplaudir.

   -¡Ya era hora, tío!

   -Si no fuera por la chica que traes ¡no te lo perdonaríamos!

Martina sonrió tímidamente y siguió a Lèo ya dentro de la pista que se dirigía a saludar a los amigos a la vez que éstos se levantaban y deshacían el círculo.

 

 

Capítulo 33

Tras las presentaciones, Martina les habló un poco de ella; de dónde venía, que buscaba aires nuevos y que le encantaría conocer a gente nueva. Los chicos, muy receptivos, escucharon cada una de sus palabras y se mostraron participativos en la propuesta del día siguiente en las Antípodas; todos irían y llevarían a sus novias y amigos. A partir de eso, la chica se sintió una más y se unió a los comentarios y estrategias relacionadas con los próximos partidos que jugarían en el cumpleaños de Paolo.
Éstos se levantaron y decidieron comenzar con el entrenamiento cuando ya había pasado más de media hora.
La chica los contemplaba nostálgica desde unos bancos que cumplían la función de “gradas” y reía con las caídas y con los gritos que los chicos protagonizaban. Realmente se arrepintió de no llevar sus botas de fútbol pues le invadieron unas ganas inmensas de jugar.
Esto se debía a que cuando era pequeña, había formado parte de los equipos de fútbol de su colegio a petición de su profesor de gimnasia; siempre le había insistido en que se apuntara puesto que tenía grandes cualidades como delantera.

Al cumplir los 13, ingresó en un club famoso de Italia donde estuvo jugando 3 años más, pero el cual tuvo que abandonar por la excesiva insistencia de su madre en hacerlo. Aunque no dejó de amar el fútbol, y por lo tanto, siempre que podía se echaba una pachanga con sus amigos.
Los amigos de Lèo no eran malos para nada. Se percibía en la forma de tocar el balón que habían estado jugando toda su vida; acariciaban el cuero suavemente pero con firmeza y lo llevaban ahí donde ellos querían. Quizás había un par más torpes, pero en general eran todos bastante buenos… Incluido él, Lèo Se notaba que disfrutaba jugando desde su portería, sonreía cuando detenía el balón y cuando era incapaz de parar algún tiro, en vez de enfadarse como hacían otros y soltar improperios, hablaba consigo mismo y se explicaba qué debía haber hecho
Martina sonrió para sus adentros recordando que ella hacía lo mismo cuando fallaba algún disparo a portería, a excepción de que ella sí se enfadaba y se gritaba a sí misma excesivamente fuerte. 
  -¡Bambina! ¿Quieres jugar?
Berto, un chico moreno de ojos oscuros y algo bajito la miraba desde su banda y le sonreía esperando la respuesta de la muchacha.

  -¿Yo?
  -No, la chica que hay detrás de ti- le gritó Lèo mientras se aproximaba a su compañero.
Martina se sonrojó y se excusó diciendo que no llevaba el calzado adecuado.
  -¡Vamos! Queremos ver como te defiendes, Lèo nos ha contado que sabes jugar… Hazlo descalza- añadió otro.
  -¿Estáis de coña? ¿En serio queréis que juegue descalza?
  -Cierto, no me parece justo que nosotros llevemos botas y tú no- dijo Lèo- así que tíos, descalzaos.
  -¿Qué?- contestaron varios al unísono.
  -Tenemos que estar en igualdad de condiciones con la señorita, así que no seáis cabrones y quitaros los zapatos, jugaremos todos descalzos.
Martina, que ya se había levantado y se dirigía al chico se rió mientras sujetaba sus cuñas con una mano.
  -Listo vas si piensas que no podría ganarte en desigualdad de condiciones.
Los demás se acercaron curiosos y empezaron a gritar y a reírse de Lèo que se encontraba justo en el centro de todos ellos.
  -¿Insinúas que eres capaz de meterme algún gol con esos pies tuyos tan pequeños y sin botas?
  -No lo insinúo, lo confirmo- apostilló mientras se miraban a los ojos desafiantes.
Todos rieron aún más fuerte y centraron toda la atención en ellos dos.
Lèo sonrió, se humedeció los labios y mandó a callar a los amigos.
  -¡Eh, eh! ¿Qué os pasa a vosotros?
  -¡Creo que la chica te está pidiendo un partido a gritos!
  -¿Te vas a rajar ahora?
Martina sonrió a los compañeros para luego volver a fijar la mirada en su rival.
  -¿Y bien..? ¿De verdad te rajas?
  -No te concederé ese placer- añadió serio acercándose un poco más a ella.
Volvieron a estallar miles de carcajadas y Pietro, un muchacho delgaducho intervino por primera vez:
  -Juega en mi lugar Martina, yo tengo que irme ya.
  -¿Seguro?

  -Sí, tengo que ir a comprar al supermercado antes de que cierren.
Los demás, tras un poco más de cachondeo se centraron y decidieron quitarse las botas para comenzar el partido con Lèo en la portería de un equipo y con Martina en la delantera del otro.
Nada más sacar, la chica se hizo con el esférico y nada más rozar sus pies descalzos, una brisa de recuerdos la inundó con una sensación muy agradable, ¡hacía meses que no jugaba!
Regateó al primero, bajo la sorprendida mirada de los demás y con un autopase dejó atrás a otro de los chicos. Pasó la bola a Berto que la acompañaba en la otra banda y éste desde ahí hizo un amago de tirar pero rápidamente la devolvió a Martina que golpeó la bola antes de llegar al área contraria, pero directamente a la escuadra. Lèo, con los reflejos de un gato, alargó un brazo y salvó el disparo casi sin inmutarse.
Sonrió, y mientras que Berto recogía la pelota de detrás de la portería se acercó a la chica y le susurró al oído desafiante:
  -¿De veras ese era todo tu potencial?
Se volvieron a separar justo cuando otro chico de su equipo, lanzó el córner. El pase era perfecto, la bola se dirigía directamente a ella, dejando atrás a dos defensas que cubrían a Berto. Avanzó unos pasos, saltó, y ya en el aire golpeó el esférico con su pie descalzo antes de que cayera al suelo.
En menos de un segundo, éste se encontraba entre la red de la portería de Lèo sin que éste hubiera tenido oportunidad de reaccionar y detener esa volea.
Sus compañeros gritaron y fueron a abrazarla mientras que los otros maldecían por lo bajo y se insultaban entre ellos.
Martina se deshizo sonriente de los abrazos y se acercó a la portería a recoger el balón, momento que aprovechó para susurrarle lentamente en el oído a Lèo con un tono algo seductor:
  -El primer tiro… fue con la izquierda.

Una hora más tarde, ambos salían del pabellón bromeando entre ellos con la sonrisa de oreja a oreja. El partido había sido de lo más interesante; finalmente habían quedado 5-4 para el equipo de Lèo aunque éste tuvo que soportar las burlas de sus compañeros cuando Martina le marcó el segundo, tercer y cuarto gol.
Subieron a la moto agotados, contemplando a los dos borrachos de antes, que yacían durmiendo en el banco uno encima del otro.
Entonces la chica recordó como anteriormente Lèo le había defendido justo como hizo Step con Babi en uno de sus libros favoritos, el mundialmente conocido A tres metros sobre el cielo. Así que se preguntó si al chico le gustaba leer y si había leído esa en especial.
  -¿Qué tal tu puntera?- preguntó Lèo mientras se colocaba el casco antes de arrancar.
  -Sinceramente, creo que no podré ponerme tacones de aquí a unos cuantos días.
  -Si te consuela, creo que yo tampoco.
Volvieron a reír, y mientras la moto rugía, los brazos de Martina rodearon la cintura del muchacho, esta vez sin pudor alguno.
La noche ya había caído sobre ellos cuando asaltaron la carretera que comunicaba ambas poblaciones. No había luna, los caminos estaban mucho más oscuros que las demás noches, así que la chica se aferró al torso de su tan excitante rival en la pista, dejando a un lado todo tipo de piques y fusionando en un breve y conciso abrazo, toda la pasión por el fútbol que ambos sentían.

lun

31

ene

2011

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